Try me, try me, try me. I know, we can make it…
Para Sixto, siempre,
Nací en La sabana, Guerrero, ya hace muchos años. Ni viene al caso cuántos. Llegué a una casa pobre, con tres hermanos antes que mí, con un padre desobligado y ausente y una madre dura y luchona. No tengo muchos buenos recuerdos de esa época, salvo mi gusto por ponerme una toalla a manera de falda, otra como top y una tercera en la cabeza, como turbante y bailar por la casa, música tropical casi siempre. Bailar y bailar.
A los años, mamá dejó a mi papá y nos fuimos a Acapulco, en busca de un empleo para ella y escuela para nosotros. Allí nos encontramos con una colonia en el cerro, sin servicios ni pavimentación y mucha pobreza. Mis hermanos mayores salieron de la casa para perderse en las calles haciendo lo necesario para sobrevivir. Mi madre, pobre, siempre afanosa: limpiando, cocinando, lavando ajeno día y noche para pagar el cuartito en el que vivíamos y llevar comida a la mesa. Yo fui un tiempo a la escuela. Mamá tenía la esperanza de que al menos yo estudiara una carrera y saliera adelante, quizá ayudando con dinerito a la familia. Esa esperanza, como muchas otras, murió pronto.
A mí no me gustaba la escuela y para entonces ya dejaba crecer mi pelo quebrado hasta tocar la espalda. Soy muy moreno, un poco tosco, pero de un prieto bonito, como decía mi mamá. Andaba todo el día en unos shorts viejos, una playera cortita y unas chancletas de plástico de pata de gallo. Feo no era…
Cuando mamá se cansó de insistir en que estudiara algo, decidió que al menos debía trabajar para ayudarla, así que me mandó a trabajar con unas amistades al centro. Allí todo gira alrededor de los turistas, nacionales o extranjeros. Si no sabes hacer nada, al menos te toca lavar platos o servir mesas. Yo empecé en un restorancito de mariscos en el centro de la ciudad. Hacía todo lo que me mandaban. Con mis 12 años ya era un muchacho delgado y más alto que otros de mi edad, que se movía en el local como pez en el agua.
Todo lo del baile empezó como un relajo entre los compañeros con los que trabajaba. Me pusieron un faldón de colores, una blusa blanca y me amarraron mi abundante pelo con una cinta azul. Mirta, la cajera, me pinto los labios con su carmín. Pusieron música en la vieja rocola: música alegre para bailar. Entonces yo hice mi primer chow bailando, girando, tocando las caras de los compañeros con ademanes invitadores y encantando a todo mundo. Me sentí bien, me sentí feliz y libre. Todos quedaron contentos conmigo.
Fui aprendiendo a transformarme poco a poco. Me compré alguna ropita y cosméticos. Cada fin de semana hacía show en el restaurant de mariscos o en otro local que me invitaran. Bailaba una hora, pero permanecía vestido toda la noche. Una amiga me dijo que bailar nada más ya era poco para mí: tenía que cantar y bailar al mismo tiempo, pero cantar nunca se me dio. Entonces empecé a usar discos de cantantes famosas, sobre los cuales yo hacia mis personajes, moviendo nomas los labios.
Me aprendí canciones de Talía, Rocío Durcal, Daniela Romo y otras. Empecé a ir a un antro de la zona costera, donde otros chicos presentaban sus personajes. Ahí aprendí muchas habilidades. Para esa clase de artistas no me ayudaba mucho el físico. La señora Jacaranda, quien dirigía el lugar me agarró y me dijo: “A ti te queda Donna Summer que ni pintado, vamos a transformarte” Y ahí empezó todo. La primera canción que presente ya como Donna fue MacArthur Park y de ahí se vinieron Love to love you, baby, I feel love, Bad girls, Last dance y muchas más. Recibí muchos aplausos por mis imitaciones de la Summer. La dueña estaba muy contenta con mi trabajo.
Aprendí muchas cosas de los compañeros, como coser el vestuario, aplicar los maquillajes y mucho más. Con el tiempo el lugar me quedó chico. Un amigo de trabajo que se llama Tony, me contactó con el Gallery. El Gallery era la discoteca de moda en Acá y tenía todas las noches un show travesti de gran fama. Me contrataron y empecé a ensayar. Por supuesto les encantó mi representación de Donna, pero también querían que desarrollara otros personajes de color, como Grace Jones, Gloria Gaynor, Whitney Houston y otros.
En el Gallery tuve acceso a técnicas modernas para la fonomímica –Si, así es como se le llama a esto de personificar artistas- Allí conocí a Ramiro, un joven que hacía todas las actrices jóvenes y delgadas del momento. Igual que yo, no usaba casi pelucas, pues su larga cabellera era suficiente, además de que da un acabado mas natural. Él me ayudó empezar a tomas píldoras, para hacer crecer el busto, afinar la cintura y crecer las caderas. Así se requiere menos de la ayuda de espumas forradas de tela y los movimientos son más naturales. No fue fácil, tomar las píldoras. Traen muchas consecuencias en el cuerpo, sobre todo al principio. Pero las tomé con la idea de ser mejor cada día.
Los shows allí eran increíbles, alegres y brillantes. Todos los chicos formábamos un gran ambiente, éramos como una familia. De esos tiempos recuerdo She Works hard for money, Bad girls y On the radio. Había solo dos chicos que imitaban artistas hombres: uno presentaba a Alejandro Fernández, Ricardo Montaner y otros. El segundo era un morenazo de la costa chica, con unas protuberantes nalgas y un cuerpo musculoso y cuidado. Su acto era bailar en un minúsculo slip dorado, con el cuerpo cubierto de un aceite ligero que tenía brillitos de oro. Tenía muchísimo éxito. Todos los presentes quedaban con la boca abierta con sus físico y flexibilidad.
En cuanto a amor, nunca fui tan afortunado, creo. En el Gallery, la mayoría de los chicos tenían novias, que venían a ver cada presentación. Al final, los veías sentados en la disco tomando alguna bebida y besuqueándose con las chicas. Traté de entrar a ese grupo. Me hice de una novia muy linda que se llamaba Gaby. A ella le gustaban los Transformers (como a veces nos decíamos), pero en el fondo, nunca pudimos ser más que un par de buenos amigos.
La vida era tranquila, aunque por las noches los shows eran muy demandantes. Salíamos casi al amanecer a comer por ahí y corríamos a casa a dormir un rato. Todos los chicos éramos muy unidos y nos ayudábamos en todo. Estaba Christopher que se caracterizaba por hacer señoras de cierta edad, como La Jurado, Paquita la del barrio, y otras. Emmanuel hacía puras cantantes folclóricas como La gran Lucha Villa, La Tariácuri, Chabela Vargas (aun de vestido típico y trenzas), Lola Beltran y otras. Ahora me acuerdo de Esteban y Esaú, que por mucho tiempo tuvieron gran éxito con el dueto Pimpinela. Esaú hacía un excelente trabajo con la parte femenina del grupo. Carlos era el especialista de artistas de gringolandia, así que dominaba a María Carey, Vicky Carr, la Straisand y otras famosas. Víctor, el más joven de todos hacía a Talía, Fey, la chica dorada y muchas, muchas más.
Nos pagaban bien en ese entonces, pero no gastábamos mucho, porque vivíamos varios en una casa por allá por playa Revolcadero. Comíamos juntos y nos ayudábamos a preparar vestuarios o afinar rutinas. Acapulco era mejor en las vacaciones y días feriados. Nosotros íbamos a veces a la playa, a ver extranjeros guapos, tomar unas copas y pasar un gran día. Por la noche, El Gallery estaba a reventar. Acabando el show, todos pasaban a la disco vecina que se llamaba Peacock Aley, para bailar hasta que amanecía.
Así pasaron los años. Los chicos del grupo y yo nos organizamos, cooperamos cada uno con sus ahorros y pusimos un pequeño restorancito por allá por La Quebrada. Recordé mis inicios cuando venimos a Acapulco mi madre, mis hermanos y yo. De ellos no supe nunca más. Ella murió joven, vencida por la la enfermedad, pero yo lo supe hasta después. La vida no es fácil.
Después. el Gallery empezó a decaer, Ya no venia tanta gente los fines de semana, ni siquiera los días feriados. Varios de los chicos, decidieron irse a buscar nuevos caminos. Yo aguanté un poco más, pero terminé saliendo también. Ahora nos reunimos en la ciudad de México, donde había mucho trabajo (según Víctor y Esau). En esos años, se pusieron de moda los shows travestí en muchas discotecas, recuera la mejor de todas: El nueve, pero también trabajamos en El Taller, el Botas, el Butterfly, el Cyprus y otros más pequeños. La vida en la ciudad más grande del mundo no era fácil. Aunque estábamos maravillados con sus edificios, sus calles y sus lugares de diversión, sufríamos lo apurado de la vida ahí, lo caro de las rentas, y otros problemas más. Yo seguí triunfando con Donna Summer, que aún era bien recibida en los antros.
Para ese entonces, yo ya me había decidido por tener novio, así que acepté a un buen chico que conocí en el Cyprus, en una presentación. Él era de un pueblito de Guanajuato. Muy serio y formal, vivía en el mero centro histórico y le encantaban los Transformers. Los lunes y viernes nos veíamos para comer, para ir al cine o para dar una vuelta en La Alameda. Era muy respetuoso conmigo y podría decirse que también era cariñoso. Hasta cierto punto, porque a veces se comportaba muy seco y eso me decepcionaba de él. Estuvimos juntos por varios años, pero las dificultades de la vida terminaron con nuestras ilusiones y acabamos separándonos.
