Lo suyo, lo suyo

La buscaban para pedirle consejo. En cuanto hablaba con alguien, entendía de inmediato la causa de su sufrimiento y ofrecía encomiables recomendaciones. Estaba decidida: sería psicóloga, una gran psicóloga. Lo suyo era el psicoanálisis… ¿O era psicoterapia? Ya lo descubriría en las aulas.

De joven tuvo que posponer el sueño de cursar una carrera profesional debido a la prematura muerte de sus padres. Luego, sin tomar conciencia del paso del tiempo, se vio casada y, en el sexto mes de embarazo, quedó viuda. La herencia estipulaba que los bienes de su esposo pasarían a manos de su único hijo cuando él se casara.

Ahora, recién cumplidos los sesenta y cinco años, sabía que esa convocatoria para ingresar a la universidad era su último tren. Juntó la documentación requerida y se preparó para dar un giro a su existencia. Lo primero sería comunicar sus planes a hijo y nuera.

—¿Estudiar a tu edad, mamá? No seas ridícula. ¡Por Dios!

—Nunca es tarde para estudiar, Serafín.

—¿Con qué objeto? ¿Estudiar, recibirte y luego trabajar? ¿Necesitas más de lo que te doy?

—No es eso, mijo. Has sido muy generoso conmigo. Sólo que a veces no quisiera molestarte cada vez que requiero algo.

—Entonces, pídame las cosas a mí, señora.

A veces lo he hecho, mijita. Entiéndanme, por favor. Quiero sentirme útil y cumplir un viejo anhelo. ¿Tiene algo de malo?

—Sí, mamá, claro que lo tiene. Lo que pasa es que sólo piensas en ti. A ver, dime, si te pones a estudiar, ¿quién va a recoger a tus nietos del kínder y quién les va a dar de comer?

—Mientras yo pueda, hijo, con gusto lo haré. Claro que si apruebo el examen de ingreso…

—¡Ay, señora! ¿De qué sirvió inscribirlos en la escuela que está a unos pasos de su casa? Y mire ahora con lo que nos sale.

            El gran día había llegado. La cita para entregar documentos y recoger la ficha del examen era a las cuatro de la tarde. Previendo cualquier contrariedad salió de casa a las doce. A esa hora casi no había pasajeros en el metro. Una pareja de ancianos se alejaban por el andén tomados de la mano. Recuerdos imprecisos acapararon su atención: ella y su marido caminaban abrazados por las veredas de Chapultepec, sin saber que pocas horas después él moriría.

            Al salir de la estación se detuvo en un puesto de libros de segunda mano. Le llamó la atención una portada con el nombre de su escritor favorito. Cuando visitó Cuévano lo conoció en persona y le autografió algunos de sus libros; lloró al enterarse de su muerte en un accidente aéreo. Estaba segura de haber leído toda su obra y, sin embargo, no recordaba título tan sugerente, tan escatológico, para lo que, a primera vista, parecía ser una novela. Pagó por ella sin regatear el precio y la hojeó; ya quería estar en casa para empezar a leerla.

La foto del escritor en la solapa le recordó a su primer jefe cuando hojeaba con sorpresa los memorándums y presupuestos que ella le corregía y hacía legibles, así como sus frases elogiosas sobre lo bien que se le daba la escritura. ¿Inscribirse en filosofía y letras? No era mala idea. Después de todo, era una devoradora de libros y no cantaba mal las rancheras en el arte de arrastrar la pluma. Sería escritora, una gran escritora. ¿O acaso directora de publicaciones de un importante sello editorial? Lo suyo eran los libros y las letras, sin la menor duda.

Durante el trayecto al lugar de la cita caminó entre asoleados jardines. Ya se veía dando terapia en un elegante consultorio de Polanco con la agenda a tope. Creo que a la sala de espera le vendría bien un mobiliario minimalista con mis títulos y certificados. El trote de sus fantasías no paraba: ahora imaginaba a decenas de admiradores haciendo fila para que les firmara un ejemplar de su última obra. ¿Alcanzarán los libros que trajo la editorial? Otra línea, igual de larga, le aguardaba: jóvenes con documentos bajo el brazo y rostros que denotaban nerviosismo, expectativas, sueños.

Con la mayor discreción se formó al final de la cola. Pronto comenzaron a llegar más personas; la hilera se extendió por la avenida hasta rebasar el recinto universitario. Cuando empezó a moverse, unos gritos lejanos y un movimiento inusual llamaron su atención. Por más que enfocaba la vista no lograba distinguir lo que estaba ocurriendo. Miró para otro lado. El barullo continuaba. Al ponerse las lentes vio que un hombre maduro le hacía señas con los brazos extendidos. Todos los muchachos la voltearon ver. Le incomodaba ser el centro de atención. Pensó que, con toda seguridad, se preguntarían qué hacía una abuelita como ella en ese lugar.

Al acercarse vio a un hombre atractivo. Mayor, sí, pero de buen porte y finos modales. «No pierda tiempo allá. Este espacio esta reservado para las personas de la tercera edad», dijo el caballero de voz grave, mientras señalaba un letrero con siluetas de ancianos. «Qué amable es usted, señor», le dijo sonriendo con gratitud. Al instante sintió una afinidad inesperada hacia aquel hombre de ojos negros, piel morena y pelo entrecano, sin un cabello fuera de su sitio. Debe ser una persona de convicciones firmes, encantadora. Mientras avanzaban hacia a los módulos de servicio continuaron charlando. Supo que era viudo, que había estudiado contabilidad y que recientemente compró un rancho. Amaba el campo, la vida silvestre, el aroma a petricor. Le gustaba hacer experimentos con plantas; desde niño había logrado injertos muy celebrados por sus maestros. Pretendía estudiar agronomía para darle cauce a sus aptitudes. Qué maravillosa sonrisa y qué pancita tan simpática.

–Y usted, Remedios, ¿a qué carrera se va a inscribir?

Tardó un segundo en responder. Repasó mentalmente el rancho, los injertos, las tierras húmedas después de la lluvia, la casa principal y su acogedor porche.

–Lo mío, lo mío, Juan Antonio, es el campo; aspiro a ser algún día ingeniera agrónoma.

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