APOLLO VI

Arthaud y su esposa aceptaron sonrientes el gotero de cortesía ofrecido por los robots en la sala de espera. Tener todo el dinero del mundo no estaba reñido con demostrar modales ante la servidumbre, aunque esta no apreciara tal gesto.
Eran los próximos en la lista, y si les quedaba tiempo después de la demostración, tomarían un Telepod a una de las lunas de Marte para visitar Granjas Deimos, otro destino anotado en el tour de comunidades cerradas para su retiro.
—Lo mejor que la riqueza pueda pagar, eso nos merecemos, Martha —dijo Arthaud antes de vertir las 5 gotas de agua en su sedienta lengua.
Los data centers seguían siendo negocio y Arthaud era dueño de varios complejos de datos en la república de Taured.
Uno de los robots se acercó a la pareja y les comunicó:
—Es su turno, acompáñenme 0por favor.
Martha y su marido caminaron detrás de la máquina que los condujo por un pasillo cuyas paredes eran proyectores holográficos que llegaban al techo.
El muro izquierdo mostraba un mapa mundial y una línea del tiempo que iniciaba el 2 de junio del 2056, día en el que la temperatura global superó los 1.5 grados centígrados. Luego, el ascenso progresivo del mar causado por el derretimiento de los polos. La nueva configuración del planeta, sin los territorios devorados por el océano.
El muro derecho proyectaba escenas de los ecosistemas perdidos y las especies extintas. Minúsculos sprays en el techo liberaron esencias a petricor, pasto cortado y estiércol para que la ambientación fuera efectiva.
El matrimonio se emocionó al instante al ver la extraña fauna con la que sus abuelos habían compartido el mundo. Esas Haráfas con sus largos cuellos o las diminutas Añañas con sus 8 patas. Qué rara y qué bella era la tierra en aquella época. El robot no los apresuró. Estaba programado para permitirles, e incluso invitarles, a ver la grabación. Estudios revelaban que el 55% de los clientes que veían el video completo concretaban la compra.
—¿Tienen comunidades con animales? —preguntó Arthaud al robot, mientras observaba con infantil emoción a un pequeño perro holográfico que depositaba una pelota inexistente a sus pies.
—Aunque es posible clonar a cualquier especie que existió en el pasado, no podemos recrear sus ecosistemas. Como usted sabe, mares, bosques y selvas ya no existen hoy en día. El agua dulce que no está contaminada se raciona entre las élites y no puede ser desperdiciada en animales de compañía. Entonces, la clonación de organismos no humanos es cara e innecesaria.
Martha observaba decepcionada las pantallas holográficas. Estos paisajes del pasado eran torpes recreaciones de las fotos en los compendios de biología que sus abuelos le mostraban cuando era niña. Aun así, los prefería a los amplios ventanales de su mansión que mostraban el consumido estado de la naturaleza. Desiertos interminables cubriendo el espacio en todas direcciones. Nada que ver ahí, sino polvo.
—Y entonces… ¿a qué vinimos? ¿Qué tienen para ofrecernos que sea mejor que viajar al espacio? —inquirió Martha, dejando que la nostalgia por un pasado que no conoció hablara.
La puerta de la oficina del vendedor se abrió de golpe y este se asomó coqueto para recibirlos. Les dijo:
—¿Qué tal un viaje a nosotros mismos? —Alzó la ceja derecha con gesto misterioso—. Han venido al lugar correcto si lo que buscan es asombrarse y maravillarse de nuevo. Vengan, adelante.
El matrimonio entró y el robot salió cerrando la puerta.
La oficina del vendedor era extremadamente lujosa, tanto que Martha pensó en pedirle el contacto de su decorador de interiores. Un escritorio de marfil. Sillas de mármol. Interiores de pared volcánica. Un pedestal de cristal sostenía su título al mejor cerrador.
El vendedor sirvió agua en dos vasos altos de concha nácar.
—No se preocupen —dijo—, está filtrada y libre de radiación.
La pareja agradeció el gesto.
Mientras ellos bebían lentamente, tratando de disfrutar al máximo el preciado liquido, él vendedor tomó la palabra:
—Amigos, sé que pareciera que nuestro hogar no tiene nada más que ofrecernos. Todos están migrando al espacio, y no los culpo. Marte ya no es muy diferente a la Tierra en estos días. Pero miren, lo que Vítreo Inmobiliaria les ofrece son paisajes como nunca antes han visto. Flora y fauna de una belleza inconcebible que solo los más privilegiados tienen derecho a experimentar. Experiencias que tendrán que ver para creer. Ofrecemos lo último en comunidades cerradas adaptables al estilo de vida de sus habitantes. Esta utopía tiene nombre: se llama EDÉN.