Los años pasaron y los trabajos cada día eran mas escasos. A veces había una fiesta privada en algún rumbo de la ciudad y nos contrataban en grupo. Allí volvíamos a juntarnos con los chicos salidos del Gallery y con otros más de la ciudad, pero no había tantos eventos así. Yo nunca me alejé de Emanuel, pues de alguna manera hicimos una mancuerna exitosa, basada en una gran amistad.
La vida en la ciudad era desde entonces muy difícil. Los costos del hospedaje, la inseguridad y la falta de eventos hacían difícil la sobrevivencia. Todos debimos tener trabajos extras, pues con nuestros números artísticos ya no alcanzaba para vivir y comer, al menos. Yo ni lo pensé mucho, en cuanto que hubo necesidad, me fui a buscar trabajo de mesero en los negocios del mercado de pescados y mariscos de la Central. Allí me sentí seguro, trabajando con los mariscos, como en mi juventud, pero ahora con la experiencia del restorancito que tuvimos los chicos y yo en Acapulco. Todos juntos, fuimos sorteando lo que la vida nos ponía enfrente. ¡Qué más se puede hacer?
Años después nos llegó la mayor calamidad que nos pudimos haber imaginado: Las dragas. Se puse de moda que cualquier joven sin experiencia ni arte se pusiera un disfraz estrafalario y saliera a actuar en las discotecas. Entre más estrafalario mejor: había chicos con barba y bigotes, enfundados en vestidos de colores y botas de luchador. No se rasuraban las axilas a propósito, lo que les daba un toque grotesco a sus vestuarios. Otros se elaboraban atuendos extraños, que no eran ni de damas ni de caballeros. Usaban botas gigantescas, velos oscuros y cruces de metal en el pecho. Su espectáculo no era hacer la fonomímica, como nosotros, sino cantar a voz en cuello sobre la pista y sobre la voz de los cantantes originales. Asi los escenarios se llenaron de calvas, barbudas, gordas y visionudas. Pero parece que les funcionó. A la gente les gustaban esos bodrios y pagaban sus boletos, solo para verlas bailar y dizque cantar. No niego que tenían buen manejo del maquillaje, pero nada más.
Los tiempos cambian y cada vez tuvimos menos trabajo en los escenarios. Yo dejé de tomar las píldoras y como se sabe, el cuerpo trata de volver a su forma original. Llegué a ser un mamarracho con las tetas caídas, la cintura desbordada y pelos por todas partes. Nunca creí llegar a esos extremos, pero ya no había trabajo ni dinero para mantener el cuerpo a raya.
Ya cada vez menos podía llevar a Donna Summer a un escenario decente. En el mundo musical, también llegaron muchas y muy buenas cantantes. Pero la fama de Donna Summer no se acabó fácilmente. Por esos años supe que ella había hecho unas declaraciones tontas a la prensa, criticando a homosexuales y lesbianas. Ella precisamente, que había sido una reina indiscutible, también estaba en descenso y nadie le perdonó lo dicho. Se sabía que las mayorías que la apoyaron siempre eran los integrantes de los grupos de gays y lesbianas. Se dijeron muchas cosas, horribles. El 17 de mayo de 2012, Donna murió en su casa de Florida. Sentí que se había acabado una época, que ahora si el mundo nos había echado una cubeta de tierra encima y que nunca nadie más sabría de nosotros.
El día que murió Donna Summer, para mí fue el final de aquellos días fabulosos de la disco, de bolas de espejos que giran, de canciones que todo el mundo canta al unísono, del glamur, de vivir sobre los grandes e iluminados escenarios y triunfar, todos juntos. Los días en que vivíamos de noche y descansábamos de día. Los días de Donna cantando Bad girls ó No more tears is enough. Los días donde todos formábamos una gran familia. Los días de ese Acapulco difícil, pero hermoso; injusto, pero auténtico… ¡Fueron días maravillosos que ya nunca volverán!

Luis G Torres nació en la CDMX, hoy avecindado en Cuernavaca Morelos desde hace años. Es egresado de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, de Morelos. Ha participado en cursos y talleres de cuento con Frida Varinia, Daniel Zetina, Miguel Lupián, Alexander Devenir, Gerardo H. Porcayo, Roberto Abad, Efraim Blanco y otros. Ha publicado en una treintena de revistas electrónicas. Otros cuentos están incluidos en antologías nacionales y latinoamericanas. En 2021 publico en INFINITA su primer libro: Pequeños Paraísos perdidos, y el año de 2022 Sin Pagar boleto, cuentos y narraciones de viajes por México. En febrero del 2023 presentó su tercer libro de cuentos INQUIETANTE, bajo el sello de Infinita. En enero de 2024 presentó su más reciente libro de cuentos, titulado OMINOSO y este 2025, completó la trilogía con el libro IneXorable (Ambos en editorial Lengua de Diablo). Colabora activamente en la revista LETRAS INSOMNES.
