I
Ayer se me agotaron las mañanas
Las oí gritar
al ritmo de mi ropa descendiendo lo de cuatro pisos
hasta la calle
algo sobre la incapacidad del hombre contemporáneo
para enfrentar adversidades
como las recesiones económicas
o los turnos de sol a sol
mientras
los vecinos tiraban la basura
y un perro se empeñaba en dar caza al recorrido de su cola
y el pronóstico del tiempo
nos señalaba la falta de tiempo
para arrepentirnos por los pecados de nuestros padres
Las oí jurar
que me parezco demasiado a su padre
y al mío
y decirme que están cansadas
de la persona en la que me he convertido
desde que decidí dejar todo a la palabra de Dios
siendo yo un agnóstico irremediable
un pecho frío
un autómata
(haciendo énfasis en lo de “autómata”)
y deteniéndose
antes de que pudiera señalar
lo mucho que se parecen a su madre
y a la mía
porque luego de eso sería demasiado difícil
encontrar un lugar apropiado para las reconciliaciones.
También las vi llegar
sin mí
a la boda de sus sueños
como una premonición
y a las huellas de su sombra
estampadas sobre la línea costera del Pacífico.
Después gritaron
algo que finalizó en “animal”
y tuve que retirarme
buscar una pensión
dedicar mis tardes a eso de alimentar palomas
asegurarle al futuro que no las extraño
que, si me encuentra mal,
está bien
(sencilla y llanamente bien)
que hoy es algo exagerado sospechar
que uno se pueda morir de amor
o de falta de ganas
o de tiempo
o de un cambio de ropa hecho a la medida
para funerales especiales
(como este
que se me ahoga entre las manos).
II
Un paradero donde apenas caben tres
en medio de una gran ciudad.
Mejor dicho: una multitud de paraderos
con idéntico diseño
esparcidos a lo largo de las avenidas principales.
(Mejor grito).
La carne me pesa
y el cielo se hunde entre escaparates lacónicos
(de esos que parpadean)
y las tardes acaban en lugares recónditos
(entiéndase inaccesibles)
y la vida avanza a gatas
como amortiguando la espera
Como si la determinación
tuviera hueco después de la incertidumbre
y afuera
(ay, afuera)
la sangre y el vaho pudieran retroceder.
III
Cuando le pregunto “¿qué somos?”
ella responde “nada”
y vuelve a contemplar el horizonte
Entonces abrazo al silencio
con el borde de la lengua
y pienso “salud”
Porque es la decisión más sensata
ahora que anochecemos crédulos
Ya a kilómetros de la superficie
Otra vez sopesado el castigo
de la fragilidad
Porque es durante esta hora
donde su perfil queda enmarcado
entre lo que parecen dientes multiformes
de una quijada abierta hacia el infinito
cuando menos entiendo
cuánto me dice el aire de las palabras
Hecho que le agradezco
a Dios
a ella
al Dios de ella
a las constelaciones
Ya sin vértigo
y con la piel lastimada
pero sutilmente bendito
o libre.

Fausto Acevedo (1996), actual alumno del Centro Morelense de las Artes en la carrera de Creación y Estudios Literarios, nace en Ayala, Morelos, y pasa buena parte de su vida leyendo y escribiendo de manera amateur. No tiene antecedentes editoriales, pero busca adquirir experiencia en el campo del realismo sucio y, quizás de manera contradictoria, en la experimentación formal a través de cuentos, poemas en verso libre y distintas greguerías.
(“Pásele, llévele o encuentre dónde sentirse cómodo. Tenemos tiempo de sobra para eso”)
