Reflejos ocultos

—Bailaste con Ariana —se dijo Arturo mientras se miraba al espejo de su baño, es lo último que recordaba de aquella noche. Sentía un fuerte dolor de cabeza, seguro había sido un jueves como cualquier otro, algunos tragos y diversión con sus amigos. Mareado y desconcertado bajó las escaleras, todo estaba desierto. Quiso ver su reloj, pero no lo traía puesto, no recordaba habérselo quitado. Regresó a su cuarto y este no estaba, tampoco su teléfono, así que miró el reloj de su mesa de noche—las 11:23, mamá debería estar aquí todavía… ¿y mi teléfono? —. No se dio cuenta de que la cama estaba perfectamente tendida, como si nadie hubiera dormido ahí la noche anterior. Revolvió las sábanas de manera desordenada buscando el aparato. —¿Lo perdí anoche?… ¡me lleva! —bajó de nuevo las escaleras, buscó en la entrada, en la cocina, pero no había señales ni de su madre ni del dispositivo.

De pronto, algo captó su atención, la vitrina del comedor estaba cubierta con una sábana. La destapó y la vitrina estaba justo como siempre, con copas, platos y vasos reflejando la silueta de Arturo. Observó por unos segundos los estantes, hizo un gesto de indiferencia y dejó la sábana sobre la mesa del comedor.


—Voy a desayunar y ya ahorita veo qué onda —no quiso esforzarse mucho en pensar qué preparar, así que echó un par de huevos al sartén, se sirvió jugo de naranja y café, se sentó en la barra frente al televisor de la cocina. Pero no se había fijado que este también estaba cubierto. Se levantó y le quitó el mantel de encima al televisor. Una vez más, solo su silueta se presentaba en el reflejo del cristal de la pantalla. Volteó para buscar el control y su desayuno ya no estaba, como si no hubiera colocado nada. Miró hacia la estufa y todo estaba normal, como si no hubiera tomado nada. Incluso al abrir el refrigerador notó que los huevos que había cocinado seguían en el mismo lugar, y la botella del jugo estaba en el mismo nivel que antes de que se sirviera. Todo lo que había tomado estaba en su lugar.

Arturo no entendía que pasaba, se dirigió al baño de la planta baja y se echó agua en la cara. Cuando abrió los ojos se dio cuenta de que el espejo del baño tenía una toalla encima. Al quitarla, unas voces en eco retumbaron en las paredes del baño – Santa María… ruega por el – una luz brillante lo cegó por unos instantes. Después del aturdimiento notó que se hallaba de nuevo en el baño de su cuarto. Miró a su alrededor tratando de entender lo que acababa de pasar, incluso llegó a pensar que lo había soñado. Confundido, volvió a la cocina, tomó otra vez los huevos y el jugo, cocinó, se sentó de nuevo en la barra, pero la televisión tenía encima el mismo mantel que se suponía acababa de quitar. Se levantó, lo quitó de nuevo y su reflejo volvía a mirarlo. Se asomó a la sala:


—¿Mamá… estás aquí?… ¿Papá…? —.

El silencio reinaba en la casa. Se dio la vuelta a la barra – Espejo de justicia… ruega por él – una nueva luz surgió de la habitación. Esta vez cerró los ojos. Al abrirlos, había vuelto al baño de su cuarto. Corrió escaleras abajo hacia la cocina, se paró frente a la barra. Su desayuno desapareció de nuevo y el mantel volvió a su posición original sobre el televisor. Arturo corrió al refrigerador, lo abrió y ahí se encontraban otra vez los huevos y el jugo, como si jamás los hubiera tocado.


—¿Qué carajo está pasando? —se preguntó con un tono que mostraba enojo y angustia.

Corrió hacia la escalera, pero observó que la vitrina del comedor estaba cubierta de nuevo con la sábana, justo como el televisor de la cocina, como si nadie la hubiera tocado. Se dirigió de prisa a su recámara. Al entrar, observó con asombro que su cama estaba perfectamente tendida.


—Pero si yo la destendí, estaba buscando mi teléfono—. Miró el reloj de la mesa de noche, las 11:23.
—No puede ser posible—.

