INSECTOPLUMA 1879

Déjenme anticiparles que lo único que tengo de humano es que puedo contar historias, puedo mentir para decir la verdad. Mi compañero se llamaba Ignacio Raúl Palomares Obregón, conocido como El Diablo. Este fue el comienzo de nuestra insurrección.

            Durante alguna tarde noche el susodicho antes mencionado, grafiteaba la pared de doña Carolina Palomares. Intentaba pintar un insecto palo camuflándose entre las ramas de un árbol diseñadas como pequeños cuerpos humanos.  A la mitad del dibujo, la señora se asomó por la ventana y gritó:

             —¡Pinche loco mariguano! ¡Lárgate o le marco a la patrulla!

            El joven de 24 años contestó sin preocuparse:

            —La neta haga lo que quiera, tía. Me vale madre.

            —¡Te lo advierto! ¡Te van a llevar!

            —¡Usted y la pinche tira me la pelan!

            —¡Pinche escuincle grosero! ¡Les voy a marcar! ¡Vas a ver como te va a ir!

            Al menos veinte minutos después El Diablo escuchó el sonido de una sirena, volteó hacia un costado de la calle Oseas, no vio nada, volteó hacia el otro y observó a la patrulla C-047 acercándose. Decidió marcharse sin terminar su ilustración callejera. No le dio tiempo ni de firmarlo. Caminó sin prisa. La patrulla se le emparejó entre algunos carros estacionados a un lado de la banqueta. El oficial Nazar le dijo:

            —¿A dónde, padrino?

            —Buenas tardes, oficial. Voy para mi chante.

            —¿Dónde vive, mi ángel?

            —Acá en la 22 de diciembre.

            El diablo y la patrulla caminaban a la par.  

            —¿Hasta allá?

            —Sí, mi jefe.

            —¿Anda perdido o qué?

            —¿Me ve cara de que ando perdido?

            —Sí joven, pero perdido en la piedra.

            —¿Cuál? Estoy limpio.

             —¡Párese ahí en la esquina!

            —¿Por qué, oficial?   

            —¡Parate ahí, cabrón!

            El oficial Nazar y el otro apellidado Haro, pararon su vehículo y descendieron de prisa. Sujetaron al Diablo contra el automóvil policial y le realizaron una inspección.

            —¡Yo no hice nada, oficiales!

            —¡Hueles un chingo a mota!

            —¡Claro que no, jefe! Ya no fumo.

            En tono brusco el oficial Haro exigió:

            —¡Abre bien las patas y los brazos!

            —Ya, pues, mi jefe. No escondo nada.

            Nazar afirmó:

            —Recibimos un reporte sobre actos vandálicos en esta calle.

            —No, mi jefe. No…

            —¿Y estas pinches latas?

            Nazar sacó las latas de la mochila del Diablo y se las mostró.

            —Son mías pero es que…

            —Nada, joven. Lo voy a llevar al MP ¡Ya te chingaste!

            —¡La señora es mi tía! ¡Le quitó la casa mis papás! ¡Tire paro, jefe!

            —¡Mis huevos, cabrón! Ya te cargó la chingada —sentenció Haro.

Subieron al sujeto a la parte trasera del auto mientras lo esposaban.

—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡No hice nada! ¡Ayuda!

Antes de que los vecinos sacaran sus celulares para grabar el arresto, partieron a toda velocidad. Encendieron las torretas que acompañaban los gritos del Diablo.

—¡Pinches, puercos! ¡Hijos de la chingada!

—¡Ya cállese, cabrón!

—¡Bájenme, culeros!

—¡Cállate, pues, verga!

—¡Ayuda! ¡Por favor!

Haro, quien iba de copiloto, hizo la amenaza final:

—¡Cállate a la verga o te toca tabla!

—¡Me valen madre sus pinches amenazas! ¿Cómo la ven?

Nazar cambió el protocolo.

—¡Ya me hartó este pendejo! ¡Código daga, pareja! ¡Código daga!

—¿Estás seguro, pareja?

—Seguro, parejota.

—¡Ora sí te cargó la mera berenjena, padrino! —insistió Haro.

—¡Váyanse a la verga, pinches puercos!

Los policías llevaron al hombre a un terreno baldío a orillas de la ciudad Árboles, sobre la calle Bertha Lilia Campos. Al llegar al sitio lo bajaron, lo esposaron a la defensa de la parte frontal del auto y comenzó el código daga. Sacaron de la cajuela una enorme tabla azul, rotulada con la palabra daga. El diablo vio su destino fatal al mirar hacia atrás y ver el artefacto de tortura.

—¡Hijos de la chingada! —gritó El Diablo.

—¡Comienza, Haro! A mí me tocó hace quince días cuando trajimos al fulano y nos dimos a su mujer. Yo me quedo de guardia.

—Ya estás, pareja. ¡Estaba bien buena la condenada!

—¡No, por favor! ¡En la mochila traigo un gramo de cristal! ¡Denle un llegue! ¡Se los invito! ¡No hay fijón!

Nazar contestó en segundos:

—No, joven. Fíjate que nosotros compramos el nuestro. Quién sabe en qué pinche punto culero lo compraste.

—¡Por favor! ¡Por piedad! ¡Estoy malo de la espalda!

—¡Aguanta, Haro!

La contienda de tortura fue interrumpida por un nuevo código.

—¿Ahora qué, Nazar?

—Tenemos nuevas órdenes. El comandante supo que trajimos a alguien a tablear y me transmitió el código canal por el celular.

