Por tocar la puerta del infierno

Fue en 1888 cuando se dieron los hechos. El sepulturero de mi pueblo, era un hombre
solitario y osco. No tenía familia, esta la había perdido durante la mortandad que trajo
epidemia de viruela. Sabíamos que había llegado al pueblo, pero nadie podía recordar el
tiempo que ya tenía con nosotros. Algunos ancianos tratando de encontrar algún recuerdo
aseguraban que décadas atrás lo habían visto guerrear con las huestes de los conservadores.
En una emboscada lo capturaron los liberales, lo mandaron al paredón, pero por ser el último
condenado a muerte, al batallón de fusilamiento ya le quedaba poca pólvora por lo que les
echaron unos cuantos gramos a sus carabinas. Los perdigones solo le atravesaron el cuero.
Pero cayó al suelo aparentemente sin vida. Los soldados procedieron a aventarlo entre los
cadáveres, por la noche el hombre se levantó y luego con un cuchillo se fue sacando el plomo
del cuerpo.


Era un hombre corpulento de brazos gruesos, esas características no me sorprendían,
siempre intuí que se requería mucha fuerza para trabajar con la muerte. Supongo que alguna
vez fue rubio, su espesa barba expuesta al violento temperamento del sol había adquirido un
matiz parecido al bronce. De la mirada o del rostro puedo decir poco. El ala de su maltrecho
sombrero le proyectaba una sombra que de día o de noche le oscurecía la cara.


Solía beber sin compañía, caminaba por las calles dando tumbos. En muy contadas ocasiones
se ponía impertinente y podía amedrentar a quien se lo topara. Pero nadie se metía con él, los
del pueblo se limitaban a saludarlo o a ignorarlo. La gente lo respetaba porque todos sabíamos
de la importancia de su trabajo.

El sepulturero nunca realizó su labor en estado de ebriedad, porque cuando sujetaba la botella
de anís lo podía hacer por días, durante este tiempo nadie fallecía. Era como si la misma
muerte fuera su” jefa” y le diera permiso para que se tomara un descanso sin tener el
pendiente de ser requerido para un entierro. De manera contraria escuché testimonios de
personas que cuando lo veían sobrio, aprovechaba para ordenar la bodega del cementerio,
limpiaba sus herramientas, arrancaba la hierba alrededor de las tumbas y los osarios,
enderezar las cruces de metal utilizando sus propias manos. Cuando lo anterior sucedía, en
las calles del pueblo se levantaba el polvo, sin la presencia del viento ni las ramas más frágiles se
movían. Aseguraban que eran los pasos de la muerte que caminaba por las calles, su propósito
era supervisar al sepulturero.


Cuando alguien del pueblo moría, enseguida le avisaban al sepulturero, este bajaba más el
ala de su sombrero y su rostro se oscurecía tanto como las noches de lluvia. En ocasiones una
chispa plateada le parpadeaba en los ojos, eso dejaba paralizado de miedo a quien lo observara.
El sepulturero no pedía el nombre del difunto y ningún otro dato, se dirigía a la bodega del
panteón, él poseía la única llave para el cerrojo del enorme candado. Del interior tomaba
tablas, clavos, en menos de una hora ya tenía un ataúd, este siempre tenía la medida y
resistencia adecuada para cada difunto. Era como si el sepulturero supiera de antemano
cuanto pesábamos y mediamos todos en el pueblo.

Luego sin más herramienta que pico y una pala realizaba una fosa rectangular perfecta. No
utilizaba, escuadras, cordeles ni plomadas, la profundidad y los ángulos en la tierra eran
exactos. Después de la inhumación el sepulturero acomodaba la tierra para que esta quedara
pareja con el suelo, debía de utilizar algún abono porque en horas crecía la hierba con algunas
flores como si la tierra jamás hubiera sido removida. Algunos aseguraban que era su sudor
que le caía de la frente, misma que hacía brotar vida a poca distancia de la muerte.


Como trabajo final sembraba una cruz de madera y en ella escribía utilizando una bellísima
caligrafía el nombre y el epitafio del difunto, así como los años en que caminó por esta vida.
En ocasiones dibujaba en la cripta ángeles soplando largas trompetas de oro. Si los familiares
del difunto ofrecían una generosa paga, el sepulturero podía hacer dibujos más complejos e
incluir al menos una docena de santos y vírgenes.


