En 1979, Catalina, mi madre, cumplió dieciocho años. Era trabajadora social para el gobierno del Estado de México en la CODAGEM , una oficina de nueva creación ubicada en la capital cuyo propósito consistía en promover e impulsar el desarrollo rural del Estado, así como el trabajo agrícola y ganadero. Gestionado todo lo anterior desde filas de escritorios, rodeados de mamparas, acomodados en perfecta armonía, uno tras otro, sobre un reluciente piso de mármol que era pulido dos veces por semana. A la sazón el país era gobernado por los nietos de los caudillos sobrevivientes de la Revolución que terminaron con la dictadura de Díaz, los militantes del Partido Revolucionario Institucional.
La mañana del viernes 22 de junio, entre sus pendientes, mi madre encontró un “Oficio de Comisión”, que es como se denomina a la autorización de los servidores públicos para realizar actividades fuera de su lugar habitual. A ella, junto con todos sus compañeros, les solicitaron apoyar a sus respectivos ayuntamientos municipales. Era la semana previa a las elecciones de Diputados Federales, se elegirían por primera vez a través del voto ciudadano, libre y secreto, 300 representantes del Congreso. Encargados, entre otras arduas tareas, de elaborar, aprobar y modificar las leyes.
Al lunes siguiente, Catalina se presentó en el Ayuntamiento de Villa Guerrero, ante el honorable ciudadano, Enrique Torres, apodado “el Tintal” porque el color de sus ojos recordaba a los hongos que nacen en cada temporada de lluvias. De las seis personas que fueron asignadas, él era, además del mayor, quién poseía el cargo más alto, Asesor Agrícola. Su posición de líder no fue cuestionada, se encargó de organizar por parejas el cumplimiento de la misión. Llevó a todos al archivo municipal, un salón ubicado en el sótano del edificio. Varios estantes llenos de libros rodeaban dos pequeñas mesas, el olor a humedad aderezado con chillidos de roedores inundaba el ambiente. Apenas se podía respirar, no había ventilación, un pequeño foco con cadena se encargaba de iluminar la estancia.
La tarea era sencilla, una persona tenía que dictar el nombre que aparecía en el libro asignado, la otra tenía que escribirlo en una lista para después llenar dos boletas de acuerdo con las instrucciones que se les dieron: En la boleta de emblemas, tachar el que dice PRI. En la boleta de candidatos, tachar al candidato que pertenece al PRI. Doblar ambas boletas y depositarlas en la respectiva urna sellada. Durante cinco días consecutivos, de ocho de la mañana a ocho de la noche, se estuvieron emitiendo con anticipación los votos de los villaguerrenses. “El Tintal” dictaba y mi madre anotaba, tachaba y doblaba.
—José Bernal
“Lo vi el domingo en misa” pensó ella.
—Serafin Ramos
“Su esposa hace un pan riquísimo”
—Sabina Trujillo.
Mi madre parpadeo al escuchar el nombre.
—¿Perdón? —Preguntó mi madre.
—Sabina Trujillo —Repitió Torres— ¿El encierro ya te afecto?
—Pero Sabina Trujillo falleció hace más de un año, mis padres fueron padrinos de su cruz.
—Ya terminamos con los libros actuales, ahora tenemos que terminar con el libro de actas de defunción —Sentenció.
Paso el resto de “la misión” asqueada, con pensadillas en las que Doña Sabina con un rosario entre sus manos le reclamaba por robarle el voto, a veces la soñaba con su mantilla para ir a la iglesia, no le veía el rostro, pero sabía que era ella. Cerrada la puerta del archivo nadie podía entrar o salir. No había horario de descanso ni tiempo para comer, no hizo falta, lo nauseabundo de la situación ahuyentaba el hambre.
El sábado, antes de las elecciones, las cajas prellenadas de votos fueron trasladadas a las diferentes rancherías. El domingo la radio se colmó del furor de los presentadores Estamos viviendo un ejercicio histórico que sentará las bases de nuestra democracia.
No fue ninguna sorpresa que el PRI ganará 296 de los 300 curules que se disputaban. Parte del reinado de más de noventa años, en el Estado de México, se asienta sobre una militancia fantasma. En México nos gusta reírnos de la muerte y al PRI burlarse de los muertos.
Mi madre no fue a votar aquel 1 de julio de 1979, ni en las elecciones subsecuentes. Puedo ver que la culpa aun la persigue cuando en temporada electoral evade el tema apenas mencionan a los candidatos o sus propuestas. Cada que le hacen la invitación para asistir al mitin de algún partido a cambio de un impresionante kit compuesto por una bolsa de mandado, un tortillero y un exclusivo mandil con la cara serigrafiada de un extraño, cierra la puerta en la cara de algún pobre enchalecado que solo cumple con su trabajo.
—¡Pero no se le olvide ir a ejercer su derecho al voto este domingo! —Escuché que le gritaba ingenuamente una víctima de sus portazos.
—¡Ya lo hice, hasta el tuyo habré puesto! —devuelve el grito.

(Villa Guerrero, Estado de México, abril de 1994). Ingeniera de formación, actualmente cursa el tercer semestre de la Licenciatura en Creación y Estudios Literarios en el Centro Morelense de las Artes. Inició su formación artística en 2021 con un diplomado y un taller de cuento en la Escuela de Escritores del Estado de México “Juana de Asbaje”. Ha complementado su preparación literaria mediante talleres y cursos independientes, entre ellos los impartidos por Alberto Chimal y Dahlia de la Cerda en la plataforma Talleres de Bolsillo.
Escribe desde la infancia y su práctica literaria se centra en la creación de cuento, influenciada por el realismo y por la obra de autores como Jorge Ibargüengoitia, Elena Garro y Rosario Castellanos. Su búsqueda creativa explora la observación de lo cotidiano, las relaciones humanas y las tensiones entre la experiencia íntima y la realidad.
