Julita, tu George ha vuelto

Capilla del Monte, Argentina, 02 de septiembre del 2021

Querida Julita:
Eras sabia y mágica desde pequeña. Entendías que el inicio no es algo certero, nunca se sabe cuándo algo comienza y solo adjudicamos ese atributo al tiempo y al espacio, a nuestro momento. Tú sabías desde antes de nacer que no es posible conocer el principio, puesto que ya habías nacido unas cuantas veces con anterioridad y en el reciclaje de tu fuerza anímica guardaste algunas memorias. Es por eso que cuando llegó el momento y tu madre te parió, no te sorprendió la pequeña choza en medio de la selva baja caducifolia. En ese lugar vivirías por años. Recuerdo, en aquel entonces, tus padres se creían fundadores de aquel pequeño pueblo, pero estaban equivocados, pues aquel lugar ya estaba habitado desde hace mucho. Ahí, entre los dos cerros de tezontle que simulaban los senos de una mujer, donde el cañón era custodiado por coyotes y el valle se abría hasta los pies de los volcanes, los popochcomitl estaban por desbordar su magia. Y así sucedió, tu regreso lo causó, tal vez como consecuencia de guardar memorias. El calor aumentó provocando que todo lo que contenían fuera expulsado con fuerza, tanta que rompió las barreras que separaban el pueblo con otras dimensiones, e hizo evidente, para algunos pobladores, toda la sustancia que habita en el espacio terrenal. No solo la ya conocida, esa que es visible, tangible y susceptible al tiempo, sino también aquella que pulula de manera imperceptible. Además rompió la membrana que envolvía tus sentidos, ahora eras un poco más libre y tus ojos ya podían ver la capacidad que tiene el hombre para nahualizarse, que esa facultad no era únicamente de los dioses, y que el animal que iba todas las noches a posarse sobre el tejado de tu gallinero, no era más que don Macario tratando de asustar a tu familia. Ya no serías la única niña que tratara de escapar de las mometzcopinqui, esas mujeres que se arrancaban las piernas para después sustituirlas por patas de guajolote y se colocaban alas de petate para salir a cazar niños y chuparles la sangre. Otros niños ya también las veían. No se sabía de qué lado aparecen, ni la hora exacta, pero aprovechaban cuando todos jugábamos a las cebollitas, los listones o el burro castigado y en un parpadeo bolas de fuego aparecían en el cielo, por un segundo se quedaban quietas y después se abalanzaban sobre nosotros a toda prisa. Eran ellas, las mometzcopinqui, ¿Julita, aún lo recuerdas? —Yo sí—.
¡Corre, corre, Jorge! —me gritaste con esa voz chillante de apenas seis años mientras movías tus cortas piernas a una velocidad que no pude igualar. Una roca suelta sobre el camino me hizo caer —¡Corre, George, corre, entra! —seguías gritándome desde la entrada de tu casa con la puerta entreabierta.
Sé que me dijiste George para sacar mi enojo y que eso me hiciera correr más rápido. Bien sabías que cuando me llamabas así, algo en mí se encendía y me apresuraba hasta ti para jalar una de tus trenzas. Ese día cuando me caí, todo ensordeció. Mis ojos se fijaron en tus labios y sus movimientos. Entendí lo que me gritaste, aunque no lo escuché: ¡Levántate, George, tú puedes!, ¡ven, entra!, pero ya no pude jalar tu trenza.
