¿Quién soy? Esta pregunta me ha obsesionado, desde que leí la Teoría Sintérgica del científico Jacobo Grinberg. En resumen dice que lo que vemos y experimentamos no es la realidad, más bien es una creación de nuestra mente. Para mí, la respuesta sigue siendo la misma: no soy nada, y se acompaña de un silencio muy incómodo que me hace entrar en alerta; me sudan las manos, mi respiración se acelera y un frío me recorre los huesos. Siento que una presencia me asfixia. En las noches escucho aleteos que susurran en mis oídos. Un temor inexplicable me acecha, y cuando consigo dormir cualquier ruido me exalta y me quedo con los ojos abiertos hasta que amanece.
Hace algunos días acompañé a Jany a comprar una motocicleta. Eligió una en color negro con rosa que a ambas nos encantó. Mientras ella se ocupaba de todos los trámites de su nueva adquisición. Yo me quedé sentada, observando las motos que tenían exhibidas en la tienda. El diseño de sus siluetas me hizo pensar en un grillo; en realidad imaginé una langosta, sí, esos insectos que infestan los campos.
La velocidad con la que los motociclistas se alejan entre calles y autopistas es una metáfora del vuelo de la langosta —me dije—, mientras veía acercarse a Jany, y me hacía la invitación para dar una vuelta en pinky, su nueva moto. Tan pronto aceleró, sentí el impulso de volar y unas ganas locas de libertad.
Al llegar al edificio donde vivo, subí las escaleras y escuché el canto de un grillo. Imaginé que era su forma de decir: “hola Lisa”, y sonreí divertidamente.
Abrí la puerta de mi departamento, miré el sofá y me tumbé enseguida. Volví a la lectura de la Teoría Sintérgica y me quedé dormida profundamente. La habitación comenzó a llenarse de niebla.
La tarde se tornó fría. Yo caminaba por una calle desconocida, miré para ambos lados, pero no pude reconocer el lugar. Sin querer choque con una mujer que sonreía, como si supiera algo que yo aún no había adivinado. Dos sapos brincaron de su bolso; se los regresé, vi que mis manos tenían un color verde y pegajoso. Comenzaron a formarse pequeños charcos de aguas negras en el asfalto. Seguía sin reconocer la ciudad. Encontré un billete de cien pesos más adelante y lo guardé en mi pantalón.
Al llegar a una plaza un hombre de rasgos mayas se me acercó por detrás y me sujeto muy fuerte. De inmediato intenté zafarme y ante mi mirada apareció la pata gigante de una langosta. Comencé a esquivarla, temía que me cortara el rostro. Una lluvia púrpura comenzó a caer. El hombre no me soltó. Mi lucha continuaba intensa hasta que él me dijo algo:
—Eres lo que eres.
Me quedé inmóvil. En ese momento me di cuenta de algo perturbador. Me fui corriendo y entré a un cubículo. Unas mujeres comentaban algo que no entendí sobre Saturno. Me dirigí a la siguiente pieza. Vi un hacha colgando en la pared. Estaba decidida a cortar la protuberancia rugosa y segmentada de mi realidad, porque no, no puedo aceptar ser una langosta.

(Cuernavaca, Morelos, 1986) es egresada de la Escuela de Escritores “Ricardo Garibay”. Colaboradora en el blog Huellas de Tinta. Participó en el taller Mujer: escribir cambia tu vida. Su escritura transita entre la experiencia cotidiana, onírica y la memoria, y se detiene en aquello que duele, pregunta o permanece en silencio.
