San Francisco de Campeche, México.
No encontramos los cuerpos. La Guardia Nacional brindó su apoyo para dar con el paradero de los cinco jóvenes que esa mañana, salieron de paseo en lancha. Yo, por el contrario, pagué un favor a la madre de uno de ellos. Me uní a la búsqueda junto con un par de pescadores de la ciudad. Batimos varios kilómetros mar adentro. Llegamos a Champotón y redoblamos la exploración hasta Celestún. Sin embargo, no encontramos a nadie. Ni un solo indicio. Estoy seguro de que murieron. Estas aguas son peligrosas. Y hay un secreto que he guardado durante todos estos años: creo saber qué fue lo que les pasó.
Existe un lugar a 32 kilómetros al norte de Campeche. Mi abuelo le llamaba: Jaina. Una isla artificial creada por los Mayas. O eso dicen las leyendas. Mi familia es descendiente de esta cultura. Conozco la cosmogonía, las historias. Y hubo una época, en donde los saqueos de zonas arqueológicas eran muy constantes. La gente de los alrededores hablaba de un mal augurio, de un castigo divino por realizar aquellos actos. Muchos atribuyen las desapariciones como una penitencia. Jaina era un sitio inexplorado. Extraño. Escuché sobre algunos pescadores que intentaron robar piedras arquitectónicas de esa isla, pero fallaron en el intento. «Era como si el manglar tuviera vida y se defendiera», mencionó uno de ellos. «El agua se volvió de un color oscuro que impedía ver el fondo. Se alcanzaba a escuchar ruidos extraños provenientes de la orilla. Gritos», comentó otro.
Con el paso de los años, la Isla de Jaina fue declarada prohibida al público. Un par de arqueólogos consiguieron el permiso de explorar el lugar. Nunca más se volvió a saber de ellos. El gobierno local del municipio de Hecelchakán, a quien pertenece la Isla, emitió la clausura del camino, pero no pudieron cerrar la entrada por mar. Las personas que ignoraban el acceso, terminaban desaparecidas. Los que se acercaban en lanchas, corrían la misma suerte. Era como si la isla los atrajera de alguna extraña y desconcertante manera.
Al tercer día de búsqueda, batimos la zona. En mi lancha íbamos tres hombres. Juan Pool, José Pech y yo. Recuerdo que la lancha marchaba bien. El motor no dio problemas. Llegamos al puerto de Seybaplaya. Navegamos unas cinco horas antes de que cayera la tarde. En el muelle, amarramos el bote. Comimos lo más rápido posible. No queríamos que nos alcanzara la lluvia. A lo lejos en el horizonte se podían percibir las nubes grisáceas, y el viento comenzaba batir con algo de fuerza. Ya de regreso, exploramos detenidamente los manglares de la zona. La marea había subido, las raíces de los árboles estaban cubiertas. Nuestros cuerpos comenzaron a tener estragos. El cansancio ya sopesaba en cada uno de nosotros. No queríamos darnos por vencidos, pero los jóvenes no aparecían por ningún lado.
Recorrimos varios kilómetros mar adentro. Miré a mis compañeros. Sus caras caídas me decían lo angustiados que estaban. Intentamos avanzar lo más que pudimos. Llegamos a Campeche. Eran las 4:56 de la tarde. Sentí algo que me estremeció. Una extraña curiosidad. La lluvia interrumpió la búsqueda y tuvimos que esperar a que amaneciera.
La mañana siguiente podía sentirse algo en el aire. Frío. El cielo estaba cubierto de nubes. El agua tenía un aspecto siniestro. Su quietud decía mucho. Era un silencio sepulcral el que invadía el ambiente. Mi piel se erizó cuando el rugir del motor marcó el inicio de la búsqueda. Así que dirigí el bote con dirección al norte. Pude sentir una extraña fuerza sobre mi espalda. Como si recorriera mis brazos hasta posarse sobre la mano que conducía el timón.
