Paradas

No temo perder el camión. Le temo a subir al que no era.

Todos dicen que eso no pasa. Que siempre revisas el número. El color. La ruta.

La costumbre es un piloto automático con uniforme.

Las paradas de noche son acuarios sin peces. Solo reflejos y gente que evita mirarse.

Hay rutas peores que la equivocada:

La que va demasiado vacía

La que no se detiene en los semáforos

La que no hace ruido de motor

La que nadie pide parada

La que no tiene conductor visible

Nadie sospecha del transporte puntual. El que llega exacto. El que abre la puerta antes de que levantes la mano.

Subes por inercia. Pagas. No hay cambio, no hay boleto, no hay queja.

Las ventanas muestran calles que no reconoces, pero decides culpar a las obras, a los desvíos, al progreso que siempre estorba.

Intentas bajar. El botón no responde.

Toses para llamar la atención. Nadie voltea.

Hablas. Tu voz suena como si viajara en otro vehículo.

Al final te relajas. Total, toda ruta lleva a algún lugar.

Cuando por fin se abren las puertas, ves tu propia parada.

Con gente esperando.

Y tú estás entre ellos, mirando subir al pasajero que acabas de ser.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *