Decidió poner cátsup, una capa de un rojo espeso que tapaba un poco el olor, el tufo a carne cocinada que permanecía casi intacta en su plato. No te vas hasta que te lo acabes, le dijo su papá. No les cocino a diario, así que acaba con todo, le mencionó muy serio. El niño ya era el único al que le faltaba terminar. Sus otros tres hermanos, aunque originalmente eran siete hijos, todos varones -uno muerto hace un tiempo- ya se habían ido a sus cuartos. Miró de nuevo el pedazo aún tibio frente a él, el betún de tomate que le había puesto para que no fuera tan difícil verlo, olfatearlo, clavarle un tenedor, un cuchillo, pensar en hacer un bocado para llevarlo hasta su saliva, hasta su lengua, hasta su garganta. Cortó con precisión porque, esta vez, la carne no era tan dura, tan correosa y complicada para el diente como lo había sido en ocasiones anteriores. Sin duda, su padre ya tenía más experiencia, más cuidado, más tino para cocer la carne hasta que quedara lo suficientemente suave, aunque aún no lograba que el aroma no fuera repulsivo, penetrante. Pensó en sus otros hermanos, los que ya habían terminado, y recordó sus rostros: dos muy serios, estáticos, uno al borde de soltar las lágrimas, pero aun así comiendo, masticando. Y luego estaba él: su dolor consciente, hondo. El tenedor que estaba casi por entrar, por poner, por dejar ir a la porción hasta que fuera un retazo de culpa en su lengua. Pero le vino la tristeza, el remordimiento como un temblor vivo en su mano, y dejó caer el utensilio, el alimento, la tira chorreante y apestosa que le habían cocinado con tanto orgullo, con cuidado, sólo para después sentir la mano de su padre en el hombro y ver cómo se acercaba hasta su oído. De por sí ya habías perdido puntos por ponerle cátsup, le mencionó quedamente, ya sabes que tienen más oportunidades de seguir adelante si no ponen condimentos y, para colmo, sueltas el tenedor. Y el niño, al escucharlo, al sentir el roce del aliento tibio y apestoso cerca de su oreja, sintió el tajo de un escalofrío en todo su cuerpo, cerró los ojos, puso oscuridad en ellos por un momento y, al abrirlos de nuevo, supo lo que vendría, el resultado de los hechos: que sería el siguiente, la próxima carne rebanada en una vaporera, tal como los hermanos que ya no estaban y como lo fue, en primer momento, su mamá.

Mario Frausto Grande (San Luis Potosí, 1991). Escritor, tarotista y docente. Imparte clases de escritura creativa y académica y, además, es investigador independiente de masculinidades, emociones, espiritualidad y disidencia sexual. dislocación del macho (Dogma, 2024) es su poemario más reciente.
