El autobús número 13 se detuvo en seco, con ese chirrido metálico de balatas desgastadas que siempre hacía temblar los nervios y los huesos. Eran pasadas las ocho de la noche, y la lluvia caía con pereza sobre la ciudad, formando charcos que devolvían luces naranjas y blancas de los automóviles y letreros de neón. Valeria subió a toda prisa, con el paraguas goteando sobre sus zapatos gastados, y se sentó cerca de la mitad, junto a la ventana.
Era una rutina que ella conocía bastante bien, tras cerca de diez años trabajando en el mismo lugar y abordando el mismo autobús viejo, con el mismo conductor taciturno con cara de borracho medio dormido. Algunos de los pasajeros eran habituales, aunque siempre resultaba agradable encontrar un nuevo rostro y preguntarse hacia dónde se dirigiría o si simplemente había tomado el autobús equivocado.
Aquella noche no había mucha gente: una anciana dormida, que siempre debía ser despertaba por el conductor cinco cuadras más adelante; un joven con audífonos, que de vez en cuando tocaba una batería de aire; una pareja abrazada que, según recordaba, se había conocido en ese mismo autobús; y un pasajero nuevo, que parecía ser una madre con un bulto en los brazos, un bebé seguramente, envuelto por una manta oscura que impedía ver su rostro. El viejo cachivache olía a humedad, plástico y perfume barato. Valeria apoyó la frente contra el vidrio empañado, cansada, y por un momento se dejó llevar por el lento andar del trayecto, hasta que la sintió. Esa mirada.
Levantó los ojos.
Dos esferas brillaban desde el asiento delantero, pequeñas, redondas, luminosas como linternas detrás de un cristal. La observaban con una ternura que casi dolía. No había deseo, ni morbo, ni violencia —solo una pureza desconcertante, como la de un niño que ve el mundo por primera vez.
Valeria sonrió, y la mirada le devolvió el gesto.
Sintió cómo algo en su pecho se aflojaba, un hilo que la mantenía tensa desde hacía semanas y en su interior brotaba algo que pensaba había olvidado mucho tiempo atrás: paz. Rio, sin saber por qué. Era una risa suave, sincera, de alivio; como la de alguien que recibe un halago y no sabe qué responder. Esa mirada la hacía sentirse viva.
El corazón le latía rápido. Podía jurar que la piel de sus brazos se erizaba, no por miedo, sino por una especie de conexión inexplicable, antigua, primitiva. No recordaba la última vez que había sentido una emoción así. Cuando conoció a su exnovio, ¿quizás?
—Qué ojos tan bonitos —susurró.
El bulto en brazos de la mujer del asiento delantero se movió un poco, intentando liberarse de la manta y Valeria creyó ver una cabecita asomarse. No distinguió bien el rostro a causa de la mala iluminación del autobús, solo los ojos, tan redondos, tan brillantes, tan llenos de… curiosidad. Sí, eso era. Curiosidad.
La mujer frente a ella ladeó un poco la cabeza y le sonrió por encima del hombro, como si supiera que la miraban. Valeria bajó la vista un instante, avergonzada de coquetear con el bebé de una extraña, y cuando volvió a mirar, los ojos seguían allí. Inalterables. Hipnóticos. Penetrantes. Parecían verla desnuda, escudriñarle el alma.
Pasaron varios minutos, o quizá una eternidad. El autobús avanzaba por su ruta habitual, entre calles desiertas y gente que subía y bajaba sin percatarse de la extraña conexión entre Valeria y aquel niño especial. Las luces del camino se reflejaban en los cristales, deformando el mundo en el exterior y transformándolo en sombras líquidas, como si el mundo real se encontrara en el interior del autobús y el exterior fuera una dimensión completamente diferente. Valeria no podía dejar de mirar esos ojos y tampoco quería dejar de hacerlo.
