“Los Oros, al noreste del estado de Durango, era un pueblo minero que encontró la bonanza en el año de mil ochocientos cincuenta, gracias a los metales preciosos y a que en su suelo se encontraba toda clase de minerales de amplio uso. En el año de mil ochocientos setenta y cuatro, un cometa se vio en el cenit durante casi dos meses, incluso, durante las horas de luz. La cauda era tan larga, que ocupaba la tercera parte de la bóveda celeste. Al quinto día desde que apareció, algo salió de su núcleo. Se trataba de un meteoro, que cruzó el cielo y estalló en el aire, a poco menos de dos kilómetros de la mina principal. Mientras la gente veía el espectáculo con la boca abierta, los más ancianos dijeron que aquello era una señal de mal augurio. Nadie los escuchó y tan sólo veinte años después, Los Oros pasó de ser una próspera ciudad minera a un pueblo abandonado. Los habitantes de las comunidades en los alrededores aseguraban que la mina se comía a los hombres y procuraban no acercarse a este lugar. Con el paso del tiempo, Los Oros alcanzó notoriedad, más que como pueblo fantasma, como un lugar maldito, pues los lugareños juran que todos aquellos tan valientes o tan tontos como para entrar en él jamás han sido vistos de nuevo. Se afirma que ha transcurrido al menos un año desde la última vez que alguien se atrevió a adentrarse por sus calles, hasta el día de hoy, en que, yo, el Caminante Espectral, estoy aquí para mostrarles todos sus fantasmas”.
Miguel Yáñez sonrió al terminar de leer la que sería la introducción de su siguiente video. Se trataba de un reconocido youtuber que gustaba de hacer exploración en edificios y ciudades en condiciones similares a las de Los Oros. En su canal, más de cuarenta millones de subscriptores buscaban entre las imágenes algún fenómeno paranormal que a él pudiera habérsele pasado, mientras merodeaba en asilos mentales, hospitales o pueblos abandonados. Y aunque Miguel era un escéptico, le gustaba alentar esa charla entre sus seguidores, a fin de ganar mayor popularidad. Así que, cámara en mano, decidió dirigirse al otrora pueblo minero en cuanto escuchó las leyendas que se decían acerca de este.
Mientras entraba en un minisúper para comprar algo de comida, charlaba por teléfono con uno de sus amigos. Le contó sus planes y lo que esperaba lograr con aquella visita.
—No vaya —le advirtió la anciana que atendía la caja. Tenía los ojos casi nublados, así como la cara curtida por la arena y el sol—. Perdone que me meta. Escuché a dónde se dirige y le juro que ese no es el lugar adecuado para un joven como usted.
Miguel evitó reírse en la cara de aquella mujer.
—No se preocupe, será sólo un día ―le aseguró.
La anciana chasqueó la lengua.
—Hágame caso. Los Oros está adentro del territorio del cartel de Durango —la mujer sacudió la cabeza y tomó una de las manos de Miguel entre sus palmas rasposas. A Miguel le llegó de manera clara el olor a humo de leña impregnado en la piel y el rebozo de la anciana—. El Mantas, el jefe de la plaza, es la persona más sanguinaria que puede existir. Él y sus hombres son los causantes de todas esas desapariciones, qué espíritus ni qué ocho cuartos.
Miguel abanicó la mano libre.
—No me va a pasar nada. Todo el mundo me conoce. Pero se lo agradezco y le prometo que, si noto algo extraño, de inmediato me alejaré de ahí.
El chico salió de la tienda tras despedirse y se dirigió al pueblo. La mujer lo veía mientras se alejaba, estrujándose los dedos nudosos.
Después de montar su campamento, Miguel fue a la vieja escuela. Con sorpresa, la encontró de pie. La pintura había caído y la sustituía un polvo negro, que se pegaba a la ropa y ya no se le quitaba, por fuerte que se le sacudiera. Como solía pasarle, el youtuber nada vio ni oyó entre aquellas paredes podridas. Recorrió las calles sin dejar de grabar con su celular. Edificios caídos, invadidos por la maleza, lo saludaron con desgano desde sus cimientos, vigas en el suelo señalaban el techo del cual se habían desprendido, como si suplicaran porque alguien las devolviera a su antiguo sitio y esplendor. El segundo día, en la cantina, no fue diferente. Lingotes de luz entraban en diagonal desde los huecos en el techo, iluminando los estantes, de los cuales sólo algunos se mantenían en su sitio, la mayoría estaba roto por la mitad y el cristal detrás de la barra era sólo una memoria en las fotos del archivo en la capital del estado. Sin querer, Miguel pateaba los cadáveres de las botellas de vidrio que encontró regados por todos lados. Al tercer día se topó con el lecho de un río, el cual le contó la historia de un abundante caudal que antaño lo recorría, lo cual lo hizo sentirse triste, pues comprendió que había muerto hacía mucho tiempo. Con esto ya había visto casi todo, así que decidió ir a la bocamina.
