Estás de vacaciones

¡Atrévete a ser parte de la historia! ¿Aún visitas la playa y los museos?, ¿otros países y planetas exteriores? En Ti-Travels tenemos todo lo que necesitas para trascender tus vacaciones. ¿Por qué visitar el Louvre cuando puedes viajar a la Italia quinientista y contemplar al mismísimo Da Vinci tomando el pincel para pintar La Gioconda o, mejor aún, pintarla tú mismo? Nuestro equipo de fisicodesplacistas cuánticos analiza tu historia para elegir con precisión y seguridad el destino sincrónico perfecto para ti y los tuyos. Viaja a través de la historia humana, terrestre y extraterrestre, como un simple espectador o descubre a tus yos pasados y futuros. ¡Atrévete a ser parte de la historia! Ahora con un 15 % de descuento al reservar con al menos un año de anticipación. Solo por tiempo limitado. ¡Atrévete a ser parte de la historia con Ti-Travels!

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Es la quinta vez en el día que ves ese anuncio. ¿Hace cuántos años que no tienes vacaciones? Las has estado reservando para una ocasión especial, pero eso ya no importa más desde que tu exesposa y tus hijas se mudaron con ese terrícola. “Allá sí hay agua y árboles y césped —te decían—; allá hay más que domos y arena y un rojo monocromático por doquier”. Las pobres nunca habían estado en la Tierra, ¡la decepción que se llevaron! Y ahora pretenden volver a Marte, al viejo y desolado Marte… Pero no contigo; no, contigo no, eso es historia antigua. Tú te tomarás esas vacaciones, ¡sí, en definitiva lo harás! Las necesitas y te las mereces.
El divorcio y la pensión han mermado tus ahorros, pero no los han agotado. Aún queda esa otra cuenta, la cuenta chica de la que nunca supieron, con eso te alcanzará. Pero ¿a dónde irás? No te interesa nada en particular; tus últimas vacaciones fueron en el Mar de la Tranquilidad, pero no necesitas más polvo espacial en tus pantalones, además, los boletos a la Luna o la Tierra están por los cielos hoy en día. El anuncio tiene razón, un viaje por el tiempo es la mejor opción, además, ya tienes experiencia. Recuerdas esa vez de niño en la que tus padres te llevaron de vacaciones a la decimoctava dinastía de Egipto y te admiraste por aquel río de gente que movida por un solo hombre dejaba la gloria de tantos hermosos palacios y pirámides. ¡Eso es, pirámides! Tienes que volver a verlas, aunque repetir destino sería aburrido. ¿Dónde más podrías ver pirámides así?
Accedes al sitio de esa agencia, Ti-Travels, y filtras tu búsqueda con las palabras clave de “pirámides” y “descuento”. Egipto aparece hasta arriba, pero ya dijiste que no quieres repetir destino. La segunda opción es México. ¡Claro —recuerdas tus clases de tercer grado—, en México había pirámides como las egipcias! Te emocionas, pero aún así revisas las demás opciones: Perú, Camboya, Guatemala, Java… demasiado desconocidas como para interesarte. Regresas arriba, a México. México, sí, lo has decidido, allí serán tus vacaciones. Pero ¿en qué época? En la de mayor esplendor de las pirámides, obviamente, ¡faltaba más!
Introduces los filtros más específicos, aún así encuentras muchas, muchísimas opciones que varían en tiempo y espacio: clásico, preclásico, posclásico; norte, centro, sur… Y todas son caras a pesar del descuento. Notas que la razón es que todas te solicitan un estudio sincrónico fisicodesplacista para poder aprobar el viaje; es un requisito único de esa agencia. Su publicidad era engañosa, como cualquiera. Te sales y buscas otra agencia, una más barata. Introduces las palabras clave y los filtros; por fin encuentras precios decentes junto con buenas puntuaciones y comentarios de usuarios: “México en el siglo XVI simplemente te quita el aliento”; “La pirámide del Templo Mayor no se compara a las reconstrucciones”; “México-Tenochtitlan en 1520, de los mejores años para visitarla porque puedes ir camuflado entre otra gente blanca antes de que la destruyeran”. Te obsesionas con ese último año y lugar y decides definitivamente que ese será tu destino final. Encuentras buenos precios para la coordenada, pero sin duda el mejor precio es el del 30 de junio de 1520 en el palacio de Axayácatl, Tenochtitlan, pues tiene descuento del 65 % y lugares disponibles desde mañana mismo. El anuncio se ve bien, varias advertencias del gobierno emergen automáticamente al abrirlo, pero es solo su alarmismo habitual. “Viajar en el tiempo siempre es riesgoso…”, has escuchado esa cantaleta desde niño, pero tú sabes que no es más que una compaña de desprestigio de las agencias de turismo tradicionales para no perder clientela. El destino es ideal y el precio se ajusta a tu presupuesto. No lo piensas más, compras el boleto.
Es el día y ya estás en la sala de espera. Los de control insisten en venderte un estudio sincrónico fisicodesplacista de tu historia para que tengas una mejor experiencia. Te advierten que el destino que reservaste tiene una incidencia de no retorno del 78 %. Tú no caerás en la trampa, así son los vendedores; seguirás con el paquete que compraste sin gastar ni un centavo más. Por fin te dan acceso a la sala de partidas. Te han dado las guías, las vacunas, las ropas y los accesorios necesarios. El portal se enciende y en menos de un segundo estás del otro lado, estás de vacaciones.
