Perdóname, Miguel

Te conozco de toda la vida. Siempre fuiste el más pequeño de la palomilla. Nos juntábamos en uno de los jardines que había en medio de los edificios, o en el estacionamiento general. Siempre estábamos cerca. Éramos un grupo dispar, pues había pequeños como tú, de 8 años y jóvenes de 12, 14 hasta 16 años. Todos vivíamos en la misma calle, algunos en los mismos departamentos.

La mejor temporada eran las vacaciones largas.  Pasábamos casi todo el día juntos, divirtiéndonos. Israel era mayor que todo el grupo, ya había acabado la secundaria. Alto, guapo y de buena posición, siempre fue el líder del grupo. Paco y Ramón eran hermanos y más dispares no podía haber. Uno gordo y simpático, el otro flaco y circunspecto. En el grupo también estábamos “el mosca”, Lisandro, “la tarabilla”, Cristóbal, el gordo Fernández, mi hermano Enrique y yo.

Jugábamos a muchas cosas, como se acostumbraba antes de que aparecieran los video-juegos y los teléfonos celulares.: bote pateado, tamaladas, brincar al burro, canicas, trompos y carritos. ¡Cómo nos gustaba jugar a los carritos! Dibujábamos grandes pistas con gises, sobre el estacionamiento, que estaba de bajada hacia los edificios. Agregábamos rocas, plantas y hasta pequeñas figuras que todos traíamos de casa, para hacer una ciudad completa. Entonces competíamos con nuestros pequeños autos a escala. Los “hot wells” eran la moda. Todo tipo de auto podía concursar, Los de carrera, los camioncitos, las ambulancias y hasta los que no tenían marca.

Por las tardes, subíamos a la azotea de los edificios, atrás de las rejas de tendido. Cubiertos por la pared donde había algunos lavaderos de granito. Allí se hacían las reuniones. Se discutía de todo, se organizaban fiestas.

En los ratos de ocio se inventaba cualquier tontería para matar el tiempo. Recuerdo que ahí fue la primera vez que vi que Israel te jalaba hacia sí y te sentaba sobre su regazo. Tu no entendías lo que sucedía, pero el abusivo de Israel empezaba a mover la cadera, a hace rudos extraños, como jadeos y a cerrar los ojos, emulando una cópula. Tu reías con agrado. Todos reían y festejaban el chiste. Ninguno pensamos que fuera más que eso: una puntada.

Ese juego se repitió muchas veces. Ya solo era necesario que Israel te llamara para que tú te agacharas y con una cara de felicidad recibieras esos simulacros de embestida por detrás. A todos hacían reír, pero creo que para ti era algo diferente. Más adelante, tuviste mil problemas en la primaria: no te interesaba mucho el estudio. Tenías reportes semanales por andar fuera del salón de clases, por llegar con los ojos pintados, por usar la camisa del uniforme semiabierta y amarrada al ombligo.

Siempre fuiste el blanco de la mofa y el escarnio de todo mundo. Alumnos y maestros te miraban con desprecio, lástima o asco. Tu no hacías caso de nada ni de nadie. Antes de obtener tu diploma de sexto año, abandonaste los estudios. Tu abuela, única vigilante y apoyo en casa también se cansó de insistir en que debías cambiar. “Que encuentre un trabajo y aprenda a sostenerse por el mismo”, dijo.

Yo te veía casi todos los días, entrando o saliendo del estacionamiento. Siempre positivo, siempre sonriente. Te acercabas a mí, me dabas la mano y me platicabas de tus cosas. Yo entré a la secundaria 3 y fue una época de muchos cambios, nos hicimos más altos, aparecieron los vellos por doquier y hasta nos cambió la voz.

Tú también habías cambiado mucho. Ahora ya salías a la calle con bolsa de mano y con peinados diversos. Seguiste usando el delineador, pero alcancé a notar un brillo en tus labios también. Te pregunté sobre tu trabajo y me contestaste que te cambiaste. El trabajo anterior era una monserga. Ahora eras intendente de una papelería al sur de la ciudad. No durabas en ningún sitio, porque no eras puntual, no eras constante y solo te gustaba estar en la chorcha, hablando y riendo con quien entrara al negocio en que prestabas tu servicio.

