Estrellas, incontables estrellas, detrás del velo rojo de las auroras tropicales. Soles que brillan a decenas, cientos, miles de años luz. El olor a café satura el aire. El tiempo teje encajes con el vapor de las fábricas, telarañas crónicas. Nuestras noches cambiaron, nuestras vidas también. Un mal diagnóstico es todo lo que se necesita para alterar nuestros rumbos.
Fue cuando aumentó la actividad solar y comenzaron las auroras. No necesitamos ir a Canadá ni a Ushuaia para ver ese fenómeno. Aquí, en el Trópico de Cáncer, nos sorprendió. Mamá regresó de su visita al sanatorio de Orizaba con varios comentarios médicos y ningún pronóstico. Dolores en los senos y una disminución vertiginosa de su peso. «Mastitis, estrés, menopausia; tome Naproxeno». Parece que eso fue hace mucho tiempo. Pero este mal es un carnicero y avanza rápidamente. Cuando identificaron su enfermedad, el daño era irreversible.
Las luminarias permanecen a oscuras; los apagones son cada vez más comunes en Veracruz y el resto de México. Varias noches a la semana visito el arroyo, el murmullo es el llanto que me recuerda las primeras noches de su dolor, las gotas amargas y amarillas emanando de sus senos. Mi sudor cae en aquella agua dulce y fresca, algunos peces me muerden los dedos. He deseado hacerme uno con la naturaleza, pero varias veces he tirado a esa corriente los restos de colillas incandescentes.
Allá, muy en lo alto, el cielo es el oleaje de un mar rojo. Los listones del campo magnético de la Tierra se vislumbran como olas fantasmales erosionando el tiempo, su tiempo. Se dilatan, se encogen. La atmosfera respira.
Tiro la colilla del cigarro en turno, su ira se apaga en contacto con el agua. Los últimos hilachos de una bocanada de humo se mezclan con las telarañas del viento caliente. Es hora de regresar a casa.
*
Las ventanas del cuarto de mi madre están iluminadas, puedo ver que un par de velas alumbran. Una estatuilla de la Virgen María y el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús miran afligidos, pero han permanecido indiferentes a nuestras oraciones. Mamá está en la cama, revolviéndose por el dolor del cáncer que toma su cuerpo.
—¿Hijo? Ponme mi inyección.
Advierte que he llegado; estoy descalzo, así que doy por hecho que olió el tabaco de mi aliento.
Busco la ampolleta ámbar de morfina, una jeringa y algodón.
—¿Ya no hay alcohol?
—Así pónmela. De todos modos, me estoy muriendo.
Una infección sería fatal. Tomo la botellita del perfume, el que solía usar cuando la enfermedad aún no la tocaba. Humedezco la torunda y limpio el cuello del ámpula, extraigo tres mililitros. El aroma me trae viejos recuerdos de tiempos extintos. Doy golpecitos a la jeringa para eliminar las burbujas. Mi madre ya tiene el brazo expuesto. La piel amoratada oculta sus venas.
—Pícame abajito, ahí todavía se siente.
Le amarro un trapo y limpio el pliegue del brazo, inyecto el líquido en el último lugar de una fila de piquetes que crece cada cuatro horas. En quince minutos hará efecto.
Apago las velas, el olor del humo se mezcla con el perfume y lo corrompe; las auroras son tan luminosas que atraviesan las cortinas. Pongo un chal sobre la ventana para evitar que perturben nuestro sueño. Me recuesto. Las luces quieren devorar la tela; brillan penetrando el tejido, simulan gigantes rojas. Estoy demasiado agotado como para arreglarlo. Mamá duerme y yo debo hacer lo mismo.
*
Mientras hago el desayuno el Sol brilla afuera, ominoso. Sus rayos abrasan el mundo. Las sombras en el suelo se duplican por la mañana y se desdibujan hacia la noche, transfigurando las horas de luz.
—Buenos días, doña Alma —saluda la vecina que viene a ayudarme con mi madre—. ¿Ya vio las noticias? Algo ocurre en el cielo.
Los huevos estrellados sisean en la sartén mientras se cuajan; la yema se vierte sobre la clara. Caliento la tortilla al fuego directo; se quema en las orillas, pero a mamá así le gusta. El aroma me abre el apetito.
—Dicen que el Sol está creciendo y se hace ovalado, como un huevo. Esto es algo de mal agüero.
Sirvo jugo de naranja y le ofrezco a la vecina; ella declina con un movimiento de la cabeza. Me bebo su vaso y acerco el plato con el desayuno a mamá. Le ayudo a acomodarse; lo mira, no quiere comer. Mastica la ceniza de la tortilla; sus dientes se pintan de negro.
—Muchos extranjeros vendrán a mirar, pero varios vecinos y yo nos queremos ir a la ciudad.
Mamá no puede con otro bocado y vomita estrepitosamente sobre la mesa. La vecina toma unas servilletas de papel y limpia el rostro de mi madre. Yo voy por el trapo de la cocina y una cubeta. Mamá se arquea un par de veces más, pero está vacía. Tiro los huevos con ceniza a la basura, limpio mientras la vecina lleva a mi madre de vuelta a la habitación. En la mano trae una bolsa con una botella de alcohol y otra caja de jeringas. Pierdo el apetito.
