Nada en especial hacía Israel Domínguez pero a sus setenta y tres años parecía de noventa. Amaba a tal grado la comida que salía múltiples veces a lo largo del día para comprar sus alimentos favoritos. La debilidad de su vida siempre fue el queso Oaxaca, y fue también el motivo de su muerte.
Cuando despertó, en un lugar frío y húmedo, llevaba puesto su atuendo de los martes: el suéter de estambre café con rombos y el pantalón caqui que necesitaba dobladillo. Israel, desconcertado, se pasó los dedos por la calva y rumió saliva en su boca desdentada.
Lo último que recordaba fue estar abordo del microbús de la ruta 69 camino al Ajusco. Como todos los martes después de las 12:00 pm, había ido al mercado de comidas de Huipulco para comprar 300 gramos de queso Oaxaca. Se había impuesto ese ritual con la excusa de seguir saliendo a la calle. A bordo del transporte, en el último asiento de lado de la ventana, ya había empezado a comer, a su manera, con deleite: deshebraba un trozo con los dedos y colocaba un par de hilos en su boca, jalaba el queso con la lengua —hasta las muelas que le quedaban— para mascarlo en un chasquido, sin la mínima atención al momento en que el microbús perdió el espacio ante una pipa de agua que salió de la nada en plena carretera.
Si solo ese día hubiera hecho caso a su rodilla, la que tronó después de vestirse, o hubiera esperado hasta las siete en su salida nocturna a la panadería, al puesto de las gorditas de nata y a la cremería por los 200 gramos de queso que le quedaban pendientes, quizá la historia hubiera sido diferente.
El frío del ambiente le dio hambre y buscó en los bolsillos qué llevarse a la boca: las pasitas que compraba en la mañana, los pistaches de la tarde anterior, las peritas de anís de los miércoles, la cocada en las noches del viernes y el chocolate amargo de los domingos, pero no había nada. Inexplicablemente sus bolsillos estaban vacíos. Las personas que conocía no entendían la razón de sus antojos, pensaban que sus ataques de hambre se debían a la diabetes, a una solitaria con gusto por lo dulce o a los achaques de un embarazo psicológico. Ni siquiera su médico de cabecera, en el consultorio del Dr. Simi, había conseguido que se moderara.
Israel era un hombre sano, avejentado y mal vestido, chimuelo, goloso y rutinario, pero sano, a fin de cuentas. Se gastaba la pensión en comida, y antes de eso, el sueldo en la fábrica de hilos Timón y, si rascaba un poco atrás en su pasado, también el dinero de su exesposa. Su único consuelo y razón para vivir, además de sus horarios para comprar comida, era jugar rayuela con los del taller mecánico. Israel era un imán para llevarse los tostones, y cómo se carcajeaba al ganar aquellas moneditas plateadas.
Tras metros y metros de caminar entre vísceras, Israel llegó a la conclusión de que se encontraba en el infierno, como escribió Dante, en el tercer círculo: la prisión que castigaba la gula. El sangriento paisaje no era más que el principio de su eternidad. Israel luchaba por no enterrarse en el barro putrefacto, mientras admiraba lo que sería su nuevo hogar: lagos de agua hirviendo que desintegraban la carne poco a poco para causar una pesada agonía, pozos de agua fría que hinchaban lentamente a todo aquel que fuera lanzado ahí para que, dentro de sus fauces distendidas, pudieran entrar más despojos. Los cambios tan drásticos de temperatura proliferaban la aparición de hongos y larvas.
Montes que pudieron haber sido alguna vez verdes y frescos, paradisiacos y fértiles, no eran más que montañas de moho de pelusas multicolores. Gusanos del tamaño de caballos y moscas tan grandes como vacas, se movían a donde alcanzaba a llegar la vista. El zumbido de tan gigantescas alas taladraba los oídos de Israel, tanto así que quiso apagar su aparato de audición, pero este ya no se hallaba en su oreja. Se distrajo con el moho que empezaba a subir hacia su rostro, a través de las prendas empapadas que vestía. La ropa de los martes, ya negruzca y viscosa, orilló al hombre a desnudarse, para constatar que, con su cuerpo actual, hacía mucho que no alcanzaba a verse los pies.
A su alrededor, los demás condenados, otrora devoradores de comida, deambulaban. Obesos, mórbidos en un tiempo, reducidos a costales de huesos, mientras que otros luchaban entre sí por comerse una mosca. Si unos reventaban, los demás, por el asco de la putrefacción, preferían la inanición. Sus despojos, alguna vez humanos, eran una tentación para los comedores compulsivos. Cual eterno retorno, el ciclo obeso-famélico se repetía por siempre.
Israel, friolento e inconsolable, se abrazaba al ver a los condenados como él convertirse en víctimas de los demonios: personajes encarnados por quienes su obsesión había hecho daño, relaciones devoradas también por la gula desenfrenada. Cuquita, su exmujer, se presentó ante Israel, lo miró con desprecio mientras agitaba ante sus ojos una enorme cuchara de madera en un caldero con agua hirviente, donde su carne se ablandaría hasta dejarlo tan tierno que se desharía en la boca de los otros al primer bocado. El aroma del caldo a fuego alto despertaría lo último que pudiera quedarle de apetito, quizá llevándolo a cometer el acto más ruin y despreciable que un comedor compulsivo podría imaginar: el devorarse a sí mismo.