El tiempo pasa volando. Así llegué al final de la preparatoria y decidí entrar a estudiar Comunicación en la Uni. En esa época te veía menos, pues mis horarios eran pesados y variables. Si llegaba a verte frente a los condominios, te saludaba desde lejos con la mano. Tú me mirabas con esos ojos brillantes y expresivos y me lanzabas un beso. Supe que tu abuela estaba muy enferma y ya casi no podía salir a la calle. Los vecinos le ayudaban a llevarle el mandado, pues tú no eras muy colaborador que digamos.

Cuando iba en tercer semestre, lo recuerdo muy bien, te vi por primera vez salir del edificio totalmente transformado. Usabas una blusa ombliguera de colores, una falda corta de mezclilla y zapatillas. Llevabas tu infaltable bolsa de mano y otra bolsa con algo en la otra mano. Ahora si tu maquillaje era completo: delineador, pestañas con rimmel, blush y bilé rojo encendido en los labios. Te veías feliz. Tus movimientos eran más pausados, quizá exageradamente femeninos. Nos encontramos de frente y tarde unos segundos en reaccionar. Te dije que me daba gusto verte y que te veías muy bien. Me pediste que ya no te dijera más Miguel, porque ahora tu nombre era Lina. Te di un abrazo y te fuiste, contoneándote por la calle empedrada.

Cuando les dijiste a todos que ya no te llamaran Miguel, sino Lina, algunos lo aceptaron, para otros fue solo un motivo más para burlarte de ti. Por el día no era común verte, pues estabas trabajando, pero una vez que caía la noche tu salías a la calle. A veces trasformado en Lina, a veces usando unos jeans y una playera. Eso sí, siempre con tu bolsa y los ojos delineados.

Si tenías tiempo, me saludabas muy cariñosamente y te parabas a contarme de tus ires y venires. De tus logros, de tus miedos. No te gustaba mucho asistir a las discotecas. Decías que allí no era bien recibida Lina. Asi que preferías otras fiestas más íntimas y por supuesto, la calle. La calle ingrata, pero a la vez protectora. Tu tenías una esquina preferida en el centro, donde te parabas con esa pose que dominabas, esperando que algún auto se detuviera para subirte. Así pasabas noches en las carreteras oscuras, o bien en un hotel de la salida de la ciudad. Muy pocas veces esos caballeros te llevaban a su casa.

Siempre te pedí que tuvieras cuidado de con quién te subías a un coche, o gente que tratabas, pero parecía que tú no tenías miedo a nada, solo unas ansias increíbles de diversión y sexo. Siempre pensé que en el fondo solo necesitabas que la gente e aceptara, te oyera, te diera un poco de ternura. Pero no se encuentran esos ingredientes en las calles, por la madrugada.

Pasaban semanas en que no te veía. De repente aparecías con tu rostro maquillado y feliz, saliendo de prisa por la reja de la entrada. Me hacías una seña, cerrándome el ojo y desaparecías en medio de la oscuridad.

Hoy, en las noticias de la tarde escuché que encontraron el cadáver de un “varonil” en la barranca de Amanalco. Estaba envuelto en trapos y parcialmente quemado. Había señas de estrangulamiento y otras torturas en el cuerpo. Sobre el cadáver había una flor anaranjada. Se trataba de un ave del paraíso. Las noticias corrieron como pólvora en infiernillo. Los chismes también. Al final estuve seguro. Tu cuerpo es el que apareció abusado y torturado, con una flor, al fondo de la barraca.

Perdóname, Miguel. Nunca te cuidé, nunca dejé de hacer nada por buscarte, por pasar tiempo contigo, por escucharte, por apoyarte. Ya nunca podré saber el porqué de esa sed de aventura, de esa necesidad de caminar por la cuerda floja, de ese arrojo, de esa confianza en ti mismo, de esa melancolía que cubrías con ropa, maquillajes y poses.

 Perdóname, Lina.

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