Soy médico de combate y estoy cometiendo el peor error del soldado: pensar demasiado. Levanto la vista al cielo, comienza a oscurecerse. Me incorporo, necesito hablar con el capitán, necesito decírselo. Así, aprovecho para darles una vuelta a los hombres antes de que la noche se asiente y ocupen sus posiciones; en ese punto, ningún movimiento es válido, a menos que lo ordene el capitán. Mucho el riesgo de emitir sonidos durante la noche. El enemigo anda al acecho. El enemigo no cede. Saben que estamos cerca y nos buscan día y noche, pero les encantan las noches. Las noches tranquilas que desde más de una semana no conocemos y que tanto necesitamos.
—Doctor, ¿quiere un cigarro? —me dice Cabrera. El más corpulento del pelotón, recostado en el tronco de un árbol, extiende la cajetilla casi vacía. Cansado estoy de exigirle que me tutee, pues me supera en edad y experiencia, pero él ignora mis peticiones—. Aproveche ahora, que en unos minutos no podrá prender ni un fósforo.
—No, gracias. Dime cómo sigue el brazo.
El gigante se acaricia la venda que rodea su brazo derecho, teñida de sangre reseca:
—Esto es cosa de niños, usted tranquilo —sonríe.
Camino lento, entre las hierbas altas y árboles que sirven de cobijo al resto del pelotón. Por hoy, esta será nuestra zona de reposo. Mañana, habrá que desplazarse a otro terreno. Así hemos sobrevivido durante nueve días, a base de movimientos constantes, evadiendo el hostigamiento del enemigo que nos persigue. Si nos quedamos quietos, nos joden, dijo el capitán, después del ataque del tercer día, que aniquiló a la mayor parte de la tropa. Ahora, quedamos once. Once de treinta hombres que salieron a una misión de rutina, sin anticipar la emboscada que nos obligó a adentrarnos en una selva de la que no hallamos salida y parece inundada de enemigos.
Ocho días en constante movimiento a través de un territorio que recién empezamos a descubrir y que el enemigo conoce al dedillo. Ocho días en vigilia, con apenas oportunidad de cerrar los ojos, no más de unas horas antes de que el instinto y el ansia de preservar la vida nos obliguen a despertar, en busca de posibles verdugos al acecho. Ya las barbas comienzan a apoderarse de los rostros, la pestilencia de los cuerpos y los pensamientos a envenenar la mente. Lo veo en las miradas de los hombres a los que paso de lado en mi recorrido hacia el flanco derecho, donde se halla el capitán. Visito a cada uno en su posición, pregunto cómo están: a Damián le reviso el rasguño en el muslo, necesitará antibióticos o la infección se asentará en la herida. Carlos me pide algo para sus pies repletos de ampollas, no tengo nada, excepto palabras lindas y de ánimo que no desbaratan las sepsis; le recomiendo cambiar sus pares de medias, ya hechos ripios, con unos que extraigo de mi mochila y le ofrezco.
—Trata de mantener los pies fuera de las botas y de la humedad —aconsejo—. En los descansos durante el día, quítate todo y deja que refresquen.
—Gracias, médico —dice el más novato del grupo, si acaso lleva un par de meses en campaña.
Llego al flanco derecho y encuentro al capitán recostado al tronco de un árbol. Recién termina de revisar su fusil y le coloca el seguro antes de dejarlo en su regazo. Alza la vista al notar que me detengo frente a él. Ya la noche comienza a oscurecer las malezas a nuestro alrededor y el rostro del oficial luce aún más severo y rígido entre las penumbras.
—Dígame, médico.
—Necesito hablar con usted, a solas —y echo un vistazo al teniente Herrera, quien, a la diestra del capitán, me fulmina con una mirada de reprimenda.
—De acuerdo —asiente el otro—. Herrera, comunique a Cabrera y Ulises que les toca la primera guardia. Quiero turnos de dos horas. El relevo serán Tomás y Daniel.
—A la orden.
—Usted dirá, médico —el capitán acomoda bien su espalda contra el tronco del árbol y señala el suelo frente a él—. Por favor, siéntese.
—Debe imaginarse a lo que vine —empiezo, tras obedecer su pedido.
—Sí, me hago una idea, pero antes, dígame algo. ¿Cómo estamos de suministros médicos?
Cogido de sorpresa no por la interrogante del oficial, sino más bien por la estupidez implícita en la misma, demoro la respuesta. Él sabe bien cuántos suministros médicos quedan. Lo sabe mejor que nadie.
—Ninguno —contesto, sin molestarme en disimular mi estupefacción.
