El aliento de María

Una mañana de octubre con muy pocos turistas, percibí un aroma mientras escalaba la pirámide del Sol. No sé cómo describirlo, era complicado como una sinfonía, una mezcla de frescura cítrica, tierra mojada por la lluvia, y corteza de árbol. No parecía ser un perfume comercial. ¿De dónde vendría? Quizá de la mujer junto a mí quien, vestida de blanco y con sombrero de palma, subía sofocada y resollando.

Una vez en la cúspide, me senté junto a ella para disfrutar la vista. Empezamos a platicar animadamente y otro aroma llegó a mí. Era el olor a pan recién horneado, atardecer y fogatas. Se llamaba María y vivía en Puebla. Sus amigas se negaron a subir la pirámide porque eran un poco más “gorditas” y la esperaban abajo. ¿Cómo era posible que en un momento oliera a una cosa y al siguiente a otra? ¿De dónde provenía tal variedad de fragancias? Mis amigos volteaban a vernos de vez en cuando con sorna, porque María no era bonita. Tenía la piel verdosa, unos ojos chiquitos e inexpresivos, cejas de azotador y sobrepeso. De todas maneras me dejó intrigado. Le pedí su número de teléfono y cuando volví a casa no dudé en llamarla.

El primer fin de semana que la visité me dio un recorrido por el centro de la su ciudad. Conforme avanzábamos, me llegaba un aroma a enchiladas verdes irresistible. Al principio pensé que era por algún negocio cercano, pero después noté que el olor nos seguía. Le pregunté a María si quería enchiladas y me dijo que sí, así que visitamos una plazuela donde vendían todo tipo de antojitos.

Después de comer fuimos al cine. María estuvo en silencio y sólo al abrir la boca para carcajearse percibí un perfume fresco. Entonces tuve la impresión de que la fuente de los misteriosos aromas era su aliento. Se lo dije, y ella adelantó que ya iría descubriendo sus excentricidades. Al salir de la sala me contó que cuando tenía hambre, ésta se exacerbaba ante el aroma irresistible de su aliento, que la hostigaba con el recuerdo de la comida que más deseaba. Aseguró que a eso se debía que ninguna dieta le funcionara. ¿Cómo se puede comer nopales con espinacas si se está rodeado de la esencia de pizza, helado o carne a la tampiqueña con papas fritas? Para consolarla, le aseguré que me gustaban sus curvas y, como respuesta, me besó por primera vez.

Empecé a visitarla todos los fines de semana. Tomaba el autobús directo a las ocho de la mañana y me hospedaba en casa de un primo. Con el tiempo me di cuenta de que su aliento también cambiaba de acuerdo con su estado de ánimo, la hora del día, y el día del mes. Era un placer descubrir la gama inagotable de aromas con texturas casi palpables. Cuando estábamos juntos la hacía hablar lo más posible, preguntándole y pidiéndole explicaciones y opiniones sobre cualquier asunto. A las pocas semanas sentí que se acababan los temas, así que llevé El viejo y el mar y le pedí que lo leyera en voz alta. Su aliento olía a anciano, agua de mar, playa, peces, marineros sudorosos. La semana siguiente me leyó María, de Jorge Isaacs. Su hálito emanaba rosas, cartas perfumadas y cirios, dependiendo de la escena que estuviera narrando. Sólo tenía que cerrar mis ojos y el aire aromático me transportaba en el tiempo y el espacio. Era mucho mejor que el cine, más real, una inyección directa en la vena de mis emociones. Nada se comparaba con María y la nube viajera de su soplo.

A los pocos meses ella vino a mi ciudad. No me atreví a llevarla con mis amigos porque, cuando se las mencionaba, socarronamente me preguntaban, ¿quién? ¿la fuertecita, repuestita, robustita, carnosita? Le di un recorrido por el centro histórico y después fuimos a comer a casa de mis padres. María estaba algo nerviosa ante la perspectiva de conocerlos, ¿crees que dé una buena impresión? Claro, mi amor, eres perfecta. ¿No crees que me juzguen por gorda? ¡Por supuesto que no! Ellos saben que me gustan las chicas rellenitas de amor. En realidad todas mis novias anteriores eran un fideo.

María, cuando estaba nerviosa, emanaba un tufo como de piña descompuesta pero, a pesar de esto, mis padres fueron muy amables con ella, así que se le pasó pronto. Durante el postre mi madre hizo lo de siempre, y empezó a contar algunos episodios vergonzosos de mi infancia. María se echó a reír con las historias y, como por arte de magia, llegaron a mí las esencias de esa etapa. El aroma de la piel joven de mi madre, los guisos que la obsesionaban en esa época, la escuela terrosa donde estudié, la niña que me gustaba en sexto de primaria y que se ponía un suéter con olor a agua de colonia Sanborns. ¿Cómo era posible que María supiera exactamente a qué olía mi niñez? Los aromas que yo creía salidos de su imaginación y experiencia, ¿provendrían de la realidad?