Un mal día sucedió lo inevitable, lo que sabíamos que vendría, pero nunca quisimos
prepararnos. El sepulturero murió. Lo encontraron sentado, su espalda la sostenía un osario.
El pueblo se estresó bastantes, algunos se resignaron pronto y otros, con un dramatismo que
requería la ocasión, nos preguntamos: ¿Quién nos dará sepultura ahora? Pero el problema más
urgente tenía que ver más con ¿Quién le dará sepultura al sepulturero?


A través de los años y de generación en generación se había transmitido una combinación
entre leyenda y reglamento. Fue cuando en el pueblo hubo un brote de peste, eran los propios
familiares o amigos quienes le daban sepultura a su difunto, pero estos también enfermaban
y al poco tiempo eran tocados por la muerte. Por esos años pasó por el pueblo un arriero. Se
le recuerda porque portaba un sombrero de paja agujerado, un paliacate en el cuello, como
los que sobreviven a la horca y tratan de ocultar la marca de la soga. Su carreta jalada por
un par de caballos transportaba unos atajos de flores amarillas. El extraño dejó dicho que los
entierros deben de recaer en un solo hombre con conocimientos de dicho oficio, porque de
no ser así la muerte podía permanecer más tiempo en el poblado. Sugirió en tener a un
sepulturero de planta y vitalicio.

Regresando a la problemática que nos ocupaba en esos días, el comisario me nombró para
formar un grupo entre los del pueblo para superar aquel momento tan crítico.

Yo intenté buscar algún documento oficial del sepulturero en los antiguos archivos del
palacio municipal. Únicamente me topé en una hoja el nombre del sepulturero, ya era ilegible
y cualquier fecha relacionada con él. Solo se conservaba la foto cuando era joven, por encima
tenía un sello, que consistía en un par de guadañas cruzadas en forma de X. Supongo que era una
especie de certificación que lo acreditaba para su oficio.
Después de mucho debatir llegamos a una solución, consistía en ir al pueblo vecino para
ver a su comisario y pedirle que nos preste a su sepulturero. Sin perder más tiempo en unas
pocas horas ya nos encontrábamos frente a la autoridad del poblado vecino, después que la
autoridad escuchó nuestra petición. Nos dijo;


—No se puede hacer eso que piden, los sepultureros no se prestan ni se alquilan, ellos ya
llevan consigo la tierra de panteón donde trabajan, no puede ir a otro campo santo, porque se
mezclarían ambas tierras, eso confunde a la muerte, trae hambrunas, pestes o guerra.

Regresamos al pueblo le informamos al comisario del fracaso del plan. Entonces nos dijo:

—Para eso tenemos gendarmes, pasan mucho tiempo de ociosos ellos serán los sepultureros.
Pero los que velaban por la seguridad hicieron un trabajo muy deficiente. No encontraron la
llave de la reja de la bodega donde se encontraban las herramientas. Quisieron romperla, pero
por más que usaron pinzas, mazos y mucha fuerza el antiquísimo candado no cedió.

Adquirimos nuevas palas y picos, pero cuando se intentaba abrir la tierra el pico se topaba
con piedras, procedían a extraerlas, pero estas resultaban ser enormes con nulas posibilidades
de moverlas en poco tiempo. Continuaron haciendo intentos en diferentes sitios del campo
santo, pero igual los esfuerzos eran inútiles, siempre se presentaban contratiempos. En una
de estas el pico impactó con algo que hizo vibrar la tierra, durante varios minutos se escuchó
en todo el pueblo, los cuervos de los árboles emprendieron el vuelo graznando. Los gusanos
salieron de la tierra retorciéndose. La campana de bronce de la iglesia se cayó partiéndose en
dos. Seguramente perturbamos el descanso de los difuntos, era una lámina de acero que, por
algún motivo, se encontraba enterrada desde siglos atrás. Después de mucho intentar por fin
encontraron el lugar indicado, pero la tierra era muy fina y se desmoronaba continuamente.
Se logró un agujero mal hecho, pero era mejor que nada. Al carpintero del pueblo no le fue
mejor, la caja era completamente rectangular y no tenía los ángulos que ensanchan el ataúd
a la altura de los hombros. La cruz salió chueca y no encontramos a nadie que supiera escribir.
Estábamos apunto de realizar el entierro cuando se detuvo a las puertas del cementerio un
arriero; por un minuto nos quedamos sin hablar. En su carro llevaba unos atados de flores
naranjas y una hoz de las que servían para arrancar el pasto crecido, su carreta era arrastrada
por dos imponentes cabríos negros de largas cornamentas.

