No era de él

Lo que caracterizaba a Santiago era su asombrosa habilidad de interesarse en nada; un mal bastante común en los jóvenes de su generación. Se jactaba de ser inmune a cualquier estímulo externo y, su mente, fantaseaba de vez en vez con el morboso pensamiento de aquel día en que sucediera algo tan fuerte, que le pudiera sacudir su letargo y obligarlo a accionar. Hasta que ese día lo alcanzó.
Como cualquier otro día, abrió sus redes sociales por pura inercia según le dictara su adicción y, fue así, que se encontró cara a cara con aquella fotografía viralizada que tapizaba los muros de todas las cuentas, imposible de ocultar por el sistema hegemónico genocida. Galardonada con el codiciado premio Pulitzer, la imagen reflejaba la impactante realidad del país: el presidente que intentaba ingresar al vehículo oficial blindado y su camino lo interrumpía un hombre hincado a sus pies sometido con destreza por la guardia presidencial, con la camisa rota, abundantes manchas de sangre por sus brazos, manos y toda su ropa en tonos rojos que contrastaban con la luz haciendo un encuadre perfecto para el lente de esa cámara. Dicen, que la verdadera magia del artista sucede en lo que te provoca su obra mientras la contemplas, pero al mirar con detalle y plena atención el rostro sucio del hombre hincado con su mirada que transmitía furia, dolor y sufrimiento, sintió esa realidad difícil de tragar.
La imagen le ofreció a Santiago un breve momento de iluminación y lucidez, la visión clara para apreciar un surrealista mundo: Un individuo frío y ajeno con investidura de presidente, pero no era de él, esa investidura le pertenecía a un grupo de poderosos que movieron las piezas del ajedrez para colocarlo ahí por medio de fraudes y discursos vacíos. El auto blindado, cada escolta y, hasta su traje, no era de él, le pertenecía a la misma gente que le juró acabar con el mal que azotaba la Nación cuando tomó el poder, pero sus impuestos terminaron (como siempre) solapando despilfarros faraónicos en una “guerra” sin sentido. Como si los pudiera sentir a flor de piel, conectó con los sentimientos de furia y dolor de aquel hombre hincado y entendió, que no eran solo de él, esos sentimientos eran también de todo un pueblo cansado de hombres líderes incompetentes y corruptos, que fácilmente llaman a una guerra que ellos no pelearán. Pero el verdadero dolor que lo transformó todo en sufrimiento fue, por primera vez en la corta vida de Santiago, sentir la herida abierta de esta pesada realidad de un exterminio más, llevado acabo en la vergonzosa historia de nuestra existencia, cobrando la vida de muchas hermanas y hermanos. Aquella sangre que delineaba la mancha sobre la camisa del hombre en la fotografía, no era de él, era de Hakim, su hijo de 6 años que murió en sus brazos a causa de una certera bomba que quebró el edificio y los sueños de muchas personas más.
Santiago no pudo con tanto dolor para asimilar e impulsivamente reventó el celular contra la pared de su cuarto cuando la rabia lo dominó; y coincidió, que mientras el aparato estallaba en cientos de fragmentos por todos lados al azar, los muros de su casa se cimbraban al compás de la tierra en estímulo de un estruendoso impacto a lo lejos, como anuncio a la triunfante entrada del Apocalipsis. Su instinto lo hizo correr a la ventana en busca de alguna respuesta lógica a tan extraño evento, solo para descubrir que la implacable realidad del hongo de la muerte llamaba a su puerta también. En esa fracción de segundo, antes de caer el telón en el cierre de su existencia, Santiago cuestionó a su Dios con el mismo tono como se hace ante una injusticia de la vida: ¿por qué?, si esa guerra, no era de él.

Dedicado a las víctimas del Genocidio del Estado de Israel contra el pueblo de Palestina.

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