El lenguaje de la oscuridad II

¿Qué mecanismos hacen que volvamos a recordar bellos pasajes de la infancia? ¿Qué nos hizo, en primera instancia, olvidarnos de ellos? ¿Por qué a veces es tan difícil mantener presente alguno? Son preguntas que vienen a mi mente cuando sé que tuve una infancia feliz pero no puedo recordarla en su totalidad.

Y así casi sin percatarnos vamos perdiendo nuestras historias. Hay quiénes ayudamos conscientemente a la memoria vinculando estos recuerdos con objetos, fotos, ropa, libros, olores, etc. Lo hacemos para que no se escabullan de nuestro presente y podamos volver cada que sea necesario ser felices, así como lo hizo John el hermano de Wendy con sus canicas en la historia de Peter Pan.

La recurrencia de soñar agua pura y cristalina de fuentes naturales tiene origen en los recuerdos que tengo de mi infancia. Esos momentos en los que era para siempre feliz en los manantiales de Cuautla. Los que yo conocí hace más de treinta años. Vivía en la Colonia Santa Rosa. Al otro lado del río no había casas ni un sólo foco se asomaba entre la exuberancia. Las siluetas de los árboles se delineaban como gigantes guardianes. A mi corta edad ya entendía que en ese extremo se guardaba el misterio del agua viva y sus rumores tranquilos. Agua dulce y amiga. Recuerdo con emoción la urgencia de traspasar con el cuerpo y atrapar con mis manos ese aire que se podía tocar, que mojaba la piel, un aire en el que se podía volar-flotar. Esa táctil transparencia estaba allí casi estática con su estremecimiento ronroneado brillos y movimientos de guijarros de colores en su fondo. Con esa actitud infantil de agua inquieta, comunicándome que también estaba ansiosa de jugar conmigo.

Recuerdo tres pozas. La primera era suave bienvenida; apenas un charco ampliamente extendido. Su presencia era una ilusión, el espejismo de las sonrisas frescas de mis padres y hermanos. Las piedrecillas en el fondo se levantaban gracias al efecto lupa del líquido, con un color vivo que sólo sabe dar el agua sobre los objetos. Las había color marrón, amarillas, beige, grises, pardas, lisas, etc. Matices en un arcoíris fragmentado de roca. Piedras preciosas con valor inestimable. Mi poza favorita, en donde me convertía en anfibio y fácilmente con un movimiento sinuoso entraba o salía del hábitat de la salamandra. Me sentía a salvo con la libertad de pasar la eternidad eligiendo la piedra más bonita para ser mi compañera ideal de esa mañana.

El agua de la segunda poza apenas sobrepasaba mi altura. Podía pisar de puntitas y pasar de un extremo a otro por la orilla en donde disminuía la profundidad debido a las piedras encimadas. O simplemente cruzar sujetándome del muro de mampostería que delineaban su contorno, por un lado. Ese era el lugar exacto para ser lagartija al sol. Piedras enormes y quemantes lo suficientemente anchas para que un adulto se acostara sobre ellas sin problema. Entre poza y poza había diques de piedras medianas y grandes. A esas piedras podías escalarlas y posarte horizontal al filo de su altura.  Lanzándote con toda la gracia que poseyeras al siguiente cuerpo de agua, o sostenerte de ellas mientras flotabas y pataleabas. En esa zona la corriente se sentía con más fuerza al fluir entre las rocas y gracias a ese vigor nunca tenían lama, ni musgo; tocarlas nunca fue desagradable, cierro los ojos y siento su textura y calor en la palma de las manos. Las piedras del fondo no eran multicolor, sólo grises y de tamaño regular como de pequeñas tortugas casco. Lisas e inmóviles, criaturas diseñadas por el río para ser admiradas desde arriba e inalcanzables para mi experiencia buceadora.  En esa poza permanecía a lado de mis hermanos mientras mi mamá nos observaba atenta sentada en el murete de mampostería. Los márgenes se delimitaban con juncos, papiros y pastos altos y alguna zona pantanosa disfrazada de pequeña planicie verde. Me recuerdo abrazada a una roca de la orilla con el sol sobre mi rostro y espalda, pataleando fuerte, para desarrollar según yo, mis dotes acuáticas.

La tercera poza era misteriosa y su intención difícil de descifrar. No se podía ver su lecho, ni advertir de qué dirección llegarían sus corrientes. En su barriga profunda plagada de resonancias graves era donde los bichitos nadadores se animaban a ejecutar su vida con la certeza de no ser molestados. Recuerdo con detalle a los escarabajos acuáticos y a los moscos patinadores, que más que moscos parecían arañas con sus extremidades abiertas, deslizándose sobre la tensión superficial. Inmunes a nuestra presencia en sus labores insectíferas consientes de ser los genuinos pobladores del paraíso. También recuerdo a los peces y a las sombras de los peces; gemelos del reflejo en danza bipartita. Dibujándose al mismo tiempo así en el agua como en las piedras.

