Sentada, talla con torpeza un trozo de madera. Sabe que este año no habrá lluvia que fecunde el campo. El sol rasga el cielo y golpea la tierra hasta la raíz.
Ella sabe de la mezquindad del temporal, pero se aventura a esperar. De madrugada prepara el desayuno, calienta tortillas, remienda camisas, pega botones, regala bendiciones para las cuatro infancias que marchan somnolientas por el terregal, pretendida vereda, pronto regresarán de la escuela a buscar calma a las burbujas de hambre que revolotean en sus estómagos; se zampan el caldito de frijol y las tortillas, a diferencia de sus compañeros, no beben aguamiel, que igual sirve para pasar el hambre o para extender el sueño, para no sentir los palmetazos sobre ellos en las clases. Alguno llega con la nariz sangrante por responder al agravio, el estigma sobre sus cabezas. La crueldad de la inocencia hace más pesada la carga puesta sobre sus delgados shombros.
El campo se extiende ante sus ojos, Antonia lo mira, no sabe distinguir si es sueño o pesadilla, el ensalmo, lejana voz que la llama, el monte reverdece donde la vio parada por última vez, con la mano como pañuelo al viento, con la promesa de volver.
En vano trató de detenerla, la miró partir, con el alma acongojada. La promesa de un trabajo, de un futuro, la alejó de ellos. La buscó después de meses de no saberle ni la sombra. Luego la policía, la ficha de búsqueda, luego nada. En silencio quedó su nombre junto a otras, tantas cruces rotas, desgastadas.
Antonia sigue su labor. Sus manos fueron hábiles para el telar, sus pies se han cansado de recorrer tantas preguntas, intentan
Antonia seca sus lágrimas con la enagua. Es vieja, esperaba reunirse pronto con su esposo, pero ahora saca fuerzas de no sabe dónde. Se ha cansado de buscar pero también sabe que buscar es un oficio y que ella seguirá aprendiendo, ya le ha pedido a la vecina que se haga cargo de los muchitos, pronto tendrán que dejar la escuela para levantar la pizca.
Debajo del árbol sobre el descampado, Antonia mira, debajo de su sombra, otra sombra nace bajo la tierra, retoño que verdea en las coyunturas, cruz que llevará su nombre. Sabe que los años no alcanzan, sabe que ni toda la madera del monte alcanza, para todas las cruces, para todos los nombres que ha encontrado, buscándola.
Se seca las lágrimas con el dorso de la mano, respira y sigue su tarea. El corazón grita una verdad ingrata, Antonia hace oídos sordos, continua. Sabe que no hay sepulcros suficientes para la memoria.

Astrid Paola Chavelas. Acapulco, Gro. 28 de noviembre de 1977. Premio Municipal de Literatura Acapulco 2025 en la categoría de Poesía. XXIII Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo 2023, VI Concurso Nacional de Cuento Escritoras Mexicanas, Primer Premio Municipal de Literatura Acapulco 2022 en la categoría de Cuento, Concurso estatal de cuento “Letras Surianas” 2017. Concurso Estatal de Cuento María Luisa Ocampo 2011. Concurso de Cuento Corto José Agustín 2009. Ha publicado El tigre (Editorial Praxis 2012), Acapulco en breve (Fondo Editorial Acapulco 2022) La tumba de la sumisión (Ícaro Ediciones 2023) De lo que nadie habla (Editorial De otro tipo, 2025) Estado de Latencia (FEMA, 2025). Fue Beneficiaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico en Guerrero (PECDAG 2012), Programa de Estímulo a la Creación Artística Acapulco (PECAA 2014), Pazaporte Digital 2020, PECDA 2023.