Enciendo la televisión para ver las noticias; la energía regresó esta mañana. Mencionan que el Sol está creciendo, su luz se dilata, algo pasa en su interior. Su masa es la misma, pero se expande. Parece que habrá una explosión en los próximos días; la mejor hora para verlo será por la mañana del siguiente viernes. Aconsejan no ver directamente el astro. Regalarán protectores. Las comunicaciones se verán afectadas. Mamá duerme el resto del día.
*
Ocho minutos con veinte segundos es el tiempo que tarda la luz del Sol en llegar a la Tierra. Lo que sea que suceda se observará pasado ese tiempo.
Llegamos a la playa a las seis de la mañana; mamá insistió en ver el fenómeno. A penas y puede sostenerse. La siento sobre la arena negra, en una silla que rentamos. Esta descalza, el agua caliente del mar baña sus pies y la arena se le adhiere. El clima es insoportable. En efecto, el Sol parece un huevo que flota sobre el horizonte. Un huevo de fuego vivo. Las nubes carmesíes enmarcan la escena y se reflejan sobre las olas. Es un mundo en llamas.
—Mamá, debes ver con estos lentes. No lo hagas directamente.
Le entrego uno de los protectores que regaló la gente de la Agencia Espacial Mexicana; eligieron Boca del Río para hacer sus observaciones, traen camisas blancas con el logo vino y el escudo nacional, no han parado de tomar fotografías y escribir notas. También hay varios turistas y lugareños distribuidos en la zona; muchas más personas permanecen encerradas en sus hogares, con las persianas abajo; visten cinturones y pulseras de listón escarlata.
Los niños construyen castillos de arena oscura. Algunos chicos se ríen entre lágrimas; compiten para ver quién mira al Sol por más tiempo sin parpadear. Los ancianos se acomodan en sus sillas para ver el fenómeno.
—¡Ahí, miren! —uno de los jóvenes señala con el dedo índice.
La gente guarda silencio y mira al horizonte, expectante. Las aves de las palmeras emprenden la retirada. Un par de perros chillan a lo lejos.
El Sol, de repente, aumenta su tamaño. Un haz de luz albugínea asoma por la grieta en su superficie. Las nubes se abren y el mar retrocede. El astro se alarga, se abre como una flor carnífice. Las personas se acercan unas a otras, algunos se toman de las manos.
Un Ser Descomunal asoma desde el brote que arde, nos observa. Me coloco los lentes de protección. Puedo ver sus ojos; son siete manchas oscuras distribuidas en una abyecta asimetría. La gente comienza a gritar y a correr. Algunos científicos dejan caer sus cámaras y herramientas, otros siguen haciendo mediciones. Los demás huyen hacia los edificios a nuestras espaldas. Mamá se quita los lentes y mira directamente la luz.
—¡Es, es un Ángel! —exclama mientras araña su propia cara. Una tolvanera tira de los mechones de su cabello.
Sigo mirando a través del filtro. Esa Cosa es todo menos un ángel. Tiene brazos y piernas largas, como patas de un arácnido masivo. Despliega dos pares de alas insectoides que cubren el horizonte. Mi memoria busca en vano un recuerdo paralelo. Tiene un juego de palpos labiales y un cuello membranoso. Me doy cuenta de que he ahogado un grito, sosteniéndolo en el pecho; lo dejo escapar, me arden los pulmones, las manos me tiemblan, lágrimas se evaporan en mis mejillas.
A nuestro alrededor, varias personas se hincan, rezan con las palmas de las manos al cielo. El Ser sale completamente de su huevo, dejando ver los diez tergitos de una cola, se mantiene suspendido y engulle el brillo del Sol. Ya no nos mira. Si es un dios, le somos insignificantes. Emprende el vuelo y nos abandona. La gente de la playa balbucea, corre hacia el mar para ahogarse entre las olas; otros escarban en la arena y se lanzan de cabeza.
La luz del ser quema; la palma de la mano que uso como escudo está despellejada, las falanges de mis dedos asoman. De reojo, veo a mi madre mirando fijamente la escena. El Ser lleva medio camino hacia al cosmos. La penumbra lo reemplaza. La muerte del Sol levanta una pared de agua salada a algunos kilómetros y esta se dirige directo hacia nosotros. Las nubes se disipan dejando el cielo pulcro.
Mis lentes y mi ropa caen convertidos en ceniza. Mamá no tiene ojos; en su lugar, tiene halos de sangre coagulada y costras ennegrecidas. Una sonrisa sardónica abarca la mitad de su cara. Su ropa también se incineró y los senos purificados asoman como inflorescencias calcinadas. Huele a cabello chamuscado. A sus pies hay arena cristalizada. No se mueve.
—¡Mamá! —grito como un niño.
Como puedo me acerco a ella y la sostengo entre mis brazos. La playa se convierte en caos. Nos quedan ocho minutos de penumbra. Las olas no tardan en llegar.
Miro el cielo negro, por primera vez despojado de las nubes, la contaminación y las auroras rojas; nunca había visto tantas estrellas a esta hora de la mañana. Tantas estrellas esperando su turno para dar a luz; algunas parecen moverse, ¿se acercan o se retiran? Hace frío y me falta el aire.
La luz del mundo se extingue y cae un manto de silencio. Mamá, por fin, descansa.

Adriana Letechipía nació en la Ciudad de México en 1984. Es Maestra en Ciencias en Biomedicina y Biotecnología Molecular del Instituto Politécnico Nacional.
Miembro de la ALCIFF, es la presidenta actual de la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México con quienes promueve el género a través de podcasts, cursos, charlas, reuniones.
