El legado de los ojos de mundos

Para ser un ojo de mundos deberás tener en cuenta tres cosas:   

La Primera cosa de ellas es que tendrás vida eterna y tu inmortalidad dejará vestigios en el lugar en el que encuentres y encuentres en un destino sin final.    

    
La Segunda cosa de ellas es que vivirás en la plenitud de la soledad en la dimensión más amada, que protegerás con todo tu corazón pues serás su custodio eterno, y de ti y sólo de ti, dependerá su equilibrio inmensurable.


La Tercera cosa de ellas es que jamás de los jamases amarás a otro igual a ti o un abominable castigo caerá, y aquel ser que al que te entregues caerá en espíritu.          

Al tener en cuenta estas inquietantes tres cosas se puede relatar la beldad de su historia; desde el ojo de uno de ellos, cuyo amor prevaleció cuál acérrima estampa en el sideral firmamento edificado. En forma de una constelación denominada El Velo de la Sonriente Bailarina.
¿Y qué podemos mencionar de estas criaturas?

Es muy sencillo, amable personita, los ojos de mundos son seres nacidos a partir de estrellas, pues en su lugar de origen tan sólo existe un cielo tan vasto, como se quiera, poblado de ellas. Bruno como una noche acorazada, bañada por los amplios colores que le adornan. Y durante toda una vida celestial.        

Los ojos de mundos nacen con él y desde él, con el propósito de mantener el equilibrio en las dimensiones a las cuáles son enviados a vivir, siendo este su única razón para existir. Los ojos de mundos son seres de belleza abrumadora, como las estrellas que habitan en el cielo en el que la noche etérea gobierna; comparados con dignificadas piedras preciosas. Seres gigantes, altos, de piel como de mármol, labios carnosos y rasgos suaves y alargados. Afilados en cuyos ojos se aprecian delicadas estremecidos nubarrones de galaxias.

A pesar de ser criaturas que jamás desaparecerán, pero al igual que las estrellas que habitan este vasto universo de des tiempos se mueven o ser consumen después de un período, sin envejecer, un noble pues no muestran signos de enjambre ceniciento en el que viven en regiones diferentes y si alguno de ellos perece, los demás lo sentencian a una perdida ingrata, esa de la parte más importante de las criaturas; su corazón.       

Y aunque sean inmortales, se les prohíbe también descendencia entre ellos, puesto que, si llegaran a desobedecer esta orden, a los ojos de mundos se les serían castigados con un sueño eterno, y su luz sería extinguida en el qué de todos los ejes.    

Pero preservan su existencia una vez que nacen pues se dan pocos, cada millar de años.
Perduran los que deben existir, ya que todos nacen en ese tiento de pobladas tormentosas. Nacen sin pudor y permanecen así hasta los Para Siempre.

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