Expulsión

Había una vez un angelito chaquetero.

Su deber era cuidar a un escuincle de 10 años que ya a su corta edad era un gandalla, un ojete. Pero el angelito nunca cumplía con su misión porque cuando no se la estaba jalando o acariciando, estaba pensando en hacerlo. Su pito estaba colorado de tantas chaquetas pero ni así se estaba en paz. Sufría mucho porque su mayor anhelo era que alguien le chupara su pinguita y nadie le hacía el favor. Un día, después de pensarlo mucho, se atrevió a pedírselo al niño mala onda y lo único que obtuvo fue un madrazo que le dejó el ojo morado por varios días.

¡Pobrecito del angelito chaquetero! Ya resignado intentaba chuparse su pirrín él mismo, pero por más esfuerzo que hacía no se lo alcanzaba. El niño iba a la escuela sin su ángel de la guarda, lo dejaba frotándose su tripita. Cuando gandallín regresaba el angelito continuaba en lo mismo, y todo el día el niño entraba y salía de su cuarto y de su casa y su angelito seguía sin descanso. Tal vez por eso el niño era tan mala onda. El angelito no lo cuidaba, ni lo regañaba, ni lo aconsejaba como se le había encomendado. “Ya déjate ahí, con tanta chaqueta vas a quedar pendejo”, le decía el chaval y parecía que le hubieran dicho que se la jalara más fuerte.

¡Pobrecito del angelito chaquetero! Era su vicio y nada podía hacer. Día y noche no hacía más que chaquetear y chaquetear. Un día Dios lo mandó llamar. No sin preocupación el pequeño ángel acudió al reino celestial. El Altísimo le dijo que si continuaba así y que si no cuidaba al niño gandallín, lo mandaría a la chingada (al angelito chaquetero, no al niño gandallín, por supuesto). Pero tan grande era su vicio que mientras Dios lo reprendía, continuaba chaqueteando, y se aguantaba la pena por tener su pito tan chiquito pues pensaba que Dios por ser Dios tendría un pitotote, pero sus ganas eran más fuertes que cualquier pudor.

¡Pobrecito del angelito chaquetero! Realmente lo intentó, se esforzó por interesarse en los asuntos del chamaco. Lo comenzó a acompañar a la escuela pero fue terrible, el mocoso mal portado lo buscaba cuando se le perdía de vista y el angelito estaba debajo del escritorio de la maestra haciendo lo único que sabía hacer. Y los demás niños y ángeles de la guarda se reían hasta las lágrimas. Ni cien mil patadas consiguieron hacerlo reflexionar. No había poder que hiciera que el angelito de la guarda dejara de ser un angelito chaquetero. Finalmente gandallín se acostumbró, así, mientras él jugaba fútbol o canicas o carritos, el angelito a pocos metros se frotaba su cosita.

¡Pobrecito del angelito chaquetero! Ya Dios se lo había advertido, o dejaba de chaquetear o lo mandaría a la fregada. Pero era más fácil que el niño gandallín dejara de ser un niño gandallín que el angelito chaquetero dejara de ser un angelito chaquetero. Diosito cumplió su amenaza de castigarlo porque Diosito siempre cumple sus amenazas de castigo. Las súplicas del angelito no se hicieron esperar. Pero nada pudo conmover al Creador. Lo mandó a la Luna y desde entonces está ahí, sentado en completa soledad haciéndose una eterna chaqueta.

¡Pobrecito del angelito chaquetero! Se la restriega sin descanso mirando tristemente al lugar de donde fue expulsado. El muchacho tiene un nuevo protector y de chaquetín ya ni se acuerda. Chaquetín a veces piensa en gandallín y hasta lo extraña. En ocasiones llora de pensar que estando en la Luna nadie le chupará su chilito. Los astronautas que a veces van ya no lo pelan ni se la pelan. Me imagino la tristeza que ha de sentir de estar solo allá en nuestro satélite natural, mirando nostálgicamente a la Tierra mientras se frota su pollita.

¡Pobrecito del angelito chaquetero!

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