—Ninguno —repite el capitán—. Los pocos que teníamos se consumieron en los últimos días. A fin de cuentas, cuando salimos de patrulla, nadie imaginaba que estaríamos mucho tiempo en la selva. Por eso, no se empacaron municiones ni suministros médicos en exceso. ¿Para qué arrastrar tanto lastre si no había necesidad? Estaríamos fuera de la base, a lo sumo, un par de días. Llevamos nueve, en camino para diez. Las municiones quizás nos alcanzarán, pero las medicinas, las medicinas debimos utilizarlas en los heridos. Tal vez, si en los primeros días, hubiéramos tomado la decisión, ahora tendríamos alguna reserva.
—Nadie pudo anticipar esto, capitán.
—Es a lo que me refiero —replica él y puedo verlo contraer los labios, cual si tratase de contener un reproche contra sí mismo—. Debimos prever, planificarnos mejor, pero no. A los heridos, sin importar su estado, les dimos toda la atención. Ahora estamos pagando bien caro el precio. La decisión que tomamos hace unos días, debimos tomarla al principio, médico. Así, a lo mejor, no estarías ahora aquí, delante de mí.
—Capitán…
—Pero es muy tarde —me corta el oficial—, no nos queda otro remedio que asumir las consecuencias.
Vuelvo a ese momento, un par de días atrás, cuando Gabriel fue herido en el pulmón. Intenté frenar la hemorragia, pero era inútil. El único remedio consistía en darle morfina, para que al menos, se marchara en paz. Pero ya no quedaba morfina en mi mochila, no quedaba plasma, tan solo las tijeras y un poco de vendajes. Entonces el capitán se acercó, fue él quien inició todo. Siempre llevaba una pistola 45 en su cinto, para casos extremos, según solía decir. Y ese atardecer la desenfundó mientras los gritos del moribundo se tragaban cualquier otro sonido. Aun así, todos pudimos oír al oficial.
Apártese, médico; dijo, apuntando el arma al rostro de Gabriel.
El estruendo de aquel primer disparo ahora me devuelve al capitán, quien delante de mí, aún más oscura su expresión por la noche, respira hondo antes de seguir:
—Debe hacerse.
Y mi mente, repleta de veneno, me derrumba:
—No sé si pueda —sacudo la cabeza—. No sé, capitán.
—El próximo le toca a usted, médico —afirma él y desde la oscuridad que envuelve su cara, su voz emerge más fría e inclemente que nunca—. Así lo acordamos todos.
Sé que tiene razón, que es lo preciso, lo imprescindible, el elemento crucial que garantizará nuestra supervivencia, pero mi mente no entiende de raciocinios, plagada de un veneno que no para de supurar y doblegar mi resolución. Sacudo la cabeza, renuente a ceder.
—¿Qué hacía usted en el mundo real, médico? —dice de pronto el capitán—. ¿Practicaba la medicina?
—No —contesto, extrañado por esta pregunta tan fuera de sitio—. Empecé a estudiar la carrera, pero al final, acabé licenciándome en arquitectura.
—Una persona educada —asiente el capitán—. Yo era albañil, fue lo que siempre conocí desde pequeño, y lo hacía muy bien. Pero aquí, rangos y jerarquía aparte, aquí todos somos lo mismo, médico. ¿Sabe lo que somos?
No contesto y él se inclina hacia mí, lo suficiente para permitirme contemplar la convicción en su mirada.
—Aquí todos somos asesinos.
—No.
—Sí, lo somos —veo su sonrisa, a través de las penumbras—. Mientras más rápido se percate de ello, más oportunidades tendrá de volver a ese mundo real en el que arrebatar una vida es un acto innombrable. Pero acá no lo es, médico, aquí es donde único matar es permitido, celebrado incluso.
—Al enemigo —aclaro.
—Ojalá fuese tan sencillo —replica él—, pero nuestra situación exige que tomemos medidas drásticas. ¿O acaso usted cree que disfruto de esto? Esos que hemos dejado atrás son mis hombres. Debo velar por ellos, por todos ustedes. El enemigo sabe que estamos cerca de la base y no dejarán de intentar liquidarnos. Cualquier demora conducirá al desastre. Un herido grave es difícil de mover, costará la velocidad y el sigilo que nos ha permitido llegar hasta aquí. Y sin medicinas ni formas de aliviar su dolor, decidimos que existía una sola solución. Usted estaba ahí, médico, ¿no lo recuerda? Usted dijo que sí cuando se acordó que lo haríamos por turnos. Ahora le toca a usted.
De súbito, la noche que ya nos rodea se ilumina durante varios segundos y el estruendo de una ráfaga de fusilería tritura la charla. Me lanzo al suelo, junto al capitán, quien empuña su arma.
—¡Flanco izquierdo! —grita alguien.
Regresa la oscuridad, aunque breve, pues otra ráfaga ilumina la noche. Miro al capitán, a tiempo de verlo incorporarse.
—Quédese aquí —dice y corre hacia el sitio donde acontece el combate.
