Psicografía y otros poemas

Psicografía

Espérame en el cielo, corazón

si es que te vas primero…

Tarareo mientras cae

la última gota de la ducha.

Oteo las uñas de mis pies

a contra tiempo

confundo la bañera con mi torso.

Me acicalo

para la clase de narradoras caribeñas

con Mayra Santos-Febres.

Cariátides, cimborrios, claroscuros,

ciudades que me pertenecen

Spokane

Río Piedras

Cuetlaxcoapan

y sus ríos.

La ciudad de la tribu del sol

con parking para bicicletas

con puentes donde las mujeres

no piensan dos veces para suicidarse

despiertas

con los muros firmes

dispuestas al atardecer

para ser ciudad y pueblo

y su río

Spokane.

Verde es el espacio que habito

de día.

Mi carne está ya suave

se arruga, tibia,

a contraluz.

Repaso mis andares por la ribera

del Alseseca

entubado.

Camino muy cerca de los puentes

que conectan nuestros cuentos.

Cuetlaxcoapan, las flores;

Río Piedras, la lluvia;

Spokane, codornices.

Detengan todos los aviones

y los barcos que se queden donde estén…

La memoria aguanta dos canciones:

Pedro Vargas y Silvana Estrada.

Me unto crema y me voy.

Los ríos rompen murallas.

Vislumbran viajes

desde todos los ángulos.

Propiedad ajena

Anoche caminé hasta Fine Arts

de Hato Rey

para ver el documental

del cineasta boricua José Manuel Dávila Marichal

1950 La insurrección nacionalista

1934. 1948. 30 de octubre.

10 de noviembre. 1950. 1954. 1952.

Ponce. Carlos. Ricardo.

Muchos Díaz de estos.

Utuado. Mayagüez. Peñuelas.

Jayuya. El Viejo San Juan. Pepino.

Camino la Plaza de Colón en silencio.

Aparecen —en mí— recuerdos que nunca viví en La Perla.

Oigo los disparos a mansalva.

La policía colonial grita sin órdenes.

(Ellos también son plural).

Ellos también son puertorriqueños.

Blanquean su destino y les sale el tiro por la culata.

Desaparece —en mí— el deseo de hablar.

Si nos quitan la voz desaparecemos.

La calle. La calor. Los mosquitos.

El balance entre la piel que me protege

y la que me maldice.

No hay aires acondicionados.

2016. Las naciones unidas y esa confirmación

que sabe a rabia y tristeza:

co-lo-nia

única estrella que se teje en tu bandera

con el quinqué que acabas de encender.

Carlos Albizu, loco.

El padre de Ricardo, loco.

La madre de Ricardo, presa.

Ricardo Díaz Díaz.

Las voces de sus padres.

Los gritos se han convertido en suspiros.

en el río de piedras negras.

piel que es fuerte y es senda.

Voy al mar con la misma justicia de los Díaz

con la misma bulla del primero de mayo,

con la misma esperanza de un jugo de china natural

en Santurce

con el mismo revolú que causa una ñapa 

en la cueva del mar.

Oigo los disparos

—a mansalva—

de la policía colonial.

Desaparece el deseo de hablar.

La voz de mi padre suspira.

Travesías seminales

El pueblo mexicano tiene dos obsesiones: /el gusto por la muerte y el amor a las flores.

-Carlos Pellicer, Discurso por las flores

Frutezco.

Se frutece después de florecer.

Hay flores de un día

que duran más que las personas marchitas.

La vida es un campo de flores arrancadas de raíz.

Laberintos, círculos concéntricos,

cajas chinas, matrioshkas resucitadas.

Continuo florecer que forma espejos de tierra.

¿Las flores también esperan?

Penetro la tierra donde habito. Florezco aquí y allá.

Soy la flor resucitada de los fuegos del silencio,

la pasión de una historia trasatlántica,

el punto focal de la memoria.

Casi todos los días camino por una calle llena de baches;

todo parece un resabio de la Guerra de la no reelección.

En ambas aceras han florecido, tercas, flores de veinte pétalos.

Los cempasúchiles reverberan la historia,

anacrónicos, distópicos, anormales.

Copan en octubre los campos de Cholula.

Algunos comienzan a florecer en septiembre.

Y en esta calle

ha florecido un ramito anaranjado

la única pasión de mis ojos entornados

a pesar de los pasos de adolescentes mudos y jorobados.

En los años sesenta del siglo pasado,

la gente de Puebla de los Ángeles sembró jacarandas

por todos los fraccionamientos del sur.

Buscaban borrar la vergüenza

de haber partido de los portales

a la periferia.

Las jacarandas mienten y aman al mismo tiempo.

Dejan en su florecimiento la prueba de su existencia

alfombras y bufandas purpúreas

a pesar de la ciudad.

¿Qué flores sembraremos cuando hayamos olvidado nuestros nombres?

Cada diez días voy por gerberas al mercado de Santa María Xixitla.

Australes, parecen margaritas gritonas o heliotropos tímidos.

Iluminan el rostro de cualquiera.

Son sencillas y afables,

puestas para aquel que se adentra en el laberinto

del curso del augurio.

En la casa, el quirófano o el bosque necesitan de un sostén

para mirarlas.

También parecen amapolas

y quieren serlo todo,

pero el sol no les ha dado suficiente poder

de camuflaje.

¿Qué flores seremos cuando hayamos olvidado nuestros nombres?

Las lavandas se han puesto de moda en plazas públicas

donde apenas podían crecer abrojos.

Se esconden de todo el que las toca.

Los jazmines se confunden con las gardenias

y se siguen sembrando donde hay hijas y niñas y mujeres.

Se hacen blancos para despedir el amor que las gardenias semillan.

Los lirios se aprovechan de los alcatraces

para ser más famosos que las peonías,

flores aristocráticas que se ocultan

en la dificultad de pronunciarlas.

Los tulipanes no vivían en el frío,

pero se acostumbraron al eurocentrismo.

Los mirasoles quieren ser gerberas.

Las flores de los cactus son las más brillantes

y forman grecas donde se les encuentre

fracturas —fractales— forman felices despedidas.

¿Qué preguntas nos haremos cuando nos reflejemos en las flores?

Me descifro en las formas de un invernadero.

Me siembro, concéntrico, en los ojos de flor y canto

labrantío de flores arrancadas, sembradas o nacientes.

Cada diez días

visito a doña Esther para llevarle flores.

Siembro

concéntrico

tus ojos de tulipanes.

Descifro

las formas de tu invernadero

mientras pasa el verano.

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