La bola de fuego me alcanzó. Pasó sobre mí con rapidez y después desapareció —tú ya habías cerrado la puerta—. Me levante con las dos rodillas raspadas y el miedo por lo que podía pasarme en los siguientes días. Mis padres eran de esos pobladores a los que, por algún motivo que aun no comprendo, no podían entender y menos ver lo que a nosotros se nos mostraba. Para ellos la sustancia del mundo terrenal era un mito y antes que doña Toñita pudiera darme algún remedio, ya me habían llevado con el médico. Una anemia severa fue la causa de mi muerte. Eso dijeron a pesar de no entender la rapidez con que mi cuerpo enfermó, pero nosotros sabemos que no fue así, que la verdadera causa fue que la mometzcopinqui me alcanzó.
Sé que llorabas porque ya no tenías a quien molestar, ni quien te jalara la trenza, además pensabas que te había dejado sola con don Macario, los otros nahuales, las mujeres patas de guajolote y los chaneques, pero no fue así. En menos de un mes ya había regresado. Me encontraba en el estado vecino —aunque ahora mismo estoy un poco más lejos—, y me seguí llamando Jorge, bueno mas bien, Jorge Alberto.
Julita, yo aún era tu George, seguramente tú no te dabas cuenta porque estabas muy triste, pero durante los años de infancia que aún te quedaban, considerando que ahora tú ya eras seis años y un mes mayor que yo, te busqué en los sueños a donde los chaneques nos llevaban.
Lo que te contaré ahora te sorprenderá. No sé si fue por cercanía del lugar en el que volví a nacer o simplemente porque es el único lugar a donde los chaneques llevan a todos los niños, pero los de aquí, cuando se metían a mis sueños para tratar de robarme, continuaban llevándome al mismo sitio; a ese enorme bosque templado. En el corríamos y jugábamos a las escondidas —sabes de lo que hablo—, a ti también te llevaban. Tengo la certeza de que gracias al padre que tuve en aquel entonces, aunque no recuerdo todo de él, los chaneques no lograron su objetivo y que, de haber sido diferente, mi destino habría sido otro. Pudieron esclavizarme o robarme el alma para después comerla poco a poco.
Otro dato interesante es que un día, en medio del bosque, apareció una pequeña construcción, era hermosa, iluminada y blanca, parecía una iglesia pequeñita, me atraía tanto. Deseaba entrar, nunca entendí por qué apareció. Se escuchaban niños jugando y quería saber si tú estabas dentro, pero tuve miedo. Yo era muy pequeño. Solo me quedaba jugando cerca de la entrada, hasta que un día ya no hubo risas ni bullicio, entonces supe que ya no tenía sentido buscarte. Ya no estarías por ningún lado. Seguramente creciste y habías dejado de ser interesante para los chaneques. Julita, lo siento, no te pude encontrar.
Han pasado tantos años y decidí buscarte. Esta vez fue más fácil, pues a nuestra edad ya no hay chaneques tras nosotros, ni sueños engañosos. Ahora hay otras formas de resolver misterios como el dinero y los investigadores privados. Sé que sobreviviste a toda la magia de aquel valle morelense, que estás bien y vives en el mismo lugar —esa noticia me alegró—, por lo cual he decido volver en dos semanas, para ser exacto, el día viernes. Supongo que todo ha cambiado, ni las calles ni las casas han de ser las mismas, pero estoy seguro de que el punto más alto del pueblo, sigue siendo el más alto. Te espero allí al medio día, por donde siempre nos reunimos a comer tréboles o amarguitas como solíamos decirles y mirar el valle.
Con cariño
Tu amigo George
P.D: Por favor no esperes ver el mismo rostro, pues de aquel niño sólo quedó una pequeña parte, esa que te tiene en su memoria, la misma que te ha buscado.

