Al llegar al pueblo, mi deseo fue conocer los monumentos y parques que hubiera. Hacía más de 15 años que salí siendo niña. Emocionada dirigía la mirada hacia todos lados. Hasta ahí no encontré ningún monumento. Me llamó la atención que las construcciones antiguas parecían nuevas, con el brillo de una estrella. ¡Ah!, es porque ahora es un pueblo mágico, donde se resalta lo antiguo. En contraste, las construcciones nuevas parecen antiguas, lucen despintadas, con jardines secos, sin flores, sin pasto, sin araucarias.
Al llegar a un jardín, bajo la sombra del único fresno que divisé a la redonda, me senté en una de las bancas, ahí dormitaba un anciano, con harapos, con bultos de lo que parecía ropa o trapos. Estaba descalzo, sucio y vestido con ropa encimada, con una barba enmarañada y el pelo hecho nudos. Tenía un celular moderno en la mano sucia con uñas largas, muy largas. Sorprendida lo saludé con respeto. El anciano apenas me escuchaba. Con voz muy apagada contestó:
―Buenas tardes sirena.
Confieso mi asombro por haberme dicho sirena; a mis dieciocho lo común es que le digan a una: princesa, o guapa, o linda. Con premura pregunté:
―¿Señor, por qué me dice sirena? ―El anciano contestó:
―¿Alcanzas a ver ese llano?, todo ese espacio lo ocupaba la laguna que era alimentada por dos ríos. Una mañana de invierno cuando pescaba, después de tomarme unas cervezas, sujeté fuerte la caña, un pez grande había picado el anzuelo. Jalé y jalé. Mi lancha casi volcaba, hacía olas con tanto movimiento. Yo sudaba a mares. La sal de mi sudor entraba a mis ojos y yo sin poder limpiarme el rostro; no podía dejar de jalar el anzuelo. Resultó imposible, no avancé ni un milímetro. Desistí de mi deseo de ver al pez grandísimo. Ese recuerdo lo tengo fresco en la memoria. Era una gran presa que no logré sacar del agua.
Siguió un momento de silencio. Insistí al anciano continuar con su relato, creí que me diría haber capturado una sirena. Él continuó:
―Unas horas después de haberme dormido en la lancha, tiré nuevamente del anzuelo. El sol de las tres de la tarde se estrellaba en mi rostro. Sentí una sed incontrolable. ¡Oh, dejé la cantimplora en tierra! No puedo volver sin un pescado.
El anciano se carcajeó. Yo secundé su risa.
―¡No molestes muchacha! ¡Espera a que te cuente el final de la historia y entonces ríes a carcajadas! ¿No ves que casi gano la partida? Contestó sin quitar la vista a su smartphonne.
―Perdone señor, prometo no molestar más. Solo que, realmente me interesa la conversación tan agradable que sostiene conmigo, creo que usted era un gran intrépido; su relato es tan creíble, tan descriptivo… Me emociona imaginar lo que pudo haber sucedido. Pero no deseo interrumpirlo, volveré luego.
Sin voltear a verme, el anciano contestó:
―Es mejor si ya no vuelves, sirena.
Estaba abstraído en su juego. Me ignoró. Entendí que se había agotado su desgastado cerebro por tanto jugar, que era presa del sueño.
Me alejé. Dejé al anciano con su moderno entretenimiento. Yo creí que podría contarme una linda historia de cuántos peces capturó. Si su familia lo esperaba en casa para comer un pescado frito. Si lo sorprendió una tormenta y su lancha de pesca se hundió y perdió su fortuna, pero salvó la vida. Quizá por eso, ahora es casi un vagabundo alcoholizado que cuenta historias parecidas a delirios.
Continué mi recorrido. Un niño de unos diez u once años, formalmente vestido, pasó cerca. Llevaba a su perro con correa. Le pregunté:
―¿Puedo pasear con ustedes?
―No, no voy a pasear a mi perro. Realmente voy a comprar el diario. Lo leeré mientras saboreo un café capuchino en el “Grano de Oro”, ¿lo ves? ¡Allá a tu derecha! ―dijo señalando con su dedo índice la cafetería rodeada de mesas y sillas que se antojaban cómodas.
Continuó diciendo:
―Ahí nos reunimos chicos y chicas de mi edad. Comentamos y grabamos los sucesos más relevantes que acontecen en nuestras familias, en nuestra escuela, con nuestros maestros, en las calles de nuestro pueblo. ¡Ah!, y en el mundo. Con ello pretendemos generar crónicas, para que, en el futuro cuando seamos ancianos, alguien las lea y escuchemos todo lo que existía en nuestra niñez, en nuestra juventud, entonces nos divertiremos, sonreiremos, tal vez nos enojaremos y puede que, en el peor de los casos, recordemos con agrado a quienes ya hayan muerto. Realmente ese es el objetivo al hacerlo. ¿Te nace hacer algún comentario? ―dijo, mientras acomodaba su visera hacia la nuca. Sin esperar a mi respuesta continuó:
―Pero si gustas, puedes ir a platicar con aquel borracho ―Señaló al anciano con el que yo estuve sentada.
Continuó:
―Aquel hombre terminó de pordiosero porque se obstinó en pescar un enorme pez, sin que hubiera habido peces, tampoco laguna, nunca existió. Lo que fue verdad es que por borracho lo perdió todo: familia, esposa, hijos, casa. Pero siempre cuenta que su anzuelo picó un pez que no pudo sacar por ser tan grande y pesado. Para alejarlo con sus invenciones, le regalamos un smartphonne y le enseñamos las aplicaciones de los videojuegos, así, nos libramos de sus impertinencias.
A ti te podemos invitar a nuestro grupo, serías la mayor de todos. ¿Aceptas?

Nació en el municipio de Texcoco, estado de México, ahí vive desde hace más de sesenta años. Su reciente ingreso al mundo de la creación literaria llevada de la mano por maestras y maestros ocurrió al inicio de la pandemia del covid19, lo que coincidió con su retiro laboral. Inició con el taller “Mujer escribir cambia tu vida”, incursionó en la poesía y posteriormente en novela autobiográfica y cuento.
Acostumbrada a la escritura técnica, ha encontrado en la creación literaria la forma de transmitir sus sentimientos apoyada con los talleres virtuales de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay y del Centro de Desarrollo Comunitario Los Chocolates. Participa en dos grupos de lectura y escritura creativa del estado de Morelos.
