Miss Acapulco

I

De un momento a otro iba en caída libre desde La Quebrada y con el corazón encendido de soledad. Ardiendo a cada latido, recuerdos, palabras. Los espectadores no dejaban de aplaudirme y tomar fotografías.

El psiquiatra me dijo: “A veces es sano tomarse un respiro profundo”.

―¿Aunque no sepa nadar?

―Aunque no sepa amar.

II

El verano en Acapulco me hace vomitar estupideces mientras avanzo a paso de tortuga por la Costera. Llevo un short fluorescente y una camisa estampada de palmeras.

Han atropellado a un perro en la Costera y el chofer del urbano dice que fue en defensa propia porque él respetó la luz verde y el canino dudaba si atravesar o no la avenida rápida.

Hay gritos, remordimientos, miedo y asfixia en mis bolsillos.

El calor me vuela la cabeza, sudo a cántaros y me detengo bajo la sombra de un árbol de almendro antes de cruzar la avenida rápida. Una mujer me saluda desde el otro lado, con la mano bien levantada en señal de adiós. “Su rostro me es familiar”, digo y desaparece en cuanto me limpio el sudor de los ojos.

Luz verde, repito la escena (sin dudar) de hace un momento en la avenida rápida y mi corazón aúlla bajo las ruedas.

III

El calor en Acapulco me hace desnudarme frente al espejo. La imagen: un cadáver desalmado, desamparado y desamado; listo para ser devorado por los zanates.

IV

“¿Por qué llora, señor?”, me pregunta un niño payasito en la Costera.

“Por el calor del alma”, respondo.

“Píntese la cara y así recibirá monedas en lugar de lástima”, dice el niño payasito y se apresura a mover su estómago debajo del semáforo.

V

El verano en Acapulco me deshidrata, exaspera, desmorona; como el infierno de la ausencia a mi corazón.

VI

El informe meteorológico de esta mañana asegura que en unas horas llegará un huracán categoría 5 a Acapulco. Se aconseja tomar sus precauciones. Entonces los hoteles y negocios de la Costera se apresuran a cerrar temprano y el puerto se vacía, enmudece. Y me quedo a mitad de la Costera solo, llorando, aterrado, recordando la misma escena del adiós apocalíptico de una mujer.

VII

Soñé que un tsunami inundaba a todo Acapulco y sólo yo me ahogaba mientras el resto de la población se encontraba a salvo en sus lanchas, buques o yates. Nadie se inmutaba con mis gritos y movimientos desesperados. Había tiburones asechándome, gaviotas sobre mi cabeza. El psiquiatra me dijo: “Ya veo, una depresión profunda. La próxima vez tenga a la mano un tanque de oxígeno y un chaleco salvavidas”.

VIII

He aquí el momento más paradisiaco de Acapulco: que el mar sale tu esperanza.

IX

“Estoy lleno de deudas y totalmente arruinado, amigo, hip”, me dice el tipo que bebe conmigo en la barra de la cantina El Zanate.

“Y yo mortalmente de dudas, hip”, le digo y doy un trago largo, largo, largo… a mi cerveza.

X

El calor en Acapulco me recuerda que debo asearme, alimentarme e hidratarme si deseo mantenerme de pie. El dolor me aconseja lo contrario y mis piernas dejan de responder.

XI

Esta tarde un terremoto ha sacudido a Acapulco. Hay muertos, desaparecidos y escombros por doquier. El panorama es desolador, como el día que me dijeron “Nunca más” y todo se vino abajo.

XII

Hay un cuerpo acribillado a mitad de la Costera y a plena luz del día. La policía lo resguarda, la gente sólo murmura. Nadie lo reconoce. Cuando me acerco hasta el lugar acordonado, una anciana me dice: “¿Ya vio?, una bala le perforó su corazón. Pobre”. Entonces acaricio mi pecho y descubro que yo también tengo un hueco.

XIII

“Fuck off, nigga!”, grita el anciano extranjero que está sentado junto a mí en un banco de El Malecón. 

“Yo también la extraño, míster”, digo y reposo mi cabeza sobre el hombro del anciano extranjero mientras cae el atardecer en el océano Pacífico.

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