Ya iba a anochecer. Era la temible hora donde las paredes parecían cerrarse y todo comenzaba a pintarse de un gris cada vez más oscuro hasta quedar el cubo en un negro absoluto. Pero Damis no se inmutó. Otras veces había gritado y llorado con toda su energía vital, hasta quedar sollozando en el cuadro de cama donde dormía. Ahora solo apretaba el pecho y hacía unas cuantas respiraciones; inspiraba y soltaba lentamente: cuatro tiempos adentro, dos mantenía y dos soltaba, recordando las terapias que alguna vez tuvo para calmar la ansiedad. Eso había sido hace siglos, como parecía.
Ahora solo existía el cubo.
Damis se retorció en su lecho levemente y recordó respirar. La costumbre no hacía más fácil el encierro, pero por lo menos lo mecanizaba. Mientras respiraba, se quedó viendo fijamente al techo desnudo cubierto por una placa de duro vidrio translúcido. Se preguntó si ya habrían salido las estrellas. “Lo dudo”, se dijo. Después de casi dos años de confinamiento no había forma de confirmar que el mundo de afuera siguiera en pie.
El cubo había sido diseñado para dar refugio en caso de una emergencia por la cual hiciese falta aislarse del mundo exterior. Pensado para una catástrofe nuclear, el cubo se hundía bajo tierra. Aunque este no había sido el caso, así que el cubo permanecía afuera. No obstante, de noche uno se sentía como enterrado en lo más profundo del abismo.
Ésta era una de esas noches que parecían burlarse de uno. Su propio cuerpo no le ayudaba mucho. Volvía, como cada tanto, el síndrome de piernas inquietas que no le dejaba dormir. Antes de caer en la desesperación, Damis se levantó con apenas un esbozo de maldición en su boca y comenzó a caminar, dejando que el movimiento se adaptara al fantasma de cada espasmo. Caminando empezó a cabecear y después de un rato decidió volver a la cama.
Acostado, entre sueños, oyó un crujido y sintió una breve agitación; apretó fuerte los ojos y decidió no dejarse engañar por los temblores de su cuerpo y el sopor nocturno.
La luz de la mañana siguiente abrió naturalmente sus ojos. Se paró y fue hacia el cuadro de la pared contraria que con apretar un botón le proporcionaría el desayuno del día. Se sentó en su mesa cuadrada y se dispuso a servirse un poco de fruta enlatada. Guardó el restante en un congelador cúbico junto al almacén. Se estiró, y vio como si se estirara también la luz verde que brillaba en la escotilla de vidrio sobre su cabeza. “Momento. Luz verde. No roja”. El corazón comenzó a palpitarle con gran fuerza. Ahora entendía el crujido de la noche anterior. Dos años habían transcurrido con lenta rapidez. El cerrojo estaba corrido. La puerta se había desbloqueado.
Luz verde. Sabía que se activaría cuando dos años hubieran llegado a término, pero ¿realmente habría luz verde en el exterior? Aquella crisis, que había empezado como una sombra en el muy lejano oriente, pronto se estableció de manera violenta alrededor del mundo, convirtiéndose en una pandemia de letales resultados. Damis dudó muy poco tiempo en utilizar su as bajo la manga. Dos años. Pensó que eso sería suficiente.
Toda clase de pensamientos comenzaron a invadirle. Quizás, a pesar de la luz verde, no podría salir, porque, como había visto alguna vez en un programa de televisión, él mismo no era más que un fantasma, aferrado al lugar que le vio morir. Quizá por eso no había salido en todo este tiempo, quizá no pudiera hacerlo. “Pero ¿Los fantasmas comen? Ciertamente no lo hacen. Tal vez no soy un fantasma después de todo”.
“¿Seguirá la pandemia en el mundo exterior? ¿Habrá si quiera mundo exterior? Y si lo hay, ya no estoy acostumbrado a él. Tal vez todo se pausó mientras me escondía y los dos años sólo hayan pasado para mí. Tal vez el mundo solo existe porque yo lo experimento y afuera hay un gran vacío que tomará forma apenas y abra la puerta. Pero ¿qué más da?”
“Bueno, después de fantasías de fantasmas y realidad, me pregunto si la pandemia ya habrá terminado”.
Damis sabía que tenía que abrir la escotilla y ver la realidad con sus propios ojos, sin embargo, no se atrevía a hacerlo todavía. Se pasó el día intranquilo, entreteniéndose a veces dándole alimento a sus historias de fantasmas, caminando alrededor del cubo más que de costumbre. Fue al baño cúbico, para distraerse leyendo un libro mas que para hacer sus necesidades, que, en todo caso, estaban desordenadas por la emoción. Su cuerpo respondía a la novedad.
Comenzó a oscurecer y a Damis le entró un ataque de pánico. ¿Qué tal si con la noche se iba su oportunidad de salir? ¿Qué tal si todo se esfumaba con las sombras? ¿Qué tal si todo era un sueño? Damis se fue a la cama temblando, y aunque la inquietud en las piernas no regresó, sí lo invadió un sudor frío por los nervios. Sin embargo, la luz encima de él brillaba todavía verde. Se aferró a esta luz y se quedó dormido del agotamiento.
Por la mañana despertó hinchado, como si hubiera llorado toda la noche, y en cuanto se puso en pie lo asaltó de nuevo la ansiedad. Antes de hacer nada más se acercó lentamente a la escalera que llevaba a la compuerta de vidrio al lado de la cual brillaba el puntito de luz verde. En cuanto llegó ahí se dio la vuelta como si algo lo empujara y lo corriera de ahí; lo intentó un par de veces más y terminó dando vueltas por el espacio, nervioso. “Tranquilo, tranquilo”. Hizo sus respiraciones. Exhaló.
Por fin pudo acercarse a la escalera y puso una mano temblorosa en un peldaño. Puso la otra mano. Un pie. El otro. Así subió lentamente hasta llegar arriba donde estaba el interruptor. Lo presionó. El panel de vidrio grueso se deslizó hacia su izquierda con un resplandor de luz blanca y el aire fresco inundó la habitación. Damis parpadeó y, dudoso, asomó la cabeza. El mundo tomó forma a su alrededor.

Nacida en la Ciudad de México y criada en el estado de Morelos, Nadia Hawk es una escritora, música y actriz mexicana. Interesada por el extenso universo de las artes, estudió la Licenciatura en Música en la especialidad de canto del Centro Morelense de las Artes; en el campo de la escritura se formó en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, así como en diversos talleres como: “Cocinando letras al gusto” impartido por Marta Roa, “Lo extraño y lo fantástico” impartido por Danaé Venegas, en el marco de Abismo: II Festival de Literatura Fantástica y “Corazón de la palabra” por Frida Varinia. Su amor por la literatura y la creación artística la llevaron a cursar el “Taller de guion cinematográfico” que impartió el cineasta Fernando Méndez Arroyo, además del curso “La filosofía de El Señor de los Anillos” bajo la guía de Jonathan Triviño Cuéllar y “Las maravillosas letras de la Tierra Media” con César “Ithildil” Martínez.
Ha ofrecido charlas como “Música y Lengua de la Tierra Media”, “Futuros distópicos” y “Viajes en el tiempo” como parte de las actividades de los festivales virtuales organizados por la escritora Yvy J. Martínez.