Sin embargo, como quien se da cuenta de un sueño lucido, se percató de que aquellos ojos… no parpadeaban. No pestañeaban nunca y solo la miraban a ella.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Pero al mismo tiempo, una extraña calidez le subía desde el estómago, como si alguien le soplara aire tibio desde dentro y la abrazara con cariño. Todo se mezclaba en su interior: miedo y ternura, deseo y repulsión, paz y vértigo. Quería correr y tomar a ese ser en brazos, quedárselo para sí misma y contemplarlo con locura, pero también quería vomitar y salir huyendo para dejar de ser observada.
De repente, la mujer, madre del niño, se levantó despacio de su asiento y presionó el timbre de parada.
—Aquí bajamos —dijo al conductor.
El autobús se detuvo con un resoplido fatigoso. La mujer se acomodó el bulto en brazos, y Valeria la siguió con la mirada, aún en trance. No se dio cuenta de que debió haber bajado siete cuadras atrás. El bulto comenzó a retorcerse una y otra vez, y entonces lo vio con claridad, cuando la cabeza asomó de la manta: era un pequeño cachorro negro.
Valeria parpadeó, desconcertada.
—¿Un perro…? —murmuró para sí, sin poder identificar la raza.
La dueña bajó por los escalones, protegiendo al animal del viento frío y la lluvia, como si de un bebé humano se tratase. Pero justo antes de salir, el cachorro giró la cabeza hacia Valeria.
Y entonces ocurrió. El cachorro le guiñó un ojo.
Fue un guiño humano, consciente, deliberado. Acto seguido, una comisura del hocico se alzó en una sonrisa retorcida, grotesca, demasiado amplia para un ser tan pequeño. Por un instante, sus ojos —ya no tan dulces, ni tan puros— parecieron llenarse de un brillo amarillento, profundo, insondable y demoniaco.
Valeria se llevó las palmas a la boca y contuvo el grito. El cachorro la observó un segundo más y luego escondió el rostro bajo la manta. El autobús volvió a arrancar. La lluvia caía más fuerte ahora, golpeando el techo como uñas.
Valeria permaneció inmóvil, con la mano temblando sobre el vidrio empañado, mientras el recuerdo de esa sonrisa le carcomía el alma y la imagen se impregnaba en su memoria.
Cuando por fin volvió a mirar hacia la calle, la mujer y el cachorro ya no estaban. Respiró profundo y trató de tranquilizarse. Pero, al cerrar los ojos para intentar borrar de su mente lo sucedido, aquellos ojos maliciosos aparecieron detrás de sus párpados y seguían devolviéndole la mirada.

Gerardo Ismael Lugo Brito nació el 13 de noviembre de 1993 en San Francisco de Campeche. Es Maestro en Apreciación y Creación Literaria por el Instituto de Estudios Universitarios (IEU) de Puebla y Licenciado en Literatura por la Universidad Autónoma de Campeche. Actualmente se desempeña como docente en la preparatoria Dr. Nazario Víctor Montejo Godoy de la Universidad Autónoma de Campeche. Es escritor de cuento y novela: 2018 libro de cuentos “Plumas de Cuervo”, por Ediciones Alféizar. España. 2020 premio estatal de cuento Nazario Víctor Montejo Godoy. Universidad Autónoma de Campeche. 2020 antología “Haikus desde Casa”, por el Grupo de Trabajo de Discapacidad e Inclusión Social de la Federación Latinoamericana y del Caribe de Asociaciones de Ex-Becarios de Japón (FELACBEJA). Argentina. 2021 antología “Lugares Imaginarios”. Editorial Pluma Digital. Chile.2021 libro de cuentos “Donde duermen las sombras”. Amazon. EUA. 2022 finalista de concurso en la antología “Secretos en el sótano”. Gold Editorial. Colombia. 2023 antología “Implacable”. Escritores Noveles. Colombia. 2023 novela Los Hijos del Mar: Naufragio, por el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA). 2024 antología “Sentencia de Sangre”. Gold Editorial. Colombia. 2024 revista literaria Alborismos No. 16. Venezuela. 2024 libro de cuentos “Cuando el Velo Cae”. Amazon. EUA.
