Tiempo desangrado 

El humo del cigarro hacía latir cada vez más rápido mi corazón. Mi pulso se aceleraba como un reloj descompuesto. La desesperación crecía con cada latido, hasta que no pude más y comencé a correr. No huía, tampoco me perseguían, pero debía correr, liberarme del lazo invisible que se cerraba sobre mí.
Las campanadas de la medianoche me sorprendieron en medio de mi frenética carrera. Ya no escapaba por las calles de la ciudad, ahora transitaba por serpientes de asfalto apenas iluminadas, que con cada paso me mostraban un nuevo camino, uno que yo conocía, ¡ay de mí!, desdichado Dédalo amnésico.
Cada paso era acompasado por cada campanada. Golpes transformadores que desdibujaban mi silueta. La última campanada definiría mi forma final, pero antes debía separarme de mí. Mis ojos dejaron de ser míos, cada imagen que veía, era la visión de un extraño, ajeno a mí, pero tan personal. Era como ver a un pariente lejano.
La última campanada debía sonar con su sonora autoridad, para indicar el nacimiento del nuevo día. La aurora esperaba esa marca de salida, para azuzar a sus caballos y recorrer el mundo hasta mí. Pero mi corazón, ese reloj descompuesto e inestable, se negaba a dejar avanzar la manecilla del reloj. Se oponía a que el reloj marcara las doce de una noche. Pensé que si me calmaba, eventualmente ese segundo eterno, avanzaría, así que tomé un respiro del aire frío de la noche y busqué otro cigarrillo en mis bolsillos, encontrando una nota:
«Te espero esta noche, si tan solo fueras a llegar…»
Entre la sensación del calor de un abrazo y de los escalofríos pronuncié las palabras olvidadas: «Danielle». Un nombre tan extraño, como familiar, que me llevó en dirección a tu casa, donde me habías invitado a cenar. La cita era a las nueve, pero a las doce, mientras la noche descendía con su manto sobre mí, yo apenas repetía mi camino como un ser duplicado. Era como hacer por primera vez, algo que se ha hecho cientos de veces, pero que produce el mismo miedo y emoción de la novedad.
El canto fúnebre del tecolote me llevó de la mano hasta que llamé a tu puerta. Me recibió tu madre. Mi espanto fue ingenuo al ver aquella silueta que, hasta entonces, había sido solo un retrato sobre el comedor. Saludé y me dispuse a pasar, siendo cortés con alguien que sabía muerta. La familiaridad de lo hecho mil veces se quebró cuando miré cómo el rostro de aquella mujer se desvaneció, quedando como un lienzo color crema, listo para representar cualquier papel en la obra a la que fui convidado.
La casa, que recordaba alegre y festiva, ahora era oscura y asfixiante. Sus paredes parecían cubiertas de un musgo que me recordaba la humedad de las cavernas que recorría de pequeño en España, donde jamás he estado. Allí dentro, algo me quería devorar, no con fauces afiladas, sino por medio de las sombras que borran la identidad y vuelven todo una misma cosa. Mi camino fue guiado en la penumbra por el aroma de las plantas que crecen a la sombra, porque estoy seguro de que, en aquel lugar, el sol ya no podía verme.
Mi horror no fue tal hasta que te vi a ti. Criatura dulce y fina que me esperaba con un plato y una copa de vino. Recordé entonces el porqué de la cena: —hoy conocerás a la familia—. Tías y hermanas que nunca había oído nombrar nos acompañaban mirando aquella pintura engendradora. Así había sido siempre: la cena, las risas, las miradas solemnes. Hasta esta vez, repetición primera, en la que la pintura, encarnada como en un milagro perverso, reía despreocupada sentada a la cabecera de la mesa.
Tu búsqueda me recibió con tu ausencia, solo te escuchaba a lo lejos, suspirando y repitiendo la misma frase: —¡Si tan solo no viniera!
Era un gemido triste, sofocado por las mismas sombras que me sostenían de la mano. Grité tu nombre y corrí a encontrarte, pero mi error fue hallarte. Caí en cuenta de mi desgracia, cuando miré tu silueta extraña a la luz de la única vela encendida en la casa, un enorme cirio dedicado a San Cipriano, el mago y hechicero que invocó al demonio para conocer a Dios. La oscuridad me devolvía tus movimientos, precisos y brutales, enseñándome la atrocidad de tu crimen.
Tus manos desollaban a tu víctima: un inocente reloj al que maniatabas para que no avanzara. Sostenías con violencia el segundero mientras este gritaba, ahogado en un segundo eterno. Palabras macabras, cargadas del terror que me invadió, brotaron de mi boca mientras buscaba a tientas un apagador que terminara con la pesadilla.
Entonces busqué a tu madre, la tirana reencarnada que seguramente te había obligado a representar semejante barbarie. Silenciosa, aquella mujer vil, me había seguido hasta ahí, cargando como en procesión un enorme cuadro. La luz de una luna roja enorme se filtró por el tragaluz que hasta ese momento hizo acto de presencia. Aquel brillo rojizo invadió cada rincón, y ahí fue cuando noté que nunca estuve en la casa, sino en un invernadero de hierbas para conjuros. Al verla, el rostro de tu madre recuperó las facciones, pero no eran las suyas: ahora tenía las tuyas. Pasado y presente se unían en una sola carne.
Estaba mudo, pensando en que quizás te miraba a ti, pero madura, platinada y serena. El miedo y la curiosidad me invadían por igual; quería preguntarte por mí, por nuestros hijos y por la vida que habíamos vivido, hasta que miré sus manos que sostenían el enorme retrato. Era un hombre de facciones angulosas, con un par de bolsas en los ojos que lo hacían ver vil y demacrado —quizás lo fuera—; estaba vestido con una levita negra y portaba orgulloso su camisa blanca, con ese cuello alto que le daba el aspecto de un juez severo en una época olvidada.
El extraño que miraba por mí, ahora me veía directamente, porque aquel del retrato no era otro sino yo, quien se miraba a sí mismo.
Vaya pesadilla que reanudó mi carrera nocturna mientras escuchaba la voz de tu madre, o debo decir, la tuya, gritando a lo lejos:
—¡Fue en esta farola de la calle!, la que nunca ha tenido luz, en donde le puso fin a sus penas. Donde terminó una vida ilustre.
Me detuve exhausto; el desmayo amenazaba con poner fin a la locura. Mi mano temblorosa reconfortó mi alma cuando pudo tocar, por fin, el busto de león colocado en mi puerta. El corazón latió con normalidad mientras el reloj, a través de un esfuerzo divino, avanzó el segundero, ¡al fin! La última campanada, un nuevo minuto, la medianoche me devovía la forma.
Pero al cruzar el umbral de la puerta, me hallé bajo la misma farola. El lazo invisible empezó a cerrarse, entendí mi huida, mientras tu voz resonaba como una campanada, repitiéndome:
—¿Así, como cuando tú moriste?

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