El agua abandonaba la última poza en cascada. Saltaba desesperada el ultimo dique para extenderse interminable en campos siempre verdes de berros. Extensiones de diminutas junglas a nuestros pies. Sus habitantes los gigantes segadores marchaban a través de ellas con los pantalones remangados hasta las rodillas. Algunos de los berreros ya nos conocían y saludaban a mis papás efusivamente. Jamás nos íbamos sin comparar un manojo crujiente para la ensalada de la comida.

Fue en la última poza en donde aprendí a sostener la respiración. A veces mi papá ya estaba en el agua y mi mamá me pasaba a sus brazos. Recuerdo mi traje de baño de matices color turquesa con dibujos de cochas y caracoles. Recuerdo mi cuerpo temblando de frío, pero más de miedo. Recuerdo sus palabras “A la cuenta de tres nos hundimos. Respira profundo. No tardaremos en salir”. En esos momentos la temperatura bajaba más que nunca. El tiritar de mis dientes dificultaba que mantuviera la boca cerrada. No podía decírselo porque de tan tensa no podía hablar y tampoco había mucho tiempo para negarse. Adentro del agua mis ojos permanecían cerrados porque tenía miedo de ver algo aterrador en esa poza oscura con reflejos de luces espectro al fondo. Me abrazaba fuerte a al cuello de papá y así de fuerte pedía que el impacto de mi corazón acelerado no fuera tan fuerte como para expulsar el aliento de mis pulmones. Al sumergirnos ensordecían mis oídos pero aun así escuchaba la voz grabe de la corriente que anunciaba ahogo si es que me atrapaba. Esa voz tal vez era la de fantasmas que vivían en los huecos oscuros entre las rocas. Fantasmas naturales y salvajes que nada entienden de piedad.

Otras veces mi papá se lanzaba conmigo desde el murete. Del cual recientemente me he enterado que formaba parte de un complejo proyecto de ingeniería hidráulica que desde ese entonces ya estaba abandonado. Al aventarnos desde él ocurría una explosión de burbujas en mis oídos. Ahora muchos años después sé que esos no son los mejores métodos para enseñarle a nadar a nadie, sin embargo, nunca me soltó y jamás tardamos en salir más de los prometidos segundos. A pesar de todo, esas zambullidas también forman parte de mis mejores recuerdos.

Es válido vincular los recuerdos a cosas físicas y usarlas como anclas de la memoria. Si en ese entonces la niña que era  hubiera sabido que esos manantiales desaparecerían, hubiera conservado algunos guijarros de colores en sustitutos de las canicas de John, pero él hubiera no existe. Sin embargo, hay algo mejor que esos boletos al pasado y es mantener el puente directo a las imágenes. Con esto me refiero a conservar, por ejemplo, en mi caso, esa zona natural que trasporta en instantes a otra época.

Crecemos y dejamos atrás mucho y para cuando queremos estar nuevamente allí, aunque sea en nuestras mentes ya es tarde, se ha esfumado. La memoria nos traiciona. Hay quienes piensan que tomar fotografías nos aleja de vivir el momento. Yo creo que hay cabida para ambos, son un souvenir más. La memoria no es infalible y esos vínculos reactivan el cerebro. Lo importante es que si podemos salvar lo tangible, lo que todavía podemos visitar sin recurrir a la memoria, hay que hacerlo porque nada se compara a esa experiencia.

 Para que yo vuelva a ver esos manantiales como estaban en esa entrañable época, sólo en sueños. Pero a lo que respecta a ese paraíso particular no todo está perdido, aún queda bastante de esos parajes y manantiales. Están ubicados en una zona protegida, una reserva natural que está siendo invadida y destruida. Creo fielmente que todavía puede ser un paraíso para muchos más. No deberíamos renunciar a los que nos vincula con la felicidad y tampoco negársela a los otros. Lo digo desde la emoción de compartirles parte de mis recuerdos felices, recuerdos que me hacen volar al país de nunca jamás.

1 comentario

  1. Me encanto, siento como si fuera yo viviendo esa hermosa parte de la vida llena de detalles por doquier desde lo más insignificante hasta lo más notorio queda grabado en el corazón y la memoria de cada uno de nosotros. Muchas gracias por permitirnos vivir todo lo escrito con tanta alegría.

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