Me detuve. Bajé la revolución del motor. El rugido cesó. El agua se agitó un poco. La calma invadió el lugar. Adelante posaba el manglar. La marea era baja en ese sitio. Cuando me di cuenta, mis dos compañeros me miraban. Sus ojos transmitían terror. Estábamos a 32 kilómetros de la costa de Campeche. La isla estaba allí. Frente a nosotros.
Recordar ese silencio me trae escalofríos. El viento dejó de batir. Apenas y se escuchaba el chapoteo del agua que golpeaba la orilla. Fue entonces cuando lo vi. Un canal sobresalía a un costado de la isla. «Es mala idea», comentó José. Juan no dijo nada, solo me miró y volteó hacia el manglar. Todos sabíamos que ese era el único lugar sin explorar. Muy en el fondo de mi ser, algo me decía que los jóvenes estaban allí.
Lo extraño sucedió cuando, antes de encender el motor para regresarnos, notamos que el bote comenzó a moverse. Detrás del manglar, con dirección a la orilla, los nubarrones grises comenzaron a espesar el cielo. El viento comenzó a batir. Todo el panorama había cambiado. Pude sentir una punzada en mi pecho. Juan y José se estremecieron de igual manera. Me gritaban que hiciera algo, que nos bajáramos del bote. «Enciende el motor, hay que irnos». Lo hice. El motor no respondió. La lancha estaba siendo arrastrada por una extraña corriente. El agua se tornó negra. Como si de un abismo se tratase. Mi brazo comenzó a ceder ante los jalones que le daba a la cuerda de arranque. Y cuando escuché las voces, mi cuerpo se petrificó. Miré en todas direcciones. «Ey. Aquí. Ey. Aquí». De pronto, todo fue muy rápido. Un chapoteo a un lado del bote. Juan gritó. José saltó por la borda cuando encallamos. El golpe del choque me aturdió y salté como pude.
Ya en tierra, percibimos varios sonidos. Similar a los monos y aves silvestres. Observé hasta donde pude. Los árboles abundaban. El viento aumentó, como si de un huracán se tratase. Las voces nos abrumaron. Venían de todas direcciones.
Caminamos con tal de protegernos del vendaval. A unos metros un sendero tomó forma. Lo seguimos. El chapoteo volvió a llamar nuestra atención. Nos dimos cuenta de que el canal rodeaba la isla por completo. La separaba de tierra firme. La vegetación parecía tener vida. El manglar parecía agitado, daba la impresión de moverse igual que nosotros. El camino nos dirigió a una especie de pirámide Maya. Apenas sobresalía de la tierra. Seguimos avanzando. Entonces nos dimos cuenta de cuán pequeña era la isla. Y justo en una de las ramas del manglar, allí en el canal, estaba el pedazo de un bote. Lo reconocí de inmediato, pero no puedo afirmar que se trataba de aquel en el que los jóvenes viajaban. El viento aminoró. Entonces optamos por largarnos.
Una vez más, el chapoteo. Juan y José siguieron avanzando por el miedo que emanaba ese lugar. Yo me volteé. Lo que yacía en la orilla del canal era profundamente perturbador. No sé cómo describir lo que comenzó a salir del agua. No era un animal, lo juro. Era humanoide y su piel era escamosa y brillante como la de los peces. Salió del agua reptando. Igual que un cocodrilo. Me miró. Por mi cuello cruzó un aire frío. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Su mirada me tenía hipnotizado. No quería moverme. Solo recuerdo que Juan me tiró del brazo. Caí al suelo y reaccioné. Grité horrorizado. Le dije que corrieran. Pero la entrada del sendero estaba repleta de esos extraños seres.
Desesperados, corrimos con dirección a la pirámide. Notamos que del canal seguían saliendo más y más criaturas. Llegamos. Agitados. Asustados de qué sucedería con nosotros. Comenzaron a rodearnos. El viento se alebrestó de nuevo. Las ramas de los árboles crujían de sobre manera. Esas cosas comenzaron a emitir sonidos, como los que escuchamos al llegar. Las voces invadieron de nuevo. «Ey. Aquí. Ey. Aquí». Se percibió muy cerca. Al parecer, provenía de la pirámide. Escalamos como pudimos. Algunas piedras estaban salidas de su sitio. Y al llegar, encontramos un pasadizo que conducía a dentro de la ruina.
