Olvido

Desde que tengo uso de razón, ese cuadro siempre ha estado ahí. Sé que me observa. Puedo sentir su mirada fría. Me sigue. Es incómodo. Mi mente se ha vuelto su esclava.
Inmortalizada por pinceles expertos, la bella mujer oculta verdades, melancolías y recuerdos que no logro descifrar. Nuestras arrugas no pueden compararse y la envidia me corroe. Ella tiene la ventaja de seguir atrapada en el tiempo. Su delicado cuerpo, cubierto en finas ropas yace sobre el césped, recargada en un árbol. Aunque hay una infinita paz en su rostro, me agobia.
—¿Quién te dejó aquí?
A veces creo escucharla. No son palabras, prostituye mi imaginación.
He perdido la capacidad para crear. Ella es la culpable, me robó el talento, la inspiración, la vida. ¿Por qué me castiga de esta manera?
Hoy en día mis torpes dedos trazan líneas simples, sin sentido ni emoción. Amontonan colores y plasman rostros amorfos. Los tonos se resisten, las proporciones se deforman bajo mis dedos. El mundo parece inclinarse, lo suficiente para que nada encaje. El lienzo sigue vacío desde hace meses; los pinceles parecen estar hechos de lava, calcinan mi piel.
—A veces pienso que deberíamos cambiar de lugar.
Callo.
—He imaginado romperte…
—El fuego.
Me petrifico.
—Desde que él murió, te quedaste conmigo.
No duermo. No tengo hambre.
—Cierro los ojos y sigues ahí.
Pausa.
—Dime quién eres.
El silencio se alarga.
—¡Devuélveme la vida!
Mis manos tiemblan al descolgarlo. La cocina se inunda en luz. Enciendo la estufa.
—¡Hoy termina!
—¿Segura?
Esa voz no viene de su boca. Tampoco de la mía.
El lienzo cruje. Algo se abre paso entre el humo: bocetos, un nombre, una ausencia.
Las cenizas flotan.
El cuadro ya no está. Yo sí; recuerdo el peso de las brochas, mis manos manchadas de pintura.
Fue una noche de abril. Calurosa, estrellada.
—¿Ahora?
No contesto. No hace falta.

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