Me mantengo agachado, tratando de discernir algo entre los leves flashes de luz que entregan las descargas de las armas.
Más gritos.
—¡Conserven la munición! —creo que esa es la voz del teniente Herrera—. ¡Escojan bien su blanco!
—¡Ráfagas cortas! —ahí escucho al capitán, fundido con la noche.
Tras un par de andanadas de disparos, el silencio retorna a la selva. Dura si acaso unos diez segundos antes de que un grito me haga incorporarme.
—¡Médico! —es el capitán.
Emprendo la carrera, entre las penumbras, guiado por su voz:
—¡Médico!
De repente, una luz frágil irrumpe entre la oscuridad y voy hacia allí. El teniente Herrera, de pie junto a un árbol, ilumina con su pequeña linterna al capitán, quien, de rodillas junto al cuerpo de Carlos, le quita el fusil de las manos. Miro los pies del novato del grupo, revestidos con las medias nuevas que le entregué momentos atrás. En su rostro, la boca y los ojos quedaron entreabiertos por la bala que agujereó su frente.
—¡Aquí, médico, aquí! —exclama alguien, a mis espaldas.
Me volteo y el teniente Herrera me sirve de guía, con su linterna. A un metro de distancia, distingo a varios hombres, alrededor de un tercero que yace en el suelo. El herido es Cabrera, el gigante que nunca acepta tutearme, ni siquiera ahora, al verme delante de él.
—Médico, qué bueno que vino por aquí —sonríe y distingo sus dientes manchados con la sangre que también le baja por las comisuras de los labios. Se aprieta el vientre con las manos.
—Apártense —digo a los hombres a su alrededor y ellos obedecen de inmediato. Me arrodillo a la diestra del herido y extraigo unas vendas de la mochila—. Quita las manos, Cabrera. Vamos, quítalas.
Las quita y enseguida cubro la herida en su estómago, pero me horroriza la rapidez con la que la sangre oscurece las vendas. Le miro el rostro, ha palidecido y sus labios apenas tienen color. Empieza a temblar y retorcerse.
—Aguántenlo —pido a los hombres que me rodean. Uno lo coge por los hombros, otros dos se ubican en sus muslos y se los aferran. El teniente Herrera apunta la luz al vientre de Cabrera. Entonces, retiro la venda e ignoro los gritos y sacudidas del gigante cuando meto el dedo en la herida y tanteo dentro. Tras unos segundos, lo retiro, incapaz de silenciar el diagnóstico que arroja mi cabeza. La bala le perforó el estómago.
Alguien se detiene junto a nosotros. Levanto la vista y veo al capitán, de pie. Empuña su pistola 45.
—Aléjense de ese hombre —dice y agrega, rápido—. Todos menos usted, médico.
Los demás obedecen. Con ambas manos, presiono la herida de Cabrera. El capitán se acerca otro poco, escucho sus pasos colocarlo a mi izquierda.
—Médico —dice.
No digo nada y Cabrera, pese a su debilidad, comprende enseguida.
—No —susurra primero el herido, luego me agarra el brazo y empieza a gritar—. ¡Médico, médico, no! ¡No me hagas esto, por favor! ¡Ayúdame! ¡No me mates! ¡No quiero morirme! ¡Médico, por favor!
Miro al capitán, él extiende la pistola en mi dirección.
—Esto es una gentileza —dice—. Sácalo de su martirio.
La sangre brota a chorros del estómago de Cabrera y apenas siento su mano apretarme el brazo, sus alaridos se reducen a murmullos de súplica. Tardo un momento en notarlo, pero sonrío al reparar en el hecho de que, en sus momentos finales, el gigante violó su código de no tutearme:
—Médico, no me hagas esto, te lo ruego. Sálvame, médico —susurra mientras tomo asiento en las hierbas y coloco su cabeza en mi regazo.
Miro de nuevo al capitán, quien respira hondo, vencido por la decisión que distingue en mi mirada, y enfunda la pistola. Cuando el oficial se voltea, yo empiezo a acariciar los cabellos empapados en sudor de Cabrera, le agarro una mano y se la aprieto para tratar de apaciguar sus temblores. La herida ya ni bota sangre.
—Tranquilo —digo al gigante que se muere en mis brazos—. Tranquilo, Cabrera. Ya casi se acaba. Ya casi.

David Martínez Balsa (La Habana, Cuba, 1991). Narrador. Entre sus
premios destacan: Regino E. Boti (2021), La Edad de Oro (2023), Fundación de la
Ciudad de Holguín (2024), Calendario (2025), todos en Literatura Infanto-juvenil;
en narrativa obtuvo el David (2017), Calendario (2022), Palíndromus (Venezuela,
2023), Bustos Domecq (2024) y Félix Pita Rodríguez (2024). Ha publicado hasta la
fecha un total de 14 libros. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de
Cuba.