Yautepec, Mor. 10 de septiembre del 2021


Estimado George Alberto:
Tenía una fe enorme de que no perderías toda la memoria, aunque por momentos me desanimaba al no saber nada de ti. Has tardado mucho en volver, pero me alegra que al fin lo hicieras. Sí pues, es verdad lo que escribes, yo estaba muy triste tras tu partida y sentía culpabilidad por haber cerrado la puerta. Lo siento, no tenía opción, sabes que eran varias las mometzcopinqui que nos atacaron y una de ellas fue hacia mí —la muy torpe se estrelló en la puerta—, para cuando volví a abrirla tú ya no estabas. Al día siguiente toqué la puerta de tu casa, pero nadie abrió, una semana después ya te estaban enterrando. Mis padres te llevaron al cementerio la flor que corté para ti, a mí no me dejaron ir, dijeron que no me haría bien.
Jorge, te extrañé mucho, los que alguna vez fueron tus padres también lo hicieron. Con el tiempo volvieron a sonreír, ahora se ven felices cuidando de sus nietos, los hijos de tu hermana Blanca, pero no vayas a creer que te olvidaron, pues tu tumba tiene flores frescas constantemente. Sé que a lo mucho tienes una vaga idea de cómo eran o lo que sentías por ellos, no te angusties, es la ausencia de las entidades anímicas de tu pasado, mismas que debimos perder por completo antes de volver a nacer, pero ya sabes que somos necios y nos aferramos a las cosas lindas, por eso es que guardamos memorias.
Con respecto a los chaneques y el bosque me has sorprendido. Así que tú eras el niño latoso que jugaba afuera de la casita —¿por qué era casita, cierto? —. Me alegra que no entraras, era peligroso, por dentro también era blanca y había candelabros. Los chaneques me guiaban hasta ese lugar para jugar con mis hermanos. Me recuerdo corriendo entre los altos pinos en medio de una ligera niebla, en el sueño, mamá me decía que no entrara al bosque, pero no podía obedecerla. No era capaz de resistirme, al igual que tampoco podía no cruzar la puerta blanca de la casita y maravillarme con tanta luz. Fuera de los candelabros no había nada más, ni muñecas, ni rincones donde esconderse. No comprendo porque escuchabas risas y juegos, nunca pasé dentro tiempo suficiente para hacerlo, pues mamá llegaba, nos regañaba y nos sacaba de ese lugar. Entonces el bosque ya no era bello, ahora era oscuro y tenebroso, pero ella siempre tomaba mi mano y me decía: Camina y no voltees al cielo, te quieren llevar, no los mires. Al salir del bosque y llegar a una de las calles del pueblo, ya había anochecido. Mientras seguíamos caminando la curiosidad de la infancia me hacía mirar al cielo, pero no había cielo, ni estrellas o luna; en cambio sí, miles de niños caricaturescos con ropitas de colores, gorros puntiagudos de donde colgaba un pompón y botas igualmente de punta. Similares a esas criaturas a las que les llaman gnomos, aunque mucho más pequeños. Bailaban y me sonreían —me causaban miedo—. Los chaneques cubrían todo el espacio aéreo, al volver la vista sobre el camino ya nada era igual. La angustia se apoderaba de mí y me sentía sin rumbo. No importaba a donde volteara, lo ocupaban todo, ya solo podía verlos a ellos, pero mamá nunca me soltó y siempre al día siguiente despertaba en la seguridad mi cama con la habitación oliendo a pan y café.
George, si lo que acabo de contarte te parece una pesadilla escalofriante para una niña, lo siguiente es peor: no imaginas el terror que se siente cuando un día descubres que los chaneques ya han estado a punto de lograr su objetivo. Me sentía vulnerable, no quería que me llevaran.
Una ocasión cuando la habitación olía a pan y café me apresuré a buscar a mamá, y sí, ahí estaba, en la cocina meneando la comida con su cuchara de guaje. Parecía una mañana normal, el desayuno estaba casi listo, pero su mirada era distinta. Inquieta.
—¿A dónde ibas anoche? —me preguntó mirándome mientras inspeccionaba mi rostro.
— ¿Yo?, ¡a ningún lado!, ¿por qué? —le respondí.
—¿No lo recuerdas?, tomaste las llaves de la entrada y estuviste a punto de salirte —contestó.
La expresión de mi rostro bastó para dejar claro que no recordaba nada. Seguimos conversando y supe que esa situación ya había pasado más de una vez. Me habían encontrado con la llave en la cerradura, se acercaban lento y me separaban de la puerta para después llevarme de regreso a mi cama. Esos episodios coincidían con los días de sueños en el bosque —sentí pavor—, dijeron que tenía sonambulismo, pero más bien era chanequismo. A partir de ese día mamá escondía las llaves, hasta que terminó por quedarse todas las noches en la mecedora cerca de la puerta. Ya no era tan sencillo, se hizo constante, todos los días. No quería dormir, contaba mis dedos una y otra vez para que el sueño no me venciera, pero apenas era una niña que en cuestión de minutos ya había cerrado los ojos.
La mejor decisión fue dormir con mi hermana. Antes de dormir, planeábamos cómo evitar que siguiera levantándome. Pusimos a prueba que yo durmiera del lado de la cama que daba a la pared, envolvernos en cobijas o que sus piernas me abrazaran, pero nada funcionaba. Un día me propuso amarrarme —ya imaginarás las risas—. Buscamos unos vendajes viejos que mis padres guardaban, tomó uno y colocó un extremo a mi tobillo, muchos nudos después se fue al otro extremo y lo amarró al tubular de la cama, e hizo lo mismo con uno de mis brazos. En la madrugada un fuerte golpe me despertó, estaba en el suelo asustada a un costado de la cama. Había tratado de levantarme, pero el vendaje en mi pierna me hizo caer. Esa fue la última vez que fui sonámbula y también la última que vi a los chaneques. Aún sigo agradecida con mi hermana Dai por su gran idea.
George Albert, sé que estás riendo al leer esto —yo lo haría—. Seguro te habría gustado ver esa caída. Sabes que la magia existe y que hay curas inesperadas para todos los males, algunas se resuelven con encantamientos y otras con creatividad.
Si pues, en dos semanas, viernes al mediodía, en lo más alto del pueblo, donde ahora es un mirador en el que puedes sentarte a seguir viendo el valle con sus carreteras que van de un municipio a otro, los cerros de tezontle tajados y el cañón sin coyotes, estaré esperando. Yo llevo las amarguitas.
Con mucho amor
Julita
P.D. Estaré esperando aquel jalón de trenza que quedó pendiente, ¡George!

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