De ahí en adelante comencé a pedirle que me leyera libros de viajes. Si no podía visitar los cenotes de Yucatán, al menos quería conocer su olor verdadero. Mi nariz visitó los cinco continentes. Olí a personas de todo el mundo, animales salvajes, insectos diminutos, monstruos marinos; montañas, praderas, bosques, selvas y tundras; frescos y pinturas, catedrales, iglesias, mezquitas y posadas; cementerios, campos de concentración, puentes, torres y plazas. ¿Qué más se puede pedir de una mujer? Por eso, en cuanto tuve vacaciones en mi trabajo le pedí que fuéramos a Querétaro el fin de semana. Quería retribuir nuestros viajes olfatorios con un viaje de verdad.

Nos hospedamos en una cabaña rodeada de bosque y, por la noche, descubrí el olor de la lujuria. Al principio percibía solamente la fragancia de nuestra habitación: las sábanas limpias, pinos y madera. Conforme llegaba la excitación, un carnaval de aromas comenzó a desfilar descaradamente frente a nosotros. Primero, apareció un sillón de cuero, un cuaderno nuevo, un jersey de lana, chocolate, especias, azahares. Después, un poco más rápido, tierra mojada, arroyo, cerezos, adoquín mojado, hierba segada, tierra arada cuando llueve. Más cerca del éxtasis, con impetuosidad, piel tostada por el sol, madera quemada, cemento candente, plantas exprimidas y, finalmente, el olor de la niña que me gustaba en sexto de primaria. Un aroma a paz y amor.

 A la mañana siguiente tuvimos la primera discusión. Yo quería ir a nadar al lago que teníamos enfrente, pero a ella le daba pena. Me desesperé. ¿Te avergüenza usar traje de baño por los kilitos de más? Es muy fácil, haz ejercicio, come menos.

Jamás pensé que pudiera molestarse tanto por un simple comentario. María me recordó que me gustaban las curvas, o que eso le había dicho. Me llamó mentiroso. Yo me defendí: ¡claro que me gustan! Pero es evidente que a ti no. Quiero lo mejor para ti, que estés saludable. Se puso muy seria y pasó el día recostada junto al lago mientras yo nadaba. Dejó de hablarme. No hubo cuero, ni chocolate ni piel tostada esa segunda noche. Al día siguiente empezó a actuar normal, pero había un hedor ligero y pútrido acompañando sus palabras florales y frutales.

Las semanas siguientes le dio por celarme. Estabas viendo a esa vieja esquelética, ¿verdad? Claro que sí lo hacía, a esa y muchas más, pero antes ella no lo notaba, o no parecía molestarle. Llamó a mi madre y ésta le confesó que mis novias anteriores eran unas flacas culebras. Lo tuve que aceptar, sí me gustan las flacas también, pero eso no significa que le tenga aversión a una buena carne. También le dije que el aliento se le había agriado. Eso la enojó aún más, pero comenzó a tomar pastillas de hierbabuena. No servían de nada. Intenté hacer que sacara su enojo hacia mí, que dijera lo que le molestaba. ¿Hay algo que pueda hacer para que me perdones? No sé de qué hablas, si estoy bien, me dijo con una sonrisa mantecosa y olor a baño público.

Comencé a poner pretextos para no visitarla. Dije estar enfermo, tener toneladas de trabajo y varios muertitos qué velar por compromiso. Seguía llamándole por teléfono, pero no era lo mismo. Sin el efluvio fragante de su aliento, la plática era insípida. De vez en cuando la visitaba, esperando que se le hubiera pasado el coraje, pero en cada ocasión me volvía a encontrar con sus celos desmedidos y olores cáusticos.

Era imposible continuar así, y tomé la decisión de visitarla en Puebla para terminar la relación. Esperaba lo peor, por lo que llegué preparado con desodorante ambiental, un tapabocas y gotas para los ojos. Cuando le puse punto final a lo nuestro, vivir con rencores no es vivir, le dije, ella sonrió. Un tierno aroma a criatura, a polvos para bebé, lo llenó todo. Expresó comprensión y calma con notas de huele de noche, páginas de libro antiguo, paja, clavos de olor, café recién hecho y lluvia de montaña. Quería que siguiéramos siendo amigos. En ese momento me sentí aliviado y, al mismo tiempo, me pesó perderla. Sin embargo, en el instante de despedirnos con todas esas buenas intenciones de ser amigos y no sé qué más tonterías, me dio un beso en la mejilla. Me llegó un ligero tufo a azufre y supe que jamás volvería a verla.

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