Y al decir esto, se abrió un compartimento en la mesa que materializó un holograma ante la pareja. El hombre y su esposa observaron extrañados la aparición.
El vendedor continuó con su pitch de ventas, sintiendo cerca la comisión:
—Es cierto, jamás podremos ver de nuevo los paisajes naturales de nuestros antepasados. Pero existen parajes igual de interesantes y maravillosos en nuestros propios cuerpos, amigos. Vastos bosques capilares con montañas de nieve sebácea suficiente para hacer angelitos de caspa. Océanos acuosos de arrecifes córneos. Cuevas auditivas y grutas nasales inexploradas. Estepas dérmicas donde corren libres los tardígrados… Todo aquí, sin salir de casa.
—Disculpe, no entiendo a qué se refiere —dijo Arthaud mientras observaba los cuerpos tridimensionales de tres hombres de sucio aspecto que flotaban ante sus ojos.
Martha tomó la palabra:
—¿Minificación? ¿Ustedes hacen minificación? Pensé que solo se estaba utilizando para transportar materiales de construcción a Marte.
El vendedor sonrió complacido y agregó:
—Sí, la minificación tiene usos militares y logísticos… Pero Vítreo es la primera empresa en darle un uso… digamos… habitacional.
Arthaud contestó, contrariado:
—¿Vivir… en humanos?
—Oh, no —contestó el vendedor—. Eso sería aburrido y anti ético. No, no, para nada. Creamos asentamientos minificados en cuerpos de indigentes y mendigos… Y como saben, los desposeídos ya no son considerados humanos. Pero basta de tecnicismos, amigos; permítame mostrarle nuestro Catálogo 2126.
Y diciendo esto, hizo un ademán y una de las figuras creció, mostrando a detalle características sobre el individuo. El vendedor continuó:
—Demetrio, 51 años. Gladiador. ¿Le gusta el box, señor Arthaud? Pero no el de robots… No, me refiero al viejo box, al buen box. Dos hombres dándolo todo para derribar a su adversario. Este hábitat fue un boxeador durante su juventud y ahora pasa los días ahogado en alcohol. Pero aun así, sabe dar buenos derechazos y lo hará con quien se interponga entre él y su vicio. Si le interesa, el paquete básico incluye la minificación y el condominio en el asentamiento Axilar. Demetrio es mi favorito. Yo mismo tengo un chalet en él. Vitreo consiente mucho a su fuerza de ventas, además tengo un palco sobre la ceja izquierda desde donde veo en primera fila las batallas de este titán.
La pareja no se veía muy convencida.
—Si no le molesta, nos gustaría ver otro —dijo Martha.
—Oh, ya —dijo el vendedor—. Por supuesto. ¿Qué tal este?
Eustorgia, 45 años. Errante. Perfecta para los que gustan de la aventura. Este hábitat se mantiene siempre en movimiento, por lo que sus habitantes podrán disfrutar de variados paisajes durante su estadía, además de conocer interesantes técnicas de supervivencia.
Ahora fue Arthaud a quien no le agradó la idea de viajar constantemente. Estos eran sus años dorados, sus bodas de diamante. Quería que los últimos días de su vida de jubilados fueran tranquilos. No trepados en esta loquita del centro. El solo hecho de pensar en escuchar el tintineo del carrito de súper robado le llenaba de asco.
El vendedor deslizó el catálogo a la derecha y presentó el siguiente hábitat:
—Arnulfo, 61 años. Sedentario. No se espanten con su edad. Este hábitat goza de buena salud y, aunque no se mueva con regularidad, posee abundante vello corporal, por lo que es un paraíso para los colonos que gustan de practicar escalada de cuello o senderismo epitelial.
La esposa dio un par de palmaditas en la rodilla de su esposo y le dijo:
—Este me gusta. ¿Te imaginas el invierno paseando en esa maravillosa cabellera ceniza?
El vendedor, que reconocía estas perlas de lenguaje corporal, mencionó rápidamente una de las amenidades del complejo para amarrar de una vez la venta.
—Señor, la compra de este condominio incluye un permiso de cacería de piojos.
Al hombre le brillaron los ojos, pues nunca había tenido la oportunidad de practicar la caza. Ahora sí podría.
Arthaud dijo:
—Tengo preguntas… ¿Ellos saben que vivimos en ellos? ¿Están conscientes de que son vehículos de civilizaciones?
