Escapando de Micaela

¡Intervino mi teléfono fijo! En pocas palabras: me “chuponeó”. Claro, esos artefactos anticuados ya no se usan, pero yo soy del milenio pasado, y mi gente seguía comunicándose conmigo a través de ese medio. En fin, me di cuenta de que ella estaba escuchando todas mis conversaciones. Noté su obsesión por mí cuando nuestros diálogos empezaron a sonar así:
—No me valoras, Enmanuel, deberías empezar a mirarme con otros ojos —me decía, suelta de huesos, con el cigarro en la mano que nunca, nunca terminaba.
—Micaela, no empieces, que no tengo paciencia para otra cosa que hablar sobre tu marco teórico —le contestaba cortésmente, como si fuera un tío querido para ella. Dos cursos de pregrado y la asesoría de su tesis nos habían dado la suficiente confianza para tutearnos.
Estas pláticas se repetían entre semana. Pensaba que era un capricho pasajero, que Micaela terminaría la universidad y se olvidaría de mí; viajaría y conocería a hombres de mundo, altos y musculosos, atractivos, varoniles y encantadores. Mientras tanto, yo me veía al espejo cada mañana para escudriñar mis arrugas, contar mis canas y revisar mis encías. No podía ser su tipo.
—¿Cómo es posible que hables de tus migrañas y tus flatulencias, pero nunca de mí? —me dijo la última vez.
—No te entiendo… ¿De qué me hablas? ¿De qué te quejas?
—Nada, nada —se me acercaba a tal punto de respirar el aire que yo exhalaba, tanto que podía sentir su aliento. Los alumnos en la cafetería nos observaban curiosos.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo que había hecho. Las muchachas adineradas bien pueden pagar un servicio de interceptación telefónica. Al día siguiente, solicité la baja del servicio y comencé a buscar boletos para tomar esas vacaciones que siempre había postergado. Ya no toleraría a esa mujercita malcriada. Sin decir nada a nadie, me sumergí en una travesía que me liberaría de ella. Jamás permitiría que sus acciones causaran mi despido.
«La tutoría de la tesis, el apoyo académico, enséñame ese curso que no entiendo», yo, tonto de mí, pensaba que era una alumna aplicada, que se portaba bien cuando quería, que se concentraba en mis explicaciones técnicas…
Elegí la selva como destino. Me vacuné contra la fiebre amarilla y me pareció verla en la fila. Tuve que sobarme los ojos y respirar hondo para enfocar mejor a la figura que me confundió. Micaela quería darme a tomar su “agua de calzón”. No caería en esa trampa. Por eso huiría, por eso escaparía de ella.
Las picaduras de los mosquitos no me sorprendieron tanto como la ausencia total de correos de Micaela. Solía comunicarse por ese medio cuando no respondía sus llamadas. ¿El celular? Ya no lo tenía, tampoco el teléfono fijo, gracias a ella. Esperaba que hubiera reflexionado y decidido dejar de acosarme. En la facultad, muchos colegas sabían de su obsesión. Algunos me reprochaban por no hacer nada: «Eres un “arrugador”». Otros me animaban a aceptar sus atenciones, como la corbata por el Día del Maestro, el vino por ser el mejor asesor de tesis o los boletos a un concierto con la condición de ir juntos…
En la selva me bronceé y descubrí plantas y frutos que nunca imaginé que existieran. Aun así, estaba inquieto. Entré a un cibercafé. Mi correo electrónico seguía vacío y eso me intrigaba. Me creé una cuenta en una red social y busqué a Micaela. No fue difícil encontrarla. Su belleza fresca y nítida estaba plasmada en su foto de perfil. Investigando un poco más en sus publicaciones, vi que había viajado. Mis dedos se quedaron inmóviles sobre el mouse mientras mi mente procesaba lo que estaba sucediendo. En una de sus fotos recientes, claramente mostraba boletos con destino al lugar donde yo me encontraba.
Caminé rápidamente hacia el hotel donde me hospedaba para recoger mis cosas y salir corriendo. Si iba a una comisaría, se reirían de mí. Imaginé al comisario dándome un consejo de oro: «Solo acéptala y ya» (que sería un eufemismo de solo cógetela y ya). Cuando estuve parado frente al modesto hotel que mi salario de catedrático podía permitirme, la vi entrar. Mis extremidades se paralizaron. Di media vuelta y me dirigí a la plaza, donde tomé un tour para desaparecer, al menos durante unas horas. Mientras el guía turístico mencionaba los pueblos amazónicos que aún no habían sido contactados por la civilización, vi una luz al final de mi túnel.
En medio de la selva virgen y agreste solicité que me dejaran bajar para orinar. Insistí tanto, tanto que tuvieron que detenerse y dejarme salir del autobús. Apenas toqué tierra, corrí, corrí y no paré hasta sentir que mis pulmones estallaban. No, Micaela, en este juego de la gata y el ratón, ganaré yo.

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