El arriero se dirigió a nosotros.
Era un anciano de barba crecida y blanca, llevaba un sombrero de guano con agujeros, vestía
de manta y calzaba huaraches como los jornaleros de la hacienda. dijo:

—Me llevaré el cuerpo del sepulturero. —
—¿Quién es usted? —le pregunté. Me respondió mientras me entregaba en la mano un papel lo abrí y vi impreso unas guadañas cruzadas en forma de X.
— Es mi muerto anoche me habló pidiéndome que yo viniera por él. Sus palabras me las
trajo el viento. —
—¿A dónde lo llevará? — le pregunté y nos dijo regañándonos:
— Todo pueblo tiene la obligación darle sepultura a su enterrador, ustedes no pudieron, yo
haré ese trabajo.
—Hicimos lo que pudimos. —
—Los calores arrecian, este cuerpo ya no puede seguir encajonado, que lo suban a mi carreta.—

Todos los presentes nos miramos los rostros y movimos las cabezas en señal de aprobación.
Después de colocar la caja en la carreta, el arriero sustrajo de la bolsa del pantalón un gajo
seco se inclinó y lo enterró. Ya estando listo para irse los dos cabríos comenzaron a andar.
Los cuatro policías, un ayudante y yo fuimos testigos de lo que vendría después. Se formó
una sombra que se fue oscureciendo hasta quedar como la entrada de una caverna, los cabríos
fueron los primeros en entrar a las tinieblas, luego la carreta completa, el portal oscuro se
desintegró y nuevamente regresó la luz.

Unos días después platicaba con el comisario municipal. Yo le decía:

—Para mí la muerte vino por él y se lo llevó no solo su alma si no también su cuerpo.
—No muchacho la muerte es invisible y silenciosa.
—No les hicimos más preguntas, — dije.
—Está bien así y que bueno que entregaron el cuerpo enseguida, no es bueno que esos
arrieros permanezcan mucho tiempo en los pueblos. No sabemos si son la muerte o el diablo.
—¿Por qué el diablo vendría a buscar al enterrador?
—Algún favor le habrá pedido al diablo y vino por él.

Pocos días después creció en el cementerio una horrible planta de tallos fuertes llena de
espinas sin hojas ni frutos, se arrastró por los pasillos entre las tumbas, posteriormente cubrió
las lápidas y los mausoleos. El comisario le pidió a uno de los gendarmes que entrara entre
los vejucos y con un hacha cortara el tallo. Lo hizo, pero quedó atrapado entre las espinas
que parecían navajas, la autoridad mandó a tres hombres más para su rescate, pero corrieron
con la misma suerte, hasta que desistimos. En las noches escuchábamos sus gritos de
sufrimiento en unos días debieron haber muerto de miedo o de dolores. Mientas seguía su
agonía fuimos a la iglesia con cera de vela de misa de viernes santo, nos taparnos los oídos.
Un día el comisario consideró oportuno ir al cementerio a dispararle y terminar con el
sufrimiento de ellos y de todo el pueblo. Días después bardeamos el cementerio y a diario
lanzábamos antorchas con fuego para acabar con la mortal planta. Clausuramos el camposanto
trajimos a un cura para que bendiga una parcela para que sea el nuevo cementerio.
Unos años después platicando con el ayudante que estuvo conmigo en el intento de enterrar
al sepulturero me dijo.

—Te acuerdas de aquella lámina de acero a la que le pegamos con pico cuando quisimos
hacerle una fosa al enterrador.—
—Sí.—Él me respondió con la mirada perdida.
—Pues yo estoy seguro que sin querer tocamos una de las puertas del infierno.

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