—No, para nada. Y eso lo hace mejor, ¿sabe? ¿Para qué ver documentales sobre cómo sobrevive el otro 99% restante? Si podemos verlo todo con nuestros propios ojos. Todo desde una ciudadela intradérmica, atendida y mantenida por nanobots.
—¿Son estos todos los modelos? ¿O tiene algo mejor?
—Oh, ya veo, un hombre que va por todo. Me gusta.
El vendedor hizo un movimiento de manos como si cambiara la hoja de un libro gigante y el monitor mandó a negros la proyección del hábitat anterior, que mostraba el amanecer visto desde el mirador en la nariz. Apagó las luces. Odiaba el show, pero era lo que ponía el agua en la mesa.
—Este es… Apolo. La pantalla se iluminó de nuevo mostrando la vista cenital de una espesa selva tropical en cuyo centro se erigía una mansión de muros de cristal. Luego, zoom a un cuchillo de cocina cortando verduras rápidamente sobre una tabla de madera. Un sartén cocinando la mezcla de legumbres bajo la potente llama de la estufa. El androide aspirando el aroma de los alimentos con su nariz falsa y agregando una pizca de pimentón antes de emplatar. Un par de androides preparando la mesa en un comedor de mármol. Dos más descorriendo la cortina de seda, dejando la puesta de sol en la selva como acompañamiento para la cena. Una figura desnuda de porte elegante toma asiento en el comedor y come sus alimentos lentamente, bañado por la luz del atardecer.
—A diferencia de los desposeídos que les he mostrado, Apolo es un hombre sano y sin vicios, criado en un entorno aislado, donde posee todo lo necesario para sentirse cómodo y entretenido. Pero eso no es todo. Mediante un desequilibrio químico controlado se desencadenan problemas existenciales. Lo que lleva a su anfitrión a cuestionar su realidad. ¿Se imaginan? No solo vivirán en su hermoso cuerpo, sino que también presenciarán la película de su vida mientras intenta escapar del mundo de mentiras que lo mantiene prisionero. Cada nueva iteración, una historia diferente. Aunque siempre el mismo final: cena, baile, show.
—¿Cuánto cuesta?
—Veinte millones de litros de agua, señor Arthaud.
Al hombre le pareció un precio justo. El vital líquido era ya tan escaso que solo las élites podían permitirse adquirirlo y almacenarlo en sus presas privadas. Con la minificación ese problema se acabaría, puesto que cada condominio poseía las tuberías para instalar un purificador de sudor, que obviamente se vendería por separado por unos millones extra.
—¿Por qué no hay fotos del hábitat completo como de los demás? No viviré en cualquier cuerpo.
—Porque los especímenes seleccionados para estos hábitats son premium, señor Arthaud. No padecen dependencias químicas, enfermedades crónicas físicas o mentales. Para ver su rostro tendrán que pagar por lo menos el anticipo. La lista de espera es larga, pero si pagan de contado tendrán disponibilidad inmediata, con el pequeño precio de la incertidumbre, claro está.
—¡Lo tomamos! —dijeron ambos, y firmaron juntos el contrato.

***

El resto de los habitantes de la Tierra se congregaban como ratas bajo las ruinas de las ciudades cuando llegaba la noche. Era necesario, pues la ausencia de capa de ozono y la corrupción de la atmósfera de la Tierra dejaban cruzar los gélidos alientos del vacío espacial. En gigantescas cámaras subterráneas se guarecían hombres, mujeres y niños, compartiendo su calor para sobrevivir cada día.
Un zumbido mecánico resonó en la cima de la bóveda, y los humanos se apartaron como cucarachas huyendo de la luz. Una grieta se formó en el techo, que luego se desmoronó revelando a los buscadores de alimañas. Tres esferas centinelas entraron en la guarida humana ante los gritos de la multitud enardecida. Con luces verdes y rojas escanearon los cuerpos de los humanos buscando al espécimen más apto.
Detrás de un hombre de mirada enfurecida se encontraba el sujeto indicado. El hombre de la mirada enfurecida se abalanzó contra las esferas, pero una de ellas evadió su ataque fácilmente. La otra emitió un flash amarillo que tocó con su luz al hombre, desintegrándolo, y de paso, dejando ciegos a todos los que vieron el destello. La tercera esfera lanzó un inmovilizador térmico al joven, quien cayó indefenso abrazado por el calor del artefacto.
Los tres captores se elevaron en el aire, llevando consigo al nuevo Apolo de regreso al Olimpo.

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