Filosofía de regadera

Entré a bañarme, tomándome el tiempo que no tenía. Como si el mundo se pudiese pausar un poco y retardar sus reacciones naturales. Al menos con esa frase, hoy día es muy fácil vender cremas anti age, condones o artilugios para la disfunción eréctil.

No era nada, pero era todo, lo de todos los días, lo de cada noche y cada mañana. El amor que se pierde es peor que las varillas de un sostén que de un día para otro decide cambiar de talle o joderse en la máquina de lavar.

 La revolución es y ha sido silenciosa: cortarme el cabello, sacarme los kilos de encima ganados con el embarazo, untarme todo remedio en el vientre para que la cicatriz ya se vea cada vez menos, que me engañe desapareciendo al menos de día por medio.

Me volví contorsionista para sacarme las fotos más eróticas y mandarlas por los chats de Facebook o de WhatsApp, no con un solo candidato, sino al menos con un par, mientras aguardaba sus respuestas; leía relatos porno que no tenían sentido, métrica, estructura, coherencia y adecuada puntuación. Supongo que eso es escribir de la paja.

 A lo hetai me removí los vellos de la cuca, solté una sonora carcajada pensando que estaban más largos que los de mi cabeza. Traté con cariño a mi primera amiga, confidente y brújula. Sentí la lengua mordida a los lados y no por alguna faena de pasión intensa, sino por haberme quedado dormida y entregarme a las orgías de mis sueños.

Escucho el llanto del bebé, pero nunca es el mío el que llora. Mi hijo no es un bebé y su ausencia es una factura re cara. Así sea por asuetos, viajes  de trabajo o vacaciones. Busco qué hacer mientras vuelve. Ha ido a encontrarse con él , con su padre. No lo culpo, la enojada soy yo. La dejada soy yo.

La cama y la casa se hacían demasiado grandes y profundas. su olor se estaba yendo entre el agua y el jabón. Estaba tan triste y distraída que no me di cuenta cuando se quemaron el asa y la tapa de la olla de cocción lenta. No era lo erótico lo que me hizo errática, sino esa foto de nosotros, la carga de ropa sucia con los vestidos amarillos, el separar sus prendas de las mías y decidir qué hacer con ellas.

Los calzoncillos rotos volaban de lado a lado de la sala y la lavandería como alguna vez lo hicieron al desnudarnos o permitirnos usar de nuevo la ropa limpia, porque esa manía por la limpieza hacía del juego algo completamente mágico. No quiero que se vaya, quiero una nueva oportunidad. Intentarlo por los viejos tiempos. Revivir la pasión cómo reviven los penes laxos tras el viagra.

Revivirte me haría bien, más bien que aliviar la comezón de la cuca que va calva en señal de duelo.

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