—¡No mames! ¡Ya estaba bien puesto! Dile que después le llevamos a otro.

—No, pareja. ¡Vámonos a la chingada!

—¡Ándale, cabrón! ¡De la que te salvaste! —dijo el oficial Nazar con voz burlona.

—¿Para dónde me llevan ahora, mi jefe?

—Te ganaste el premio mayor, mi ángel.

—¿De qué o qué? ¿De qué habla, pues?

—No te la vas a acabar, culero —sentenció Haro.

Subieron de nuevo al joven y rápidamente acudieron al lugar donde los había citado el comandante Miguel.

Entre los límites de la ciudad Árboles y el municipio de Madera pasaba el canal Los lacandones. Aquella noche su caudal era agitado. La patrulla llegó rápidamente. Se apostaron sobre la orilla del canal al interior de otro terreno abandonado. Sólo una vieja lampara, colgada en un poste, los iluminaba desde arriba. Ya los esperaba Miguel junto con su camioneta con las torretas apagadas.

—¡Apúrenle, cabrones! ¡Apaguen la puta sirena! —gritó Miguel.

—Perdone, comandante. Había mucho tránsito en la 23 de septiembre. —contestó Nazar.

—Bajen al muchacho.

—Acá está, patrón. —habló Haro.

Descendieron al Diablo con más cuidado. Lo pusieron frente al comandante. Lo hincaron sin quitarle las esposas. La mochila con la latas la habían olvidado en la patrulla.

—Buenas noches, joven. Dígame, ¿de qué lo acusaron estos cabrones?

—No sé bien, mi jefe. Yo sólo iba caminando sin hacerle nada a nadie. Metido en mis pedos, pues. Me llegaron por atrás y…

—¡No sea chismoso! ¡Dígale al comandante lo de las latas! ¡Las drogas que nos ofreció! —Aclaró el Nazar.

—¡Miente! ¡Eso es pura mentira! —gritó el Diablo.

—¡Cállate, pues! —advirtió el comandante Miguel.

—Ire, al chile sí estaba pintando la pared pero esa señora es mí tía, le…

—¿Eres puntero?

—No, comandante. Nada de eso, soy estudiante. Estudio Biología.

—Está bueno, pues.

—Yo me llamo…

—No, no. Así está bien, joven. A uno le da más remordimiento cuando sabemos los nombres.

Repentinamente se escuchó el potente motor de una camioneta Silverado color blanco. Se estacionó a un lado de las patrullas, un par de hombres extraños bajaron y se acercaron.

. —¡Buenas noches, comandante Miguel! —saludó alegremente uno de los hombres de la camioneta.

—¿Qué hubo, pariente?

—Pues nomás aquí, chambeando.

—Está bueno, pariente.

—¿Este es el paguito?

—Así es. La cuota del mes.

—No, pues, yo creo que el patrón va a estar contento.

—¿Quiénes son estos? ¿Qué pedo? Yo nomás estaba haciendo una pinta. No la frieguen —dijo El diablo angustiado.

—Ni modo, mi ángel. Te tocó ser la cuota —sentenció Nazar burlándose.

—No le va a pasar nada, joven. Usted quédese tranquilo. Puede que se lo recluten, ya será su suerte —añadió Miguel.

—¡Hijos de la chingada! ¡Pinches puercos! ¡Hijos de la verga!

—Ándele, pues, pariente. Lléveselo que tenemos harta chamba —interrumpió Miguel.

—¿Y por qué yo, mi jefe? ¿Por qué a mí? — preguntó el Diablo con angustia.

—¿Al chile si quiere saber, joven? —preguntó el otro extraño hombre de la Silverado.

—Yo no hice nada, yo nomas hice una pinta…

—¿Tu firma de grafitero es INSECTOPLUMA 1879?

—¿Por qué la pregunta?

—Vimos cuando te subieron. Te teníamos bien checado. Ya nos ahorraron la chamba.

—¿Yo qué les hice?

—Pintaste la jeta de mi hermano sobre varias bardas, culero.

—¿Quién es tu hermano? ¡Ah, ya di! ¿A poco es tu hermano el pinche asesino ese?

El extraño hombre acercó su arma nueve milímetros a la frente del Diablo.

—¡No te la vas a acabar, mal nacido! ¡Ora sí te cargó la verga!

—¡Pues tu carnal se cargó a varias morras! ¡Yo ya hice lo mío! ¡Jálale si tantos huevos! 

—Ora sí valiste madre, mi ángel —interrumpió Nazar.

—Pues, no. Le tengo otro código, oficial Nazar. Tengo alas pero no son de ángel. No se equivoque, a mí me dicen El Diablo.

El extraño hombre dio un paso hacia atrás, intentó disparar pero no pudo, miró su arma encasquillada, cuando volvió a observar hacia el hombre hincado no había nadie. El diablo desapareció dejando tirada su ropa sobre la tierra, abandonando intactas las esposas. Mi compañero y yo poseímos al sujeto, sus ojos comenzaron a derretirse desde la pupila, quedando solo dos huecos oscuros, disparó el cartucho entero a los cuatro acompañantes situados alrededor. El ejecutor se dio muerte a sí mismo. Minutos después, aparecimos volando bajo la vieja lampara del poste: un insecto palo con cola de pluma y cuatro pequeñas alas en la espalda. Teñidos entre colores café, rojo y verde. Ignacio Raúl, El Diablo, es el insecto y yo, la pluma. Ahí nos quedamos viendo la sangre culpable correr, como comúnmente sucede cuando el código INSECTOPLUMA 1879 entra en vigor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *