Hemorragia

En el momento menos pensado me corto el dedo. Mientras lavo los platos escucho a Juan Gabriel y pienso en los proyectos. Los 200 milisegundos que tarda en reaccionar el cerebro son imperceptibles. Las señales nerviosas envían el aviso y la mente se da cuenta del agua roja que emana de mi índice. Parece la plaga de las aguas del Nilo convertidas en sangre. De inmediato quito el pequeño trozo de vidrio que se había quedado en la piel. Parece querer habitarla. Al cerrar la llave la sangre sigue su curso como cuando fusilaron a José Arcadio. En esta ocasión el hilo carmesí corre por toda la casa mientras busco alcohol y algodón. Coloco una gasa sencilla. No es suficiente. Pongo un vendaje y no sirve. Envuelvo con más algodón. Se empapa de nuevo. La sangre brota sin cesar.
Procuro no entrar en pánico. No es mi primera vez cortándome un dedo. Ya antes había sucedido con una hoja blanca o al cortar cebolla, pero nunca con un vaso de vidrio. Quisiera que estas cosas ocurrieran luego de algo premonitorio, un aviso, una señal o lo que sea. Las gasas y las torundas se agotan. Vuelvo a introducir el dedo bajo el chorro de agua. De pronto siento cómo sale algo más que el líquido vital. Se van mis temores, esos que uno oculta al fondo del corazón, con la idea de ocuparlos algún día, pero luego se olvida que están guardados y no se les usa. Aunque la duda es si los miedos sirven de algo. En este momento no sé por qué me pongo a pensar en estas cosas.
Miro la sangre huyendo de las venas. Su hábitat ya no es suficiente, quiere huir, irse lejos, viajar. Tengo miedo. Dejarla ir significaría la aparición de mareos y debilidad, pero aquí estoy sin intentar detenerla. Es un hermoso cauce cereza, bermellón, granada. Los rojos van y vienen de un tono a otro. La luz, el agua y el aire se mezclan y me enamoro de esa rareza. Es incómodo pensar que debo convivir con este corte. Cómo le haré para escribir, para comer, para ducharme. Me pregunto si el dolor podrá ser soportable. Supongo que sí. Debo ser valiente. Mientras veo la piel cortada pienso en la fragilidad del cuerpo, de la piel, de las emociones. El dolor refleja el yo acorralado frente a la muerte lenta que cae en gotas escarlatas. Me parece que sufro una tortura del Santo Oficio. Esa debió haber sido una de las peores ejecuciones perpetradas por la Santa Inquisición: dejar que la vida se drene en lenta agonía en un arroyo que antes surcaba un cuerpo lleno de pecados e inocencia.
Pasan los minutos, las horas y la sangre sigue manando cual ojo de agua. Emergen las ideas, la pasión y las letras. Se detiene. La sangre se expande por toda mi mano. Envuelvo el dedo en un trapo. Debo adaptarme a mi nueva condición. A estas alturas el cerebro envió el aviso a todas las terminaciones nerviosas. El dedo me punza, me arde, me duele. De pronto veo cómo el trapo verde se convierte en marrón. La sangre fluye más que mis ideas al momento de escribir. Nada la detiene. Siento que se llevará consigo sensaciones, palabras, deseos. Quiero la máquina del tiempo. Qué estupendo sería volver atrás y no lavar hoy los trastes, pero eso ya es inevitable. Todo lo que sucede ocurre por una razón y no por otra. Todos los caminos siempre llevan a lo mismo. Todas las decisiones tienen consecuencias. A toda acción corresponde una reacción. Quizá exagero, pero sólo yo sé cuánto me duele el dedo, la mano, el cuerpo.
Tengo que recurrir a un invento de mi inspiración para que la sangre se deposite en un pequeño recipiente. Pareciera que está a punto de reunirse un litro o dos para llevarlo al mercado negro. Imagino que podría intercambiarlo con algún buen comprador cuyo organismo sea compatible con mi AB-. Después de varias horas una botella de PETde 2 litros se llena casi al tope. Mis neuronas se van durmiendo de a poco. Como sea, meto la botella al refri. No sé para qué hago lo que hago, pero lo hago. Es normal, he perdido mucha sangre. Es medianoche. No quiero ir al hospital sólo por una pequeña fisura. Me detengo a mirarla. Por esa diminuta herida se me está yendo la vida, mis ganas de reír, mi gusto por cantar. Ya me cambié de ropa varias veces. Mi querido pantalón azul se puso morado y yo me veo al espejo. Veo borroso. La silueta es difusa. Mi cuerpo se tambalea. Antes de caer en la cama me parece ver dos luceros en la ventana.
Al abrir los ojos lo primero que hago es ver mi dedo. Ya no sangra. Por fortuna el milagro se hizo y la sangre ya dejó de gotear. La palidez se adueñó de mi piel. Me da comezón el cuello. Me rasco. Hay dos orificios. Quizá un mosquito se aprovechó de mi cuello. Tengo hambre. Es normal, pero cuando voy hacia la cocina me arde todo. Siento como si hubiera expuesto mi cuerpo al sol por horas. Busco qué comer. Mi vista sigue nublada. Debe ser por la pérdida de sangre. Bebo de la botella de PET. Parece jugo de uva. Sabe raro. Miro mi dedo. No hay ni siquiera una cicatriz. Creo que soñé la cortada del dedo. Me miro en el espejo. No me encuentro.

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