Al verla, arqueó las cejas: tenía la forma de una O. Miguel pensó que se parecía al hocico de un animal abierto hacia el cielo. Incluso tenía un par de dientes de piedra, con la forma del pico de un loro. Se acercó titubeante a unos pasos de los bordes; tenía miedo de resbalar. Se asomó lo más que pudo. Tuvo que apartar la cara. Olía como los intestinos de los animales que encontraba despanzurrados durante sus caminatas. Arrojó una piedra a través de la abertura. El fondo de la mina tardó diez segundos en responderle. Tuvo la impresión de que, aparte del golpe de la piedra, se escuchaba otro ruido. Un sonido gutural. Aguzó el oído. Sólo se oyó el aullido del viento. Miguel se encogió de hombros y volvió a su tienda de campaña.
Las horas de material fílmico que había obtenido le darían meses enteros a sus seguidores para especular con fantasmas y apariciones. Hizo planes para realizar un directo al día siguiente, a través de Twitch, con la mina como fondo. Calculó que la cantidad de subscriptores en su canal se duplicaría. En tanto la cabeza le escalaba hacia las nubes, tecleó un número en el celular.
—¡Hola! ¿Todo bien, Migue? ¬―desde la pantalla le sonrió una mujer, cuya piel estaba igual de morena que la suya. Salvo el mechón de canas en el centro del fleco, era idéntica en todo a él.
—Má, alguien famoso, como yo, no puede ir por la vida si se la pasan diciéndole “Migue” ―se llevó una mano al mentón, luego chasqueó los dedos y agregó―. Es como si yo llegara a los juzgados y te dijera Paty en vez de licenciada Cortez.
—¡Hola, Migue! —interrumpió una chica de cabello oscuro, rizado, con un tazón de cereal en la mano, metiéndose entre risas a la toma—. ¿Cuándo te vas a conseguir una chamba de verdad?
Paty le dio un suave golpe con la palma en el hombro. Miguel torció la boca y replicó:
—El día que tú te saques diez en matemáticas, Licha
La niña le sacó la lengua y le hizo una mueca.
—Eres un menso.
—Yo también te quiero ―respondió Miguel con una sonrisa y un resoplido.
—¡Besitos! ¡Bye! ―La chiquilla agitó la mano detrás de la espalda de su madre, quien se despidió de ella con un beso en la mejilla.
—¿Cómo te va en ese pueblo fantasma, Migue? ―Paty lo miró de manera cálida mientras ponía el teléfono sobre la mesa.
—Tan fantasma como el resto de los lugares a donde he ido ¬―Miguel abrió la toma. La luna se colgaba como si fuera una medalla de plata en un traje añil; con algunos girones de nubes hacía lo posible por cubrir su desnudez.
—¿Y por qué visitas a esos sitios? ―Su madre se alejó hacia el tablero de la cocina integral, tomó un tazón y comenzó a batir su contenido.
—Porque en cinco años he ganado más lana de lo que tú y papá juntos, en su vida ―Miguel se pegó el celular a la cara y bajó la voz―. Con todo y los cargos que ha tenido él en el gobierno.
—De acuerdo ―su madre dejó de mover la mano y se quedó pensativa―. Sólo procura no recordárselo a tu padre.
—Ya sabes que no lo haría —platicaron un rato acerca del clima y de las noticias más recientes. Miguel se levantó, tras mostrarle los alrededores con la cámara, le avisó—: Mañana voy a la mina. En la noche haré un directo por Twitch. ¿Cómo ves? ¿Crees que tú, mi apá y Licha pudieran darse un tiempo para verlo?
—¡Claro! Ojalá que me toque ver un espectro o alguna aparición ―su madre aplaudió con una gran sonrisa.
—No creo, pero pon atención. Si notas algo, menciónalo en los comentarios. Eso va a enloquecer a mis seguidores.
A pesar de la intensa promoción que Miguel hizo en todas sus redes sociales, a su madre le sorprendió que el directo no se llevara a cabo tal y como él lo había anunciado. Le marcó, pero, después de varios intentos y de que dejara sonar el teléfono por varios minutos, Miguel nunca contestó. Al día siguiente, tampoco llamó.
