El viento comenzó como un murmullo, algo distante, apenas perceptible en el caos habitual de la ciudad. Yo lo escuché primero, más que sentirlo, como un susurro que anunciaba lo que venía. Caminaba por las calles buscando lo que siempre busco: un poco de comida, un rincón donde pudiera descansar. Las personas a mi alrededor no le prestaban mucha atención a ese cambio en el viento, y yo, por un momento, pensé que quizás ellos sabían algo que yo no. Pero pronto lo sentí en mis huesos. Algo estaba mal.
El cielo se fue apagando, tiñéndose de un gris plomizo que se extendía como un manto sobre la ciudad. El aire, cargado de humedad, se volvía más pesado con cada minuto que pasaba. Las calles, siempre llenas de movimiento, empezaron a vaciarse. Las luces de las tiendas y casas se apagaban una a una, y las puertas se cerraban apresuradamente. Todos parecían saberlo ya. Algo grande, algo devastador se acercaba.
Intenté encontrar refugio. Caminé, y luego corrí, buscando algún rincón donde pudiera sentirme seguro. Pero los lugares que solían ofrecer un respiro, bajo un techo suelto o en una esquina olvidada, ahora estaban cerrados, sellados, inaccesibles. Me acerqué a una casa de puertas grandes, escuchando las voces de quienes vivían dentro, pero me recibieron con el golpe seco de una puerta cerrada en mis narices. No me querían allí. No podían arriesgarse por alguien como yo.
El viento se intensificó. Ya no era un murmullo, sino un grito que barría las calles, como un monstruo en busca de presas. Las hojas volaban, los papeles giraban en torbellinos, y el asfalto bajo mis pasos vibraba con la promesa de lo que estaba por venir. El aire comenzaba a volverse frío, cortante, y con cada ráfaga, sentía el miedo crecer en mi interior.
Caminé hacia el parque, un lugar donde solía encontrar paz. Pero esa tarde, el parque era una visión desolada. Los árboles, que siempre habían sido mi refugio, se inclinaban y crujían bajo el peso del viento. Las hojas se arrancaban de sus ramas, y los pájaros, que normalmente cantaban sin cesar, ya no estaban. El cielo oscuro se abría en parpadeos de luz, y el trueno resonaba como un tambor lejano, advirtiéndome de lo inevitable.
La lluvia llegó de golpe, fría, torrencial, como si el cielo mismo se hubiera desgarrado. Me acurruqué bajo un banco, mi única protección contra lo que estaba cayendo. El agua no tardó en empapar mis huesos, en convertir el suelo bajo mi cuerpo en un lodazal que se deslizaba y se abría. La lluvia me golpeaba sin piedad, el viento me zarandeaba, y cada vez que trataba de moverme, sentía que el mundo se me caía encima.
Vi a lo lejos a algunas personas corriendo hacia sus hogares, sus figuras se desdibujaban por el agua. Sus voces se perdían en el estruendo de la tormenta. Nadie miraba hacia abajo, nadie veía a los que, como yo, no teníamos un lugar donde escondernos. Sus preocupaciones eran distintas, más grandes quizás, pero en ese momento, nuestras vidas eran iguales, estaban potencialmente en peligro.
El agua comenzó a subir. Al principio, no me preocupé demasiado, pero pronto me di cuenta de que la lluvia no cesaba y el parque, mi parque, se estaba convirtiendo en un río furioso. Intenté moverme, buscar un lugar más alto, pero las corrientes me arrastraban. Mis piernas, cansadas de tanto correr, apenas me sostenían. El viento me lanzaba ramas, pedazos de metal, cualquier cosa que encontrara a su paso. Todo lo que alguna vez fue parte de la ciudad ahora era un arma que la tormenta utilizaba contra mí.
De repente, vi una luz. Una farola aún encendida, temblorosa pero firme, al otro lado del parque. Me arrastré hacia ella, luchando contra el viento, la lluvia y el agua que ya me llegaba al pecho. Cada paso era más difícil que el anterior. Las corrientes eran más fuertes, y mi cuerpo, ya agotado, no respondía como antes.
Llegué a un poste de luz, me aferré a él con mis últimas fuerzas, el agua me cubría hasta el cuello. No podía seguir. Miré hacia el cielo, hacia la furia que caía sin piedad, y entendí que no habría salvación esta vez. Los hogares estaban cerrados. Las personas estaban a salvo. Y yo, un alma sin nombre ni refugio, no tenía lugar en este mundo que ahora se desmoronaba a mi alrededor. Nadie vendría a socorrerme.
La tormenta rugía, más feroz que nunca, y mientras me hundía en la oscuridad, solo pensé en una cosa: tenía miedo y no quería morir solo.
Pero el viento no escucha. El viento no perdona.
Y así, bajo la furia del huracán, el mundo se apagó y un perro más halló su triste final ante la indiferencia humana.

Gerardo Ismael Lugo Brito nació el 13 de noviembre de 1993 en San Francisco de Campeche. Es Maestro en Apreciación y Creación Literaria por el Instituto de Estudios Universitarios (IEU) de Puebla y Licenciado en Literatura por la Universidad Autónoma de Campeche. Actualmente se desempeña como docente en la preparatoria Dr. Nazario Víctor Montejo Godoy de la Universidad Autónoma de Campeche. Es escritor de cuento y novela: 2018 libro de cuentos “Plumas de Cuervo”, por Ediciones Alféizar. España. 2020 premio estatal de cuento Nazario Víctor Montejo Godoy. Universidad Autónoma de Campeche. 2020 antología “Haikus desde Casa”, por el Grupo de Trabajo de Discapacidad e Inclusión Social de la Federación Latinoamericana y del Caribe de Asociaciones de Ex-Becarios de Japón (FELACBEJA). Argentina. 2021 antología “Lugares Imaginarios”. Editorial Pluma Digital. Chile.2021 libro de cuentos “Donde duermen las sombras”. Amazon. EUA. 2022 finalista de concurso en la antología “Secretos en el sótano”. Gold Editorial. Colombia. 2023 antología “Implacable”. Escritores Noveles. Colombia. 2023 novela Los Hijos del Mar: Naufragio, por el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA). 2024 antología “Sentencia de Sangre”. Gold Editorial. Colombia. 2024 revista literaria Alborismos No. 16. Venezuela. 2024 libro de cuentos “Cuando el Velo Cae”. Amazon. EUA.