Con esto seguro que se compone

Mi hijo no habla y a mi esposa parece no importarle. Pero a mí sí me importa, por eso busco remedios que le hagan soltar la lengua.
He preguntado a los doctores y me dicen que es normal, que solamente lo estimule platicándole. Yo les respondo enojado: «¿Cómo eso lo va a estimular?». Ellos tuercen los ojos antes de responder, como si el que estuviera diciendo estupideces fuera yo. ¿Cómo eso va a estimular su lengua? ¿Sus palabras? Ni siquiera va a entender lo que le digo. 
Mi esposa dice que exagero y se enoja cuando hago ese reclamo con mi madre, con los vecinos, con sus padres. Se enojó cuando embarré chile en el chupón de su mamila. Nuestro bebé lloraba y lloraba tanto que parecía soltar palabras de auxilio; dolorosas, pero palabras, a fin de cuentas. Me hubiera encantado que dijera «ayuda» o «me quema», no por tener la razón, sino por ver curado a mi hijo. De todas formas no funcionó.
Seguí intentando todo lo que me sugería la gente. A escondidas le piqué la lengua con una espina de huizache, pero no tuvo efecto; le di té con miel pero me faltó que tuviera, mínimo, tres aguijones hundidos; también intenté con plátano espolvoreado con mucha canela; hasta sangre de culebra intenté darle. Solo conseguí que mi esposa se volviera a enojar y mi hijo tuviera diarrea.

*
Mi ex esposa está peleando la custodia de mi hijo, pero es mi hijo y no puede prohibirme pasar tiempo con él.
El juez me preguntó si le hice algún daño al niño. Yo respondí que no; que nunca haría algo que le hiciera daño. Añadí que me preocupaban las libertades que le daba su madre. Que los doctores no me hacían caso. Que mi niñito no podía hablar todavía y yo era el único que buscaba soluciones.
Al final declaró que tengo derecho de verlo, aunque sea, fines de semana. Mi alegría no se dejó esconder, mientras la mamá de mi hijo no dejaba de mirarme como cuando mira un sapo.
Siempre le cuento mis preocupaciones a quien sea. A mi madre, a mis vecinos, a la señora de la tienda, al viene viene, a mis ex suegros. Soy muy hablador. Por eso me preocupa que mi hijo no quiera decir ni una palabra. Mi madre cuenta que yo dije la primera a los nueve meses y mi hijo, en su año y medio, nada de nada.
No me importa lo que digan los doctores ni lo que diga mi ex esposa. Tengo el respaldo de la gente que me escucha y asiente cuando digo que algo anda mal con mi pequeño. ¿Y si es mudo? Lo pensé más de una vez, pero sí llora, sí balbucea cosas, quiere hablar, pero siento como si su madre, los doctores y su tía lo estuvieran consintiendo, facilitándole las cosas para que no tenga prisa por soltar la lengua. Me lo están haciendo flojo y yo nada más aquí: impotente, imagino cómo le dan comida al menor pujido que haga. 
No soy un padre malvado. Tampoco muy estricto. Solo digo todo esto porque siento que se acostumbrará y parecerá mudito. Ni cómo ayudarle si eso llegara a pasar. 
El otro día me hablaron de dos métodos que podrían ayudarle a hablar. Me dijeron que usara una llave cargada con luz de luna. Lo intenté ayer, cuando tuve de nuevo a mi hijo. Limpié la llave con incienso, pasé copal en su cabecita y con la llave recién cargada la noche anterior, la metí despacio entre sus tímidos dientes. Él se retorcía riéndose, sin decir nada. Imaginé que se sentía feliz porque su papá lo ayudaba. Su cabecita parecía la de un ángel, con aquella aureola de humo que se le había formado. Todo él parecía un pequeño ángel. Su sonrisa se deshizo en llanto cuando la llave le lastimó las encías. Parecía pedir ayuda. Casi pude escuchar un par de tímidas palabras gorgoteando.
No funcionó. Lo dejé descansar todo el día para que se enfocara en hablar un poquito, pero nada. 
Hoy, con su aureola de ángel casi fresca, sé que funcionará el último método. Es muy simple, solo necesito bañar una bala en alcohol con albahaca, chile y espinas molidas. Por si acaso, limpié la bala con incienso antes de bañarla durante una hora, para que se impregnen bien todas las propiedades punzantes en el metal. Miro a mi hijo sentado, jugando con unos cubos. Mudo. Me llena de tristeza verlo así. El proceso es simple: debo tomar a mi hijo, colocar la bala en el tambor y hacerlo girar. Confío en que el azar y Dios lo colmaran por fin de palabras.

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