Ronroneos

Lo habíamos hablado un par de veces, y cuando decidimos hacerlo, lo hicimos.

Ser un gato adulto, y ser el alfa de la manada, es una tarea difícil. Los humanos son tan ingenuos que piensan que tienen el control sobre lo que hacen sobre nosotros. Y es muy peculiar ver sus acciones del día a día. Ellos no se protegen como yo protejo a mis hermanos y hermanas. Gus nos trajo a cada uno de nosotros. Y mis seis hermanos y yo, supimos desde un principio, lo que significaría vivir con él y su madre, Helen.

La casa apenas respira por toda la basura escondida en cada rincón. El televisor está encendido día y noche en el cuarto de la vieja. Debido a su deforme cuerpo, no podía moverse. Gus tenía que llevarle uno de esos recipientes para que haga sus necesidades. Nuestro arenero está petrificado. Pensaron mejor en dejarnos las ventanas abiertas, así se ahorrarían un gasto más. Recuerdo que la mañana en que Botas llegó, Bock y Tiger rasgaban el garrafón de agua con tal de beber un poco. Tuve que enseñarles a beber del inodoro para que no murieran de sed. Botas aprendió rápido. Observamos cada acción de los humanos. Gus se la pasaba encerrado en su cuarto. Solo salía cuando Helen gritaba su nombre para que la atendieran.

Los días sin comer los contaba marcando con una de mis garras una línea en el cartón donde paso mis horas de descanso. Yo no podía con la idea de cómo un ser como nosotros, era tratado de tal manera. Gus llenaba nuestros trastes cada quince días. En ocasiones, cada mes. Nuestro alimento venía de los restos de comida que caía en el suelo del cuarto de Helen. Comían frente a nuestras caras. Como si no existiéramos a pesar de nuestros ronroneos.

La calle fue nuestra opción. Yo me aventuré, pero vivíamos en una zona urbanizada que solo podía darnos una sola certeza: la muerte. La casa estaba situada sobre una avenida donde los carros siempre transitaban. Salí de caza a diario, hasta que vi a Luca, el gato del vecino, ser arrollado por un camión de carga. Pero lo que me hizo enfurecer, fue que nadie levantó su cuerpo del asfalto.

Salíamos cada día, sin cruzar la avenida. Muchas veces caminé por la acera con Bock y Tiger en busca de algo que comer. Me interesaba llevarle comida a las hembras y al pequeño Botas. Y es que Gus, había recogido a Luna y Penélope de la calle; las costillas se les marcaban y lo que me hizo compadecer, sobre todo a Luna, era a la pequeña cría que colgaba de una de sus tetillas. Fue entonces que Tiger lo sugirió por primera vez.

Las puertas, los muebles, el refrigerador, la cama. Todo estaba lleno de arañazos. Mis hermanos marcaban todo con tal de obtener una respuesta de nuestros dueños. Mientras yo seguía analizando aquella interesante sugerencia.

Dejé que el tiempo siguiera su curso. Nos alimentamos de las croquetas que nos habían comprado y con las ratas que aparecían de vez en cuando. La basura comenzó a darnos una opción. Las cucarachas y moscas eran una buena merienda. Las palomas fueron otra de nuestras cenas favoritas. Cuando se posaban en la rama del árbol que da justo en una de las ventanas, Tiger y Bock me ayudaban a cazarlas.

Una noche, me aventuré dentro del cuarto de Helen. Había un olor hediondo en el aire. No sé si era el queso rancio de sus nachos que se le cayó hace una semana mientras veía un partido de futbol. O aquella masa asquerosa en el mingitorio de plástico. Me rocé la nariz con mi pata, y después me fijé en la sábana que caía del borde del colchón. Subí de un salto. Me sorprendió el volumen de aquella criatura desparramada en la cama. Me dio asco el solo ver los restos de comida rodeándole la boca. Sus ronquidos eran estruendosos, no me imagino cómo no se despertaba de tanto ruido. La miré por un buen rato. Y entonces me di cuenta, que eso que tenía frente a mí, no era un humano.

Pasaron treinta días en los que nos alimentamos de cucarachas y moscas. Ese día esperamos a que la noche arropara la casa. Y nos aprovechamos de que Gus aun no llegaba del trabajo. Era unánime. Ya habíamos tomado una decisión.

Gus llegó tarde esa noche y sus gritos fueron como música en mis oídos. Entró a la habitación y encontró a Helen desparramada como de costumbre. Y a mis seis hermanos saboreando su carne hedionda. Él volteó del horror, y solo pudo concentrarse en el amarillento destello de mis ojos en la oscuridad. Sin una pizca de remordimiento.

No se cuanto tiempo ha pasado. Pero sus cuerpos nos duraron lo suficiente para recobrar fuerza y energía. Hemos pensado mucho en otra sugerencia hecha por Tiger. Solo estamos esperando que llegue el momento. Alguien debe venir a visitarlos. Sabemos que la vieja tiene dos hijos más. Y tal vez ellos los extrañen. Así, podrán pasar el resto de sus días aquí, junto a los huesos de Gus y Helen. 

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