ENTRE LA SAL Y EL AGUA: pensar el feminismo desde la experiencia

 “La cultura no hace a las personas. Las personas hacen la cultura.”

 Rosario Castellanos

Cada 8 de marzo, cuando el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer, las calles se llenan de consignas, memoria y duelo. Es un día necesario. Nos recuerda las desigualdades, las injusticias y las violencias que muchas mujeres han padecido a lo largo de la historia. También nos confronta con una realidad que duele nombrar: mujeres asesinadas, mujeres golpeadas, mujeres desaparecidas. Nada de eso puede minimizarse. Y, sin embargo, en medio de esa reflexión colectiva, me descubro atravesada por una idea que a veces parece incómoda: no todos los hombres son enemigos. El sistema patriarcal, tan analizado dentro del Feminismo: ha moldeado nuestras vidas de maneras profundas. Ha impuesto jerarquías, dictado roles y normalizado violencias que durante siglos parecieron inevitables.

Muchas mujeres crecimos dentro de ese entramado sin siquiera tener las palabras para nombrarlo. Yo misma vengo de una historia compleja.

 Mi padre fue un hombre frustrado. Había soñado con ser director de orquesta, pero ese sueño nunca se cumplió. Fue infiel, alcohólico, y en casa los conflictos muchas veces estallaban en gritos. Mi familia fue, como tantas otras, disfuncional. Y sin embargo, mi padre también era un ser sensible. Mi madre murió de cáncer siendo muy joven y él murió pocos años después, como si hubiera sido arrastrado por una tristeza que nunca logró nombrar. Con esa historia detrás llegué al matrimonio. Me casé con un hombre educado dentro del mismo sistema que nos ha formado a todos. Pero el tiempo, y en nuestro caso también la literatura, fue transformándonos.

 Para mí el feminismo no llegó como una ruptura violenta. Llegó como una evolución. Entró como un bálsamo que permitió comprender muchas cosas: las desigualdades, los silencios, las estructuras que durante siglos han condicionado la vida de las mujeres. Pero también me enseñó algo más: que la transformación profunda no siempre nace de la confrontación, sino de la conciencia. Mi esposo y yo hemos aprendido que el matrimonio no es una cadena. No hay grilletes entre nosotros. Hay espacios, cercanía y libertad. Hay días de encanto y días de desencanto. Hemos aprendido a mostrar nuestros defectos y a reconocer las virtudes del otro. No somos perfectos. Somos, cada uno, ángeles y demonios. Hemos tenido discusiones agrias, silencios largos, momentos en los que quise huir. Pero siempre regresaba algo esencial: la palabra discúlpame. Porque la vida compartida no está hecha solo de armonía. También hay desencanto. Hay desencanto también, porque la vida diaria está hecha de tierra, de fuego, de sal que corroe, pero también de agua que limpia y se lo lleva todo.

Sé que hay mujeres viven realidades mucho más duras. Mujeres golpeadas, mujeres asesinadas, mujeres silenciadas. Historias que no pueden ignorarse. Ese dolor nos concierne a todas. Pero mi experiencia es distinta. Y entonces surge una pregunta incómoda: si mi vida transcurre en relativa paz con el hombre que tengo a mi lado, ¿debo sentirme culpable por ello? ¿Debo callar mi voz porque mi historia no coincide con la de quienes han sufrido más?

Me niego a creer que el feminismo deba convertirse en un espacio donde algunas voces sean deslegitimizadas por no encajar en una narrativa única.

 El feminismo nació para ensanchar la libertad, no para reducirla. Hombres y mujeres no son enemigos naturales. Somos seres humanos atravesados por la historia, las heridas familiares y la posibilidad de cambiar.

Tal vez el verdadero desafío no sea enfrentarnos como bandos irreconciliables, sino aprender a transformarnos juntos. Porque la vida —como el amor— no se sostiene en consignas. Se sostiene en algo más difícil: la conciencia de nuestra imperfección y la esperanza de que, incluso en un mundo lleno de sal, todavía podamos ser agua

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