Error de cálculo

Mucho antes de que aconteciera esa tarde de febrero, con lluvia y sentimientos predestinados, Julián Célleri estaba convencido de que los silencios de su mujer eran motivados por el cansancio de 8 horas de darle a la lengua explicando -no siempre ante un auditorio recíproco- la inmortalidad de César Vallejo y Octavio Paz.

Pero esa tarde en que parecía llover por lo que no había llovido en todo el invierno, una señal en el cuello de su esposa disipó toda duda respecto a la teoría de los silencios prolongados. La alcanzó a ver de reojo, todo lo que la luz egoísta del atardecer se lo permitió. ¿Sería la huella de un beso demasiado intenso? ¿O algún insecto invernal que se ocupó de su piel a media noche? No le preguntó nada porque pensó que, otra vez, se quedaría en silencio. Ella tampoco hizo nada por disimularlo.

Julián Célleri, oficial de policía jubilado, tras sentir que el destino le había cambiado algunas cosas sin consultarte nada, salió a la calle sin darle en la frente el acostumbrado beso a su mujer. La dejó alistándose frente al espejo, mientras la señal rojiza en su cuello parecía crepitar en la distancia.

No fue complicado conseguir a alguien que, por unas cuantas monedas, le pusiera fin a un tormento ya demasiado largo. Habló con un cadete de la institución policial y le explicó los pormenores del asunto. Dirección, horario, rutina, fotografías, tipo de arma y hasta una marca de perfume: Amarige, de Givenchy. Todo lo explicó en detalle para que no hubiera errores ni cabos sueltos. 

El plan se cumplió a la perfección. Una bala, solo una, se alojó en la cabeza de aquella profesora de literatura que, por última vez, pudo explicar la inmortalidad de César Vallejo y de Octavio Paz a un auditorio no siempre recíproco.

Cuando Julián Célleri fue informado de que su esposa había sido asesinada al salir de clases, sintió una pequeña nostalgia por todos los 25 años de vida junto a esa mujer que ya no era nada para él, que ya no podía serlo. Los recuerdos se le vinieron de golpe, pero ya estaba, no había marcha atrás.

Lo que no imaginó, ni siquiera en sus peores pesadillas, es que su plan macabro nunca debió cumplirse, nunca. En la morgue, frente al cadáver de su bella esposa, pudo comprobar que en parte de su espalda había más señas rojizas como la que tenía en el cuello, señas que no había podido detectar porque hacía tiempo, mucho tiempo, que no la veía desnuda.

Perturbado por dentro y por fuera, al revisar su cartera salpicada de sangre, extrajo una receta en la que se podía leer una prescripción definitiva y contundente, como un balazo en el corazón: “Aplicar Benzoderma en las partes afectadas tres veces al día. Si nota una reacción contraindicada, por favor consulte a su dermatólogo de confianza”.

Pero Julián Célleri, policía jubilado que se creía traicionado por su silenciosa mujer, que había sido condecorado decenas de veces por su exitosa lucha contra el hampa, no podía consultarle nada a nadie porque lloraba como un niño. 

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