Norberto

I

Estoy aprendiendo

a despedirme,

dejar lo que es mío.

 Empiezo a reconocerme

en la memoria que jamás obtuve.

A veces

dialogar asfixia.

II

Vienes a verme

abres la cortina de mi cuarto

para cerciorarte que esté despierto.

La fiebre no cede y en mi delirio

imagino palabras como nube, mariposa o vals.

Te esfuerzas por reconocer cada síntoma

cada aparición anormal en mi cuerpo.

Tú, Delfina, no sabes cómo 

destejer lo imbricado de esta enfermedad.

Si yo hablara, quisiera ser como tú:

un poco más experto, un poco menos torpe.

Si yo hablara, quisiera decirte que si me alejo

es para que tejas tu hartazgo fácilmente.

Sin embargo, ya lo sabes.

III

Te escucho platicar con el médico.

Aún tienes dudas de esta enfermedad: 

Un aneurisma cerebral es una protuberancia

o dilatación en un vaso sanguíneo en el cerebro, dice.

En ocasiones, tiene el aspecto de una cereza que cuelga de un tallo.

este tipo de accidente cerebrovascular 

se denomina: «hemorragia subaracnoidea». 

Tú no sabes qué es, ni entiendes 

qué tipo de mal atraviesa este cuerpo.

Es difícil explicarlo a las niñas de la casa

pero la palabra aneurisma les atrae y la repiten 

como si fuera una fruta deliciosa.

Es difícil todo en la mudez

uno no desea soliloquios 

y con su silencio lo pide.

IV

A veces, te observo desvestir

y escucho quejarte quedito.

Es entonces cuando más quisiera

decirte que te acuestes a mi lado.

Dormir contigo es navegar con viento propicio.

A veces, quizá por tu fe

esta enfermedad duele menos.

A pesar de todo

no invento posibilidades

porque ya existían antes

y nada es igual.

Hoy sé que soy otro

el que nunca pensé

el que yo nunca pedí.

V

Cuando escucho a las nietas jugar

correr y gritar por la casa, yo

como ellas, intento deletrear el mundo.

Sé que mi esfuerzo es vano

en este fragmentado lenguaje.

En la impotencia de mi lengua

es preferible la carcajada de ellas

ante mis torpes intentos.

VI

Quiero recordarte así:

rodeada de árboles de cacao

espantando hojas amarillas de mango

haciendo montoncitos aquí y allá

para encenderlas al final de la tarde.

No quiero que te hartes de este silencio

que olvides nuestras tardes de octubre

nuestra celebración el seis de junio…

no quiero que te hartes de mí.

VII

Un pájaro llora sobre el almendro, afuera.

Si te retiro la mirada no es por falta de amor:

no soy más el hombre que amas

no soy más el padre de tus hijos

no soy más el abuelo de tus nietas.

Estás cansada de llevarme a cuestas todos los días.

Quiero darte tranquilidad cuando me vaya.

Quiero que la brisa no te toque

que el viento no traiga tormentas a tu isla.

He aprendido que una sonrisa

es la vereda que nos retorna al hogar.

Cada sonido que yo intente

como este canto de pájaro

caerá al abismo, inevitablemente.

VIII

El mar siempre te dio la tranquilidad del sueño.

Delfina, quiero que aprendas de todo esto:

la verdadera forma de amar

es la que tus labios intentan descubrir

en la nulidad de mis palabras.

Procuras la sonrisa como buscando el faro

pero te distraes en observar mi naufragio.

Yo, que sé de tus mares,

veo el hartazgo en el reflejo

de tu verdadero rostro.

No te esfuerces más en esperarme.

IX

Ausencia:

cereza que cuelga de un tallo.

Nada que pueda decirnos

aunque nos susurre al oído

el dolor que en el silencio se refugia.

Aneurisma:

No es más que silencio.

X

(Una pausa)

Para comprender la historia de las lágrimas

es necesaria la soledad.

Para comprender a diario la tristeza

es necesaria la mudez del tacto

de quien amas.

 (Un paréntesis)

No es necesaria la muerte

para sentir una ausencia.

Se dice que quizá lloramos

cuando el lenguaje fracasa.

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