Pero había algo en lo que Arturo no había reparado. Al observar a detalle el reloj, vio que la luz de AM estaba apagada, lo que significaba que la hora indicada no eran las 11:23 de la mañana, sino de la noche. Al notar esto, intento modificar la hora, pero sin importar que tan fuerte presionara los botones, el reloj permanecía igual, lo desconectó, pero las 11:23 de la noche continuaban indicadas. Confundido, salió a recorrer el resto de las habitaciones de la casa. Absolutamente todas las superficies que tuvieran cristal o algún espejo estaban cubiertas con sábanas, toallas o manteles. En un arrebato de desesperación, Arturo corrió descubriendo y quitando todas las telas que se encontró en la casa y justo cuando estaba retirando la de la vitrina de la cocina – Reina de los Patriarcas… Ruega por el… – las voces volvieron a sonar y la luz apareció de nuevo regresándolo a su punto de inicio.

Salió de su habitación, y las telas estaban de nuevo en su lugar.


—¿Qué está pasando?… Tranquilízate, piensa… ¿Qué pasó anoche?… – por más que se esforzaba, lo único que le llegaba a la mente es que había salido con sus amigos, que bebió lo que consideraba cotidiano y lo último que estaba en su mente es que había bailado con Ariana, pero no recordaba como salió del antro, el trayecto de regreso a casa o cuando se fue a dormir – ¿Qué fue lo primero que hiciste hoy? — Arturo pensó muy profundamente, pero no tenía recuerdos de haberse levantado de la cama. Lo único que recordaba era verse en el espejo de su baño —Un momento, el espejo de mi baño…—.

Arturo corrió hacia su recámara. La cama continuaba tendida y el reloj conectado indicando las 11:23 de la noche. Abrió la puerta del baño, todo se veía normal, su espejo, el vaso donde guardaba su cepillo de dientes y una toalla tirada junto al lavabo. Pero su espejo, era el único de la casa que no estaba cubierto, la única superficie reflejante que no tenía nada encima. —¿Qué pasa aquí? — Arturo se observó fijamente en el espejo. Parecía que tenía un moretón en la frente, una cortada en el labio cubierta con maquillaje. Ni siquiera se había fijado en que llevaba puesto su saco azul marino favorito, una camisa blanca, una corbata con el nudo bien hecho, unos jeans azules y sus mejores zapatos. —¿En qué momento me vestí?… – Santa María… ruega por él, San Miguel Arcángel… ruega por él—.

—¿Qué es eso? — Las voces resonaban en las paredes del baño con más fuerza que antes. Arturo salió corriendo, bajó las escaleras a grandes zancadas, brincando dos o tres escalones en cada una. Se asomó por la ventana y su carro no estaba.
—¿Qué pasó? —. Arturo volvió al baño de la planta baja, descubrió el espejo, la misma silueta lacerada que observó en su baño, se presentaba frente a el -Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo… perdónalo señor… – Las voces sonaron aún más fuerte y la luz apareció de nuevo de una forma más intensa, Arturo no comprendía que estaba sucediendo – ¡NOOO! – gritó y la luz se extinguió de nuevo… – Bailaste con Ariana —se dijo Arturo mientras se miraba al espejo de su baño, es lo último que recordaba de aquella noche…

El cuerpo de Arturo yacía frío dentro de aquel féretro. Su lesionado rostro, aunque inerte, no proyectaba la paz que suelen tener otros cuerpos. Mientras los deudos rezaban el Santo Rosario para pedir por su descanso, la abuela se dirigió a los padres.

—¿Cómo están?

—Bien, mamá, muchas gracias —respondió la madre.

—Ay, mi niño, tan joven… Que Dios lo tenga en su santa gloria…

La noche anterior, Arturo había salido de fiesta con sus amigos, bebió, bailo con una chica que le gustaba y al salir a buscar otro lugar para seguir divirtiéndose, se estrelló contra otro carro. A las 11:23 de la noche, su corazón colapso, solo unos instantes después del impacto.

—¿Ya vieron lo del sepulcro? —preguntó la abuela.

—Sí, mamá, ya quedó arreglado, va a estar junto a mi papá.

—Qué bueno, yo ya hablé con la funeraria para lo de la carrosa, solo faltaba que les confirmáramos a donde.

—Gracias.

—¿Se aseguraron de tapar todos los espejos y lo de cristal de la casa, cierto?

—Sí, mamá, lo hicimos.

El padre de Arturo preguntó:

—Suegra, ¿por qué es necesario hacer eso?

La abuela respondió:

—Porque si no, el alma puede ver su reflejo y confundirse. Puede pensar que sigue viva y quedará penando en el plano mortal para siempre…

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