El gran desastre

Cuando un amigo me dijo que era imposible que la humanidad, con su tecnología actual, erradicara toda la vida del planeta, me lo tomé como algo personal. Quería demostrarle que se equivocaba. Realizar el Sundial de Teller o una bomba de cobalto resultaba demasiado costoso. Utilizar satélites y láseres para desviar cuerpos celestes requeriría una colaboración imposible. Diseñar una enfermedad universal, capaz de infectar a todos los organismos, era inviable. Así que opté por la única alternativa que consideré realmente posible: reemplazar toda la vida existente en el planeta.

Una erradicación seguida de un génesis. Si la Gran Oxidación no es vista por muchos como una extinción, ¿por qué los seres que nos sucedan verían distinto este cambio? Me tomó diez años de investigación y experimentos, pero lo logré: una bacteria de quiralidad inversa, autorreplicable por fotosíntesis. No existe medicamento ni defensa biológica contra ella. La esparcí en los principales aeropuertos del mundo. Poco a poco, la nueva biomasa saturó el aire y el agua, invadiendo cada cavidad y membrana de los organismos existentes. Plantas, animales, hongos, humanos. Toda la vida del planeta terminó en siluetas hinchadas y translúcidas, deformadas desde dentro. La humanidad creó su último refugio en búnkeres subterráneos, con interminables pasillos de desinfección. Incapaces de volver a la superficie, viven ahora con el miedo constante de que una sola bacteria los aniquile. Solo espero que mi amigo esté vivo. Ese mensaje de “te lo dije” aún tiene que leerse

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