El que no se sintió inmortal de joven tuvo la juventud de un herbívoro. Así lo dijo el doctor cacarizo sentado al fondo del lugar en el que acabé por seguir a la chica de pelo rizado. Nos echaron del bar en el que estábamos porque era hora de cerrar, nadie quería ir a casa y ella sabía de un sitio que nunca cerraba. Siempre me costaron trabajo los médicos con malos hábitos, me causaban una desconfianza que me sacudía pensando que en casa del
herrero, azadón de palo. Hay gente que cuida mejor de los otros que de sí mismo, o cuida a
otros a costa de sí mismo. La matemática es parecida. Lo de la inmortalidad fue la primera
frase que soltó luego de que la del pelo rizado me lo presentara como “el doctor de aquí”.
En el escenario los músicos se distinguían como siluetas entre la luz roja, emborronada por humo de cigarro. Hay tontos que piensan que significa que entre más joven se es, más
tiempo se tiene, dijo. Hablaba con una claridad que no concordaba con las latas de cerveza
vacías sobre su mesa. Yo buscaba a la de rizos con la mirada, el lugar daba la impresión de ser más grande que cuando llegué, la salida parecía estar más lejos. Se trata, dijo, de que uno sabe, tiene la certeza, de que no puede morir, de saber que el cuerpo puede resistir a todo y la suerte está de tu lado. Se necesitan ambas cosas. Podemos guiñarle a la muerte porque sabemos que mira de lejos. ¿Sabes cómo le llamamos a quienes nunca tuvieron esa certeza? Los reconoces porque son personas de una sola vida. Fui a la barra para salir de la conversación, la chica que servía las bebidas tenía los ojos cansados, parecía la única sobria en ese lugar. Desde ahí se veía una mesa de oficinistas trasnochados, hombres y mujeres de trajes desgarbados, la lámpara arriba de ellos hacía lucir su piel verdosa y convertía sus ojos en pozos de sombra. Aturdido, perdía entre el barullo de dónde venía la voz de la chica. El doctor alzó su cerveza a manera de brindis antes de caminar hacia mí. Uno se pierde afuera porque no sabe encontrarse dentro, dijo, señalando la salida que apenas se veía a lo lejos. Afuera, el sol obligaba a cerrar los ojos, el azote de su destello evaporaba las sombras.

Francisco Javier Solórzano Serrano (Ciudad de México, 1977). frozencore@hotmail.com