«Ey. Aquí. Ey. Aquí». Se escuchó de nuevo. Entramos. Rápido. Sin detenernos a mirar a nuestros perseguidores. El acceso nos hizo bajar por una escalera de caracol. Toda hecha de piedra. El aire frío tomó presencia allí abajo. Llegamos a un salón iluminado por las grietas y agujeros que fungían como tragaluces. Las paredes estaban llenas de pinturas rupestres. Había uno muy perturbador. No parecía ser Maya.
El símbolo estaba tallado en el techo. En medio, posaba el dios Hurakán. Sentado con sus piernas cruzadas y tomando con una de sus manos algo muy similar a una antorcha. Alrededor suyo, posaba una gran estrella de seis puntas. Con ojos en cada punta y unas lenguas de fuego. Era una imagen inquietante. Había un olor extraño, como a pescado muerto. El pasillo nos condujo hasta lo que parecía ser un cenote. El techo dejaba entrar un par de árboles que tenían sus raíces inmersas en esas aguas cristalinas.
«Ey. Aquí. Ey. Aquí». Miré el agua. «Ey. Aquí. Ey. Aquí». Eran esas cosas. Las criaturas infestaron como un cardumen el cenote. Saltamos lo más rápido que pudimos hacia el costado donde estaba el árbol. Trepé justo detrás de Juan. Caímos entre los arbustos de la isla. Nos pusimos de pie. Los ruidos nos atormentaron mientras corríamos con dirección al bote. El viento golpeó con la fuerza de un ciclón. No querían dejarnos ir. Con todas nuestras fuerzas, logramos llegar al bote. Lo empujamos hacia el mar. Pude ver cómo se acercaban hacia el agua. Y cuando estuvimos a punto de subirnos, los tres fuimos sumergidos en las profundidades del mar.
Todo ocurrió muy rápido. Abrí los ojos y vi a mi captor. Una de esas criaturas. Me tenía agarrado de los pies con una de sus extremidades. Todo quedó en un silencio de ultratumba. Alcancé a ver a mis compañeros ser sumergidos de la misma manera. No sé a qué profundidad estábamos. Solo sé que lo vi. Él tenía a la Isla en sus manos. Como si el pedazo de tierra perteneciera a una parte de su cuerpo. Era gigantesco. Y los engendros que nos atacaron, salían de él. Quise luchar con la poca fuerza que me quedaba. Patalee. Una y otra vez. Hasta que logré zafarme.
Nadé con mucha desesperación. Me estaba ahogando. Al llegar a la superficie, choque con el bote. Por un instante, todo quedó en calma. No recuerdo como subí de vuelta al bote. De hecho, no sé ni cómo logré llegar a Campeche ese día.
Estoy seguro de que los jóvenes a los que buscábamos, tuvieron la misma suerte que Juan y José. Lo que me ha atormentado desde ese día, es la manera en la que sobreviví. No sé si fue suerte. Eso le hago creer a mi mente a diario. Tengo pesadillas donde revivo esa horripilante experiencia. Hay días en los que pienso, que esa cosa decidió dejarme ir. Me he sentido perseguido desde hace un par de meses. Siento esa presencia cuando miro el océano. Me da miedo volver a navegar. Cuando cae la noche, puedo escuchar ese chapoteo. Sé que las criaturas me están buscando. Y tal vez, un día de estos, me encontrarán.

Andrew Pérez Aké es un escritor mexicano, nacido en Calkiní, municipio del Estado de Campeche. Es licenciado en Lengua y Literatura y autor de los libros Hombre Lobo, publicada en 2022 y Aquí Habita el Miedo, publicada en octubre del 2024, bajo el seudónimo S. D. Pérez. Por su versatilidad narrativa, Andrew se desenvuelve en géneros literarios como el terror, misterio, suspenso y fantasía oscura.
