SUCESO INESPERADO

Tres infartos cerebrales no habían sido suficientes para terminar con su vida.
Hoy cumplía 86 años y nadie se había acordado. Ni su nueva esposa, ni sus nietas consentidas, nadie.
Cuando era el famoso presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, todos en su familia estaban orgullosos de él. Pero ahora, enfermo, viejo, e incapacitado, nadie lo acompañaba. Vivían en su casa; pero todos se ocupaban de sus propios asuntos. Ya fueran clases, trabajos o diversiones, siempre había una excusa para no dedicarle tiempo. Tenía que terminar con esta caricatura que ahora tenía por vida.
La idea no era nueva, ya tenía mucho tiempo brincando como una canica loca dentro de su cabeza. Lo difícil sería llevarla a cabo, y no por falta de ganas, sino por cobardía. ¿Sería cobardía el dejar a su madre enferma y sola? ¿A sus hijos adolescentes dentro de su mundo de drogas e indiferencia? ¿A su nueva esposa complaciéndose con sus amantes? Y a…
La cuerda aguardaba en el clóset, había practicado diferentes clases de nudos, las vigas del techo de su casa, aunque viejas, parecían resistentes. Finalmente habían resistido más de cinco generaciones.
—¡Basta! —se dijo—, es ahora o nunca.
Esa noche era como cualquiera otra. Lo habían dejado solo, como siempre, como si fuera un día sin importancia.
Tomó un último trago de su copa y salió de su recámara llevando la cuerda ya con los nudos preparados.
Decidió colgarse del gran candil de la sala, así lo encontrarían, justo al momento en que entrara el primer desgraciado. Esa impresión devastadora sería una buena lección que recordarían para siempre, y a él, le daría la satisfacción de vengarse de su indiferencia.
El primer obstáculo que se le presentó fue bajar la escalera sin ayuda. Apenas en ese momento se dio cuenta de que sería imposible subirse a una silla para colgarse. Pero ya estaba decidido y ató la cuerda al barandal. No sería el candil, pero el dejarse caer desde arriba, bien podría cumplir sus propósitos.
Logró pasar la cuerda por su cuello. Estaba exhausto, ya faltaba poco. Cuando al fin consiguió lanzarse hacia el vacío, en su último minuto de consciencia, alcanzó a escuchar las estridentes notas de un grupo de mariachis que tocaban su canción favorita y que venían presidiendo a todos sus familiares.

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