Un sombrero imponderable

Tenía dieciséis años cuando mi padre me regaló un sombrero. No, no fue a los dieciséis, fue poco después de la fiesta de mis XV años. Era un sombrero beige, de ala corta, con su cinta café oscuro. Quizá me lo regaló para que mis cabellos brunos y rebeldes quedaran resguardados bajo el ala de un hermoso sombrero.

Tenía el cabello largo, abundante, flexible, en una mata oscura que me llegaba a la cintura. Antes de tener el sombrero lo llevaba suelto al desgaire, bruñido por el sol de verano, con su desbordante juventud y ese aire de sensualidadcon el que enmarcaba mi rostro. Mi cabello largo era un sello distintivo de mi personalidad, junto con mis pantalones acampanados, mis blusas floreadas y mis zapatos de gamuza, muy al estilo hippie. Lo tuve largo durante mi adolescencia, lo corté años después, cuando estaba en la universidad.

Empecé a peinar mi cabello en una cola de caballo. Muy estirado. Quería lucir el sombrero.Quizá me veía ridícula llevando a todas partes mi sombrero. No me importaba si no combinaba con la ropa que me ponía. No quería quitármelo ni para dormir. Por las noches lo colocaba sobre la mesita de noche, a un lado de mi cama. Incluso lo llevé cuando fuimos a la playa, en ese viaje tan divertido, a pesar de que el aire travieso, con sus largos brazos me lo arrebataba a cada rato.

Mi madre, que era una dama del buen vestir, empezó a insinuarme que tal vez sería bueno tener un par de sombreros, para así combinarlos con mi ropa de acuerdo con la ocasión. Cierto día me pidió que la acompañara al centro, tenía que hacer unas compras. Accedí gustosa, ir de «tiendas» era toda una aventura. Visitamos varios establecimientos, y sin darme cuenta, me llevó a una sombrerería. Había montones de sombreros, de todos tipos y tamaños. Empecé a probármelos, la señorita muy amable, me traía todos los que yo le señalaba.

Mi madre con una sonrisa complacida esperaba que al menos me llevara dos o tres. Yo me los ponía, modelaba frente al espejo, hacía algún comentario como: «este está muy grande, no me gusta en este color, me gustaría que tuviera el ala un poco más levantada». Los sombreros empezaron a amontonarse sobre las sillas, en el mostrador, hasta en el suelo había sombreros.

La dependienta trajo uno, color beige, con una cinta café oscuro que tenía un minúsculo colibrí pintado por el fino pincel de un pintor anónimo. Me agradó mucho. Me lo probé, pero me quedaba demasiado grande, se me encajaba hasta por debajo de las orejas. Con una sonrisa triste, casi al borde del llanto, la dependienta me dijo que era talla única.

Mi madre me mirabacon una mirada de desesperación, la paciencia no era una de sus virtudes. Del montón de sombreros esparcidos por toda la tienda, por fin encontré uno que me gustaba. Me paré frente al espejo, me lo puse y me quedó perfecto.

—¡Me llevo este! —dije con aire triunfal.

Mi madre y la dependienta estallaron en carcajadas al ver elsombrero. Había escogido mi propio sombrero. El que traía puesto cuando entre a la tienda. Con un suspiro de resignación, mi madre le dio las gracias a la señorita y salimos del establecimiento sin comprar nada.

¿Cuánto tiempo seguiría usando el sombrero? No lo sabía. En algún momento quedó olvidado en un rincón del closet, y nunca volví a utilizarlo. Jamásen mi vida volví a usar sombrero, jamás.

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