—No te preocupes. Ya sabes cómo es —le dijo su esposo, después de que le contara sus temores—. Ha habido ocasiones en que tarda hasta cinco días en reportarse, como aquella vez en Oaxaca, ¿recuerdas?
Eso no la tranquilizó. Al atardecer, ya estaban de camino hacia Los Oros. El padre de Miguel había convencido al gobernador de Durango, amigo suyo desde la juventud, de que le prestara a cuanto elemento de la Guardia Nacional estuviera disponible en el estado, no fuera que los narcos hubieran raptado a su hijo. Setenta uniformados llegaron al pueblo con ellos. Se dividieron en tres grupos que peinaron los cerros, cada edificio del pueblo, el desierto en los alrededores, hasta los ranchos más cercanos. De Miguel no encontraron ningún rastro, sólo la anciana aquella de la tienda les confirmó que el chico había estado ahí, pero que no había vuelto a pasar. Nadie más les dio ninguna otra razón.
Abatida, pero sin perder las esperanzas, su madre deambulaba cerca de la mina, el último lugar que se suponía su hijo había visitado. El sol le azotaba la cara. Ella arrastraba los pies y, a cada minuto, sacudía la arena que estaba floja. El viento dibujaba caracoles con el polvo en el aire.
Paty clavó los ojos en la mina. Un escalofrío la recorrió. Parecía el pico de un calamar. El mentón le tembló mientras cerraba los dedos alrededor de una roca y de inmediato se la arrojó. Tenía las manos llenas de llagas, sangre y mugre. Un olor nauseabundo le llegó y por poco la hace vomitar. Paty, mareada, cayó de rodillas; las lágrimas le escurrían del rostro. Se apoyó con ambas palmas en el suelo. De pronto uno de sus dedos se topó con un objeto liso. El corazón se le agitó. Al remover la capa de tierra que cubría aquella cosa, una pantalla táctil destelló.
La mujer se desgañitó al llamar a su marido. Era el teléfono de Migue. Intentó encenderlo; la batería se había agotado. Su esposo la alcanzó y juntos corrieron hasta el vehículo más cercano. Lo conectaron al puerto USB mientras los militares que los habían acompañado los rodeaban. Con el estómago revuelto y una cosa ácida, amarga, en la boca, Paty esperó a que el celular cobrara vida. Buscó con dedos temblorosos en la galería de videos. Eran las grabaciones que el muchacho solía usar como base en la edición, antes de subirlos a YouTube. Pero había uno solo, precisamente el último, que duraba casi siete horas. Con los ojos vidriosos, hizo clic en este. Las imágenes eran borrosas y estaban desenfocadas. En cuanto al sonido, no se distinguía una sola palabra, sólo alaridos, pujidos y gritos amortiguados. Al fondo se presumía la mina. Miguel tenía los ojos desorbitados, la cara húmeda, deformada por un gesto de horror, mientras corría y aullaba. Avanzaba un par de pasos, caía, tras levantarse, tropezaba nuevamente. Después de eso el teléfono móvil salió volando. Desde el suelo, grabó el momento en que una columna de arena se elevaba varios metros en el aire. A esta le siguió otra, luego otra y otra más. Miguel a rastras, trataba de alejarse. Su madre se llevó una mano a la boca. Un tentáculo, tan largo y grueso como el tronco de un árbol, salió de entre una nube de polvo y atrapó al chico por la pierna. Lo último que pudieron ver los padres de Miguel y los soldados en la pantalla fue la cara palidecida del joven. Con un grito que desgarró las bocinas del celular y los estremeció hasta el tuétano, Miguel desapareció en las entrañas de la mina.
Un nuevo grito cimbró al aire. Luego otro y otro más. Pero estos no provenían del celular. La misma fetidez que había olido junto a la bocamina inundó el aire. Temblorosa, Paty se dio la media vuelta. Salvo por siete columnas de arena que arañaban el cielo, se había quedado sola. Ni siquiera pudo moverse cuando un enorme tentáculo salió de una de ellas y la atrapó por la cintura.
El teléfono se quedó encendido adentro del vehículo. El resto del video siguió reproduciéndose: era el paisaje del pueblo, que permanecía impasible, en tanto, el sol descendía y la luna comenzaba a acariciar con sus dedos de plata a la mina.

Salamanca, Guanajuato (1979). Está casado con Paty y es padre de dos criaturas hermosas. Es médico urgenciólogo pediatra y escribe ciencia ficción, fantasía y novela negra. Participó en la quinta, séptima y octava generaciones del Seminario de Novela Ibargüengoitia del Fondo para las Letras Guanajuatenses. Su más reciente libro publicado es, “El jurado está deliberando”.