Israel pensó que el caldero olía a pancita y ese platillo nunca le había gustado, pero el calor del fogón le era agradable. Con las manos ahora cubriendo su ingle, por el respeto que le tenía a la memoria de su exesposa, esperó en silencio, pero la verduga empezó a lanzar improperios. Le reclamó que se hubiera quedado chimuelo por los dulces que comía antes de dormir, que la diabetes que nunca le diagnosticaron fuera causante de su exceso de cansancio y de ir demasiadas veces al baño por toda el agua que bebía, así como de haber perdido la libido. Eso, aunado a dejarse ser un títere de la rutina y cliente del conformismo, le habían acortado la vida luego de la separación.
—Métete en la olla, asqueroso viejo, el agua está en su punto y te prometo que así sufrirás menos.
Mas con su torpe habla por la falta de dientes frontales, Israel respondió:
—Los martes no me baño, Cuquita, acuérdate, mañana con calma.
Pero ignoraba que no habría más martes ni mañanas, ni los quesos y golosinas que le daban sentido a su tiempo. Cuquita pateó el caldero, para verterle el agua encima, pero Israel gritó y en su lugar, un gusano del tamaño de un perro se retorció en el caldo hirviendo, con lo que algunos condenados se lanzaron hacia él para devorarlo. Israel apenas fue salpicado y por el ardor se lanzó al barro para no quemarse.
—Qué sentido tendrá tu estancia aquí si ya no tienes dientes.
Y hasta las últimas muelas del hombre, colgaban como hilos de sus encías.
—Ya tampoco existe el queso, Isra, solo leche cortada que escurre de las mamas de aquellas, y de aquellos otros…
Le señaló una estanque amarillento y apestoso de requesón, donde a sus orillas, algunas mujeres se exprimían los pechos. Ciertos hombres se jalaban el prepucio que escondía un cuajo blanquecino y pútrido.
—Seguro que no te importa, asqueroso. Allá podrás comer hasta saciarte, antes de que tu panza se hinche por tantos gases.
—Pero eso parece más bien ricota, no queso Oaxaca, además ni siquiera han de ser las 7:00 pm, Cuquita, me morí como a la una.
La verduga, harta de las estupideces de un condenado que aún no entendía lo que le esperaba, trató una vez más.
—Si me ganas en la rayuela, creo que puedo hacer algo por ti, por los años que malvivimos juntos.
—Pero yo solo juego con los del taller mecánico, Cuquita, acuérdate de cada vez que fuiste por mí.
En un arranque de furia, Cuquita levantó su cuchara y tras un rayo que partió en dos el carmesí cielo, empezó a llover tostones del tamaño de una llanta de tractor. Israel vio caer y rodar las monedas por el suelo, y sin poder contenerse, dejó salir una risa infantil como cuando les ganaba a sus amigos, aplaudía ya sin molestarse en cuidar su pudor, ante las sacudidas de sus carnes flácidas. Pensó en los chocolates, cocadas, peritas, pasitas, gorditas y pan de dulce que podría comprar con ese dinero gigantesco… y el queso Oaxaca, tanto queso Oaxaca que abarrotaría sus horarios, no solo para un día sino hasta la eternidad misma, aunque ya no existieran las cremerías. Alzó los brazos, perdido en sus ensueños, como si el paraíso lo reclamara a donde sí quería vivir, o permanecer por siempre, luego de que atrapara la moneda más brillante que descendía sobre su cabeza, pero esta lo aplastó.
Dicen que en el infierno habrá una prisión más, están buscando demonios y un jefe final que la administre. Se llamará el décimo círculo y recibirá a los pendejos, pero claro, ante esta iniciativa, ¿qué diría Dante?

Ciudad de México. Es autora de la plaquette Pequeñas desaparecidas (Ediciones Arboreto, 2022). Ha publicado en antologías de cuento como: IV Antología de escritoras mexicanas (Escritoras Mexicanas, 2022); Liminales II (Casa Futura, 2023), entre otras. En las revistas académicas: Ágora (Colmex), Palabrijes (UACM), Acuarela humanística (UAEMEX), LIJ Ibero, Revista de Literatura Infantil y Juvenil (IBERO); Punto de partida y Punto en línea (UNAM), y en los sitios: Penumbria, Cósmica fanzine; Espejo humeante; Pirocromo; Granuja; Teoría Omicrón; Especulativas, etc. Es colaboradora en la revista Cuentística y parte del comité Matriarcadia, organizador de Imaginarias: Premio Nacional para Mujeres Cuentistas de Ciencia Ficción 2022. Tiene cuentos premiados por universidades mexicanas tales como: UACM, UAM, UAA y UV.