No tienes palabras para describir las formas, los colores, los sonidos y los olores de ese otro mundo. Tampoco sabes si es mejor o peor que el Egipto de tus recuerdos, pero en definitiva es diferente, de una belleza diferente. Has pasado todo el día entre soldados blancos e indígenas, no entiendes lo que dicen ni ellos te entienden a ti, pero de alguna forma no ha resultado un problema. Todos parecen ocupados con tareas diversas y apuradas. Recorriste por completo ese palacio de Axayácatl y solo has podido ver el resto de la ciudad desde una especie de azotea. Naturalmente, deseas salir.
Sin embargo, no encuentras una salida, todos los accesos están sellados y resguardados y no has querido arriesgarte. Decides descansar un momento, comer algo de la extraña comida que los soldados indígenas preparan en una cazuela; es caldosa y salada, pero al menos tiene carne; mientras comes, los indígenas no dejan de sonreírte y chacotear entre ellos. Te vas cuando notas que eres el único hombre blanco comiendo allí. Con la noche ya encima, ves que un grupo de soldados blancos se conglomera en una de las salidas. Te acercas, alguien al frente vestido con armadura metálica parece dar un discurso; algunos hombres se animan, pero la mayoría no oculta su temor. Un soldado se te acerca y te entrega uno de los muchos bolsos que carga; está lleno de oro.
Comienza a llover. Abren las puertas y todos se aprestan a salir con el mayor sigilo posible. El ruido de los pasos, los caballos y los bultos colgantes apenas es cubierto por la lluvia y los truenos distantes. Tú sigues la caravana, pues no deseas llamar la atención. Además, por fin podrás contemplar el resto de la ciudad desde afuera, si bien, dada la oscuridad, es tu oído y no tu vista lo que te deja notar que caminas en una especie de puente sobre el agua. Recuerdas entonces que la ciudad está suspendida en una laguna, la habías visto en fotos y desde la azotea del palacio, pero no creíste que fuera real hasta que tuviste el agua a lado y te inclinaste a sorber un poco.
La marcha se interrumpe abruptamente cuando el grito de una mujer rompe la noche. Flechas, dardos, piedras y lanzas comienzan a aparecer del vacío oscuro; tus compañeros de caravana huyen más que tratan de repeler el ataque. Logras reincorporarte antes de que te derriben. Pisas cascos, petos y grebas; sorteas moribundos, duelistas y caballos desbocados; aspiras llanto, sangre y orina. Comprendes por fin lo barato del paquete de viaje y recuerdas que este cubre exactamente 24 horas. Revisas el reloj de pulsera que te proporcionó la agencia, faltan solo cinco minutos para la medianoche. No puedes regresar al palacio, pero no es problema, el portal de regreso se reabrirá lo más cerca a donde tú estés, según te dijeron. Continúas con tu carrera, ¿qué tan largos —piensas como para tranquilizarte— pueden ser cinco minutos?
Sigues adelante, sigues vivo, prácticamente ileso. La lluvia arrecia, pero el tiempo casi termina. De pronto el agua a uno de los costados golpea más fuerte, sube hasta hacer una ola del tamaño de un hombre. Un soldado indígena enemigo ha subido al puente desde la laguna y te ha visto. Un alarido indecible y una macana dentada se dirigen hacia ti irrefrenablemente. Detrás tuyo otro alarido y otra macana surgen como un trueno. Ambos guerreros traban una pelea que te hace imaginar una rivalidad antigua que te salva la vida.
Sigues huyendo, el tiempo acaba, reaparece el portal, está a unos metros. Pero el puente también se acaba, un tramo se ha vencido e inundado; el reflejo de los cascos y las espadas y los cuerpos en el agua te deja verlo antes de que te hundas tú también. Tienes que cruzar, puedes hacerlo. Te quitas el casco y sueltas la espada aún envainada; no llevas peto ni ninguna otra pieza de la armadura de metal, no hubiera sido verosímil ni históricamente correcto —recuerdas de tu guía turística—, así que eso aligera la carga. Solo resta que sueltes el bolso con el oro, el bolso con toda esa ridícula cantidad de oro.
Pero no, sin armadura, casco ni espada será suficiente —piensas tú— para saltar y cruzar. El viaje se pagará solo, demandarás a la agencia de viajes por negligencia y después incluso volverás a la ciudad en mejor fecha por un poco más de oro como una indemnización extra. Y cuando tu exesposa y las niñas se enteren, ya verás si querrán volver a largarse a la Tierra…
Amarras bien ese bolso a tu pecho. Tomas impulso, el piso está mojado; saltas, te resbalas. Bebes uno y otro sorbo, el agua es tan real como pesada. Intentas nadar, pero no flotas, y el bolso se atora. Te hundes. La ciudad era increíble —divagas—, ¡lástima que un día tan alegre se tornara en una noche tan triste! Menos mal que solo estás de vacaciones.

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