Los mendigos no creen en su ángel, sólo en sí,
creen en su hambre y en el sabor amargo del frío.
Alias el HACS
El mendigo no creía en los ángeles. No porque los odiara, sino porque había aprendido que creer en ellos era una forma lenta de congelarse. Creía en otras cosas: en la noche, en el olvido, en el hambre que se despierta antes que el sol, en el sabor metálico del frío cuando muerde los dedos, en los tornillos sueltos de las bancas del parque, en los escalones del metro que siempre son más de los que uno recuerda. Creía, sobre todo, en las monedas: en su peso mínimo, en su sonido humilde, en la manera en que juntas podían parecer una promesa.
Llevaba años guardándolas.
No en una alcancía —eso sería demasiado parecido a la esperanza—, sino en bolsas de plástico, en calcetines sin par, en el doble fondo de una chamarra que ya no calentaba y en el conteo lento de su memoria cada día más entorpecida por la enfermedad, el hambre, la distancia en la que las almas comienzan a descomponerse. Cada moneda era una noche que sobrevivía. Cada noche, una excusa para no desaparecer todavía del panorama de la ciudad, de las luces de los autos y de los rostros cansados que reconocía en aquellos que de vez en cuando volteaban a verlo. Un mendigo una vez tuvo un ángel bebé, y lo vendió en un convento por un trago de vino.
Su cuerpo cada vez más cansado lo sabía: esas eran sus últimas noches. Se había ido de casa porque nadie supo sacarle las voces que tenían agenda en su cabeza, los demonios que le rascaban el cuerpo por dentro y los gritos sin control que a su garganta le había dado por lanzar a diestra y siniestra. Una burbuja de tiempo explotó: las manecillas de todos sus relojes se detuvieron y bastaron dos o tres coincidencias para terminar buscando refugio en la calle: epidemia, falta de trabajo, enojo, terquedad, soledad y las botellas que le dieron la mano para alejarlo para siempre de su mujer y su hijo. El frío había aprendido el mapa exacto de sus huesos y avanzaba con precisión. Aun así, caminó durante días, contando, recontando, dudando, hasta que las monedas por fin dijeron sí.
Vio los anuncios en las televisiones de los aparadores y una chispa en su cabeza le recordó lo que más deseaba hacer. La bicicleta estaba ahí, colgada afuera de una tienda de empeños, roja como el juguete más fantástico que él mismo tuvo en su infancia. No era nueva, no era un triciclo Apache, pero brillaba con una dignidad que él no recordaba haber tenido nunca. Pagó por ella. Una muchacha de ojos enmelados contó las monedas y le sonrió. Al tocar el manubrio, algo se acomodó en su pecho: no felicidad ni fe, sino una forma extraña de urgencia. Pensó en su hijo. En el árbol de Navidad. En el tiempo exacto que le quedaba al niño antes de que la magia se volviera una historia que le daría pena contar en voz alta. Pensó en que los tenis viejos de su chamaco ya estarían puestos junto al viejo árbol, listos para ver si los reyes le traían algún juguete nuevo: una Avalancha, una pista de carreras, un fabuloso Fred, un memorama, unos soldaditos de plástico, un G.I. Joe. No. Esos eran sus recuerdos. Aquel niño tal vez desearía un Nintendo, un celular, unos Pokémon, la bicicleta roja que le prometió su papá…
El hombre no llegó lejos.
La noche siempre tiene más manos y planes que uno. Alguien lo empujó, alguien corrió, alguien rio. La bicicleta dejó de ser peso en sus manos y se convirtió en ausencia. El mendigo no gritó. Su garganta estaba cerrada. Los gritos no sirven cuando ya estás cansado desde hace años. Caminó el resto del trayecto arrastrando los pies, con el frío celebrando en su espalda. No pudo dejar nada bajo el árbol. No pudo ser milagro. No pudo ser recuerdo. En la casa de su hijo también hacía frío. Y aunque las cosas no iban tan mal, aquel año los reyes magos ya no harían la visita acostumbrada que la mamá del niño procuró por más de diez años. Ella pensó que ya era tiempo suficiente. Seguro ya sabría la verdad. Así que decidió, ante los gastos de los últimos meses, guardar algo para la cuesta de enero, los útiles, un pantalón nuevo del uniforme y tal vez unos tenis para reemplazar los ya muy amolados Reebok. Aun así, cuando su mamá se fue a acostar, el niño dejó el calzado cerca del árbol. No hubo carta ni deseos, sólo ese reflejo mecánico de la ilusión que se niega a apagarse dentro de todos nosotros. Tal vez, pensó, aunque sabía que nada llegaría.
*
Cuando la madrugada empezaba a dibujarse en el horizonte, el vagabundo se sentó contra una pared y aceptó aquello que venía. Los demonios se lo habían gritado con días de anticipación. No rezó. Los mendigos no hacen eso: si se atreven a creer en algo que no son ellos mismos, se les muere de frío. Se dejó ir a un vacío que lo llamaba desde adentro de sí mismo. A lo lejos ya se escuchaba la algarabía de algunos chamacos que descubrían maravillas de regalos junto a sus zapatos, cerca del árbol, en la ventana o bajo la cama. Los reyes habían pasado incluso por aquellos vecindarios donde una parca pasaba lista a los nuevos viajeros que el frío le ayudaba a reclamar.
Por un momento, aquel hombre escuchó una pausa entre los gritos, se vio a sí mismo envuelto en un halo de silencio. Abrió los ojos grandes, como cuando era un chiquillo y pedía en sus cartas un juego de indios contra vaqueros. Una sombra enorme se dibujó en el aire, lenta, imposible: un elefante avanzando entre la tenue escarcha del rocío de la nueva mañana, hecho de vapor y reflejos, con ojos antiguos que no juzgaban.
Pero claro, nadie más lo vio. Nadie tenía por qué verlo.
Antes de que el niño bajara las escaleras de su casa, antes de que el mendigo se quedara quieto eternamente, una bicicleta brillante apareció junto a los zapatos viejos, acomodada como si siempre hubiera estado ahí. Roja. Intacta. Real. Muy lejos de ahí, el hombre sonrió apenas, con los labios cuarteados. No pudo ver ese milagro. Nunca lo supo. Su hijo gritó de emoción y en pocos minutos la estaría usando en la soleada mañana. El indigente sintió ese mismo calor como un abrazo. Se conformó con alzar las manos y casi rozar la piel de aquel elefante que flotaba hacia la noche. Podría jurar que también vio un camello. Un caballo. Una dama de negro que le decía, con ternura: ven. Los mendigos no creen en su ángel, sólo en sí, porque si creen en ellos se les mueren de frío.

Egresado del Diplomado en Creación Literaria de la Escuela de Escritores “Ricardo Garibay” del estado de Morelos. Fundador y director de la editorial independiente Lengua de Diablo, de Abismo, Festival de Literatura Fantástica y de Naves y Monstruos, Encuentro de Extraña Imaginación. Ha obtenido el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola en 2012, mención de Honor en el Premio Bellas Artes de Cuento Hispanoamericano Nellie Campobello en 2018, ganador del Premio Bellas Artes de cuento infantil y juvenil “Juan de la Cabada” en 2019 y del Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción en 2020.
