Mi hermana Conchita no está. Tampoco Brígida ni Eréndira. Quizás lleguen más tarde. Leonardo y Cruz se apoltronaron en la carretilla que reposa en el jardín. Bien que los puedo devisar desde aquí, con sus risas a media voz para que no los escuche y se cuenten sus secretos sin que yo los conozca. Me asomo a la ventana pues no tarda en oscurecer; papá no aparece. Mi madre en la cocina va de un lado a otro. Huele a leche hervida con su gruesa capa de nata. Segurito que habrá chocolate caliente, segurito que también gelatinas.
Me aparezco en la estancia. El canelo deambula más allá del umbral. Con su cola de aquí para allá retoza una alegría a medias. Jalo el cerrojo y doy un paso afuera con intención de escuchar las confesiones de mis hermanos. La luz de media tarde resbala sobre los crespos cabellos de dos pequeñas. Un par de trenzas les cuelgan por los hombros. Juegan y preparan pasteles de lodo. Sus manecitas llenas de tierra limpian los mocos que prolijos les escurren. Me miran con asombro y corren hacia el jardín trasero. Quisiera ir tras ellas, pero tengo que encontrar a mis hermanos y aguardar la llegada de papá que no debe tardar más. Camino hacia la fuente en busca de mis peces dorados. El agua se ha ido y sus aletas translúcidas también. Un bulto del tamaño de un sapo se me atora en la garganta. Hace apenas unas horas los pobrecitos todavía retozaban. La sensación de una mirada en mi espalda me hace indagar hacia la reja. Un hombre encima de un caballo observa. Inclina la cabeza y se toca la orilla del sombrero como si intentara un saludo. Tomo la sobrefalda de mi vestido y ensayo una reverencia. Miro las florecitas bordadas en rococó de un rosa pálido a lo largo de la cenefa del lino crudo. Los gritos y empujones me recuerdan qué hacía junto a la fuente. El hombre encima del caballo desaparece. Cruz pone en la carretilla pétalos de rosa. Imagino que las flores de mamá se quedaron pelonas. El nimio perfume me hipnotiza y acepto ser parte de los juegos, de la algarabía. Monto encima de aquellas flores muertas, al tiempo que Leonardo ata al Canelo al frente de nuestro brioso carruaje. Los tres nos hemos convertido en un príncipe y dos princesas. Nuestro Canelo alazán cabalga a toda prisa hacia el pozo en los linderos de la casa. Una sombra furtiva apresura el paso hacia las escaleras. Oteo en el aire con el índice extendido: “¡Es papá!”. Mis hermanos lanzan buganvilias a mi paso y su color rojizo se me impregna en los labios, en las mejillas.
Sin hacerles caso, bajo a toda prisa de la carretilla y corro hacia la puerta en el patio trasero que da hacia la cocina. Me detengo en el quicio al notar que mi padre llora y manotea tratando de explicar. Mi madre permanece impávida, con un trapo de cocina entre las manos. Adivino la rabia que nace en sus ojos, como aquella que se le aparece en el rostro cuando cuenta una a una las traiciones del abuelo. Quisiera entrar y abrazarme a las piernas de papá, decirle “¡Qué bueno que ya estás aquí, Papaíto!” y, sin embargo, un grito se asoma desde el ciruelo y pronuncia mi nombre: “¡Catalina!”.
Voy al encuentro de quien me llama con fuerza solo para escuchar un ultimátum. “He venido a pedirte en matrimonio”. Me acuerdo de Andrés y sus manos sobre el piano. De sus maneras discretas al besarme los cabellos a escondidas, pero con mi permiso. Del disparo que le destrozó el omóplato izquierdo cuando salió en defensa de su hermano. Miro a Manuel con las manos empuñadas, con la sonrisa ensayada, con un cigarrillo entre los dedos y desde entonces, escucho mi nombre retumbar con odio en cada espacio de mi cuerpo en donde estuvo el suyo.
Cierro los ojos para no invocar su imagen y cuando los abro, un aroma a nardos llena toda la casa. Mujeres y hombres están devastados. Una muchacha de unos veinte años permanece sentada. Se seca las lágrimas con un pañuelo blanco. Otras mujeres tan jóvenes como ella, se apresuran a consolarla. Apenas comprendo sus murmullos: “Mi hermanito…”. Me acerco para mirarle el rostro, para no olvidar sus ojos profundos, su tez clara y amable. “Mi hijo, mi Manolito”, balbuceo apenas.
Un pesar en las entrañas me hace girar mil veces. Quiero huir de aquel lugar. Encontrar a mi padre para decirle que no puede entregar mi mano, que no me deje cometer aquella tontería. Camino a través del patio. Ahí están otra vez las niñas de trenzas. Me gritan “¡Mamá!”, me llaman por mi nombre. Huyo sin dejar de repetirles: “¡Yo no tengo hijas!”. Subo los escalones al pie de la puerta. Jalo el cerrojo y no puedo abrirlo. Me asomo por el ventanal y con los puños sobre el cristal suplico que me dejen entrar. En la sala, Cruz y Leonardo me peinan los negros cabellos. Trenzan en ellos una corona de flores. Mi padre me abraza. Promete que nunca dejaremos nuestro hogar, aunque sabe que nos marcharemos tres días después ante la amenaza de un marido ultrajado. Me entrega una caja envuelta en papel de seda. Aparecen los tacones del diez que usaba detrás del mostrador de la panadería. Acomoda en los bucles los azares y me deposita en las manos de Manuel a quien sugiere una promesa: “Cuídala”.
Todo gira en una rueda de San Miguel de espanto. Brígida y Eréndira sucumbieron a la viruela. Manolo no sobrevivió a un tumor putrefacto. Los reclamos de Manuel se suceden uno a uno como los hijos que nunca deseé, como las niñas que jamás quise. El vestido de lino se transforma en un mandil percudido. Las piernas torneadas se llenan de várices llagadas. Los dientes han caído uno a uno, al tiempo que los cabellos olvidaron su matiz azabache. Mi nombre aparece repetido en cada uno de los ventanales “¡Catalina!, ¡Catalina! ¡Catalina!

Olivia Guarneros, (Puebla, México) ganó el concurso “Mujeres en vida” (2017) el “Elena Poniatowska-Ventosa Arrufat” (2020); el “Quinto Concurso de Cuento Corto” Escritoras MX (2022); el Periodico Poético Plaquette de cuentos (2024). Mención Honorífica en el “Séptimo Premio de Periodismo Gonzo” (2021) y en el “Concurso de Cuento de Ciencia Ficción” del “Tercer Festival Semillas” UACM (2022). Es antologadora de Caleidoscopio: antología de minificcionistas poblanas. Ganó el estímulo PECDA en cuento 2020 y 2024.
