La amígdala es el órgano dentro del cerebro causante de la regresión de los pensamientos nítidos y crudos, que nos enseñan a salir del oscuro trauma envuelto en melancolía. Las millones de tristezas se han almacenado ahí y se deslizan como granos de arena en un reloj antiguo. La filosofa holandesa, Jocke Hermsen, señala que «la melancolía puede aparecer en forma de recuerdos conscientes de un pasado real, pero también como un anhelo inconsciente de un pasado imaginario». Quisiera que fuera imaginario el episodio de mi vida, sin embargo, resulté responsable en primera instancia de un día triste y traumático. Los padres de familia somos responsables del cuidado de los hijos en la infancia. En los momentos de enfermedad; los hijos se parecen a los tallos sobreviviendo a una gran tempestad. Sigo sin entender lo qué paso.
En una mañana de marzo del dos mil quince. Mi hija, Aura, había entrado al Hospital Comunitario de Puente de Ixtla. En ese lugar nació un quince de octubre de dos mil doce: día del Santo Nietzsche. Ingresó por un resfriado común que desembocó en una bronconeumonía; por ignorancia de padres primerizos al atenderla en una clínica privada. Éstas contratan a médicos pasantes mal pagados. Cuatro días antes de que el infierno comenzará; su madre y yo creímos que era un resfriado común. En la claridad de la mañana, su mamá comentó que pasará por ella para ir al médico. Ella regresó a su casa por dinero y unos papeles del «Seguro Popular». Llegando a consulta, el doctor que nos atendió me preguntó qué síntomas presentaba y desde qué días. Respondí, «antes del viernes en la madrugada, pero había sido atendida en una clínica particular». Luego, realizó el chequeo general del cuerpo con su estetoscopio. El doctor dijo «la niña viene mal de sus pulmones, todo por tratarla en una clínica particular; no saben ni que hacer». La cara del doctor parecía a la de una persona antipática, observé su playera naranja afuera de su bata, un regaño contundente fue lo que hizo él. No sé si tenía razón o no. Miré que su bigote y sus cejas eran de una persona ermitaña. «Se tiene que internar la niña» ajustició el doctor, con palabras que hacían pensar que no venían de su boca. Uno de los males del género masculino es no saber que decir en momentos abruptos. La mayoría de veces sucede que mi cerebro procesa lento una noticia mala, a diferencia de las mujeres que están alertas. A los pocos segundos, una enfermera me dio una bata azul para Aura. Le quité la ropa y la vestí. Llené formularios de registro en un cubículo donde las enfermeras parecían preparar pócimas extrañas, las jeringas iban al cesto de la basura si no servían, algunas se saludaban de buena manera, otras platicaban de su vida personal.
¿Las enfermeras son ángeles que cuidan en la tierra a los niños? La enfermera le habló bonito a Aura. Se anunciaba una cateterización: suero vitaminado por varias horas. En mis bolsillos tenía unos cuántos pesos, un celular viejo sin saldo, al instante recibí una llamada de su madre. En el intercambio de palabras, le conté el diagnóstico médico: bronconeumonía. Una pausa de voces se hizo notable en la llamada. Me pidió que saliera. Era momento de intercambiar lugares, ella estaría con Aura, mientras yo esperaría las noticias.
La bronconeumonía es una enfermedad que ataca al interior de los pulmones: los bronquiolos finos y los alveolares de los pulmones. Los primeros son unos tubos donde millones de partículas de oxigeno caminan hacia los alveolares, éstos son parecidos a un pequeño racimo de uvas. Esas partes del órgano estaban infectadas. No dejaba circular oxígeno a la sangre y a los órganos. Aura llevaba tiempo así. Un mal diagnostico servía para indicarnos dos cosas, que éramos unos padres estúpidos y en un futuro el padecimiento se convertiría en un asma bronquial. En México se estima que más de trescientos mil niños entre cinco y catorce años de edad padecen asma; una enfermedad que se diagnostica sólo en casos de urgencia. El ocho por ciento de la población mexicana vive por el resto de su vida con la enfermedad. Dentro de esos trescientos mil niños está Aura. ¿Los padres de familia de aquellos doscientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve niños tuvieron miedo durante las crisis? Ella sigue resistiendo a la enfermedad con su familia. Los padres tienen prohibido fallar más de dos veces. No deben equivocarse por ningún motivo. En la pandemia derivada del Covid-19, fallecieron seiscientos niños asmáticos, en un lapso de dos años. Los adultos, jóvenes y niños que padecen asma eran blanco fácil para el virus; los daños son severos y permanentes.
Antes y después de la bronconeumonía y del asma, puedo afirmar que Aura es una niña valiente. Las enfermedades no la vencen. Hay un ánimo que sale a relucir en sus palabras, la pérdida del apetito es una ficción. Una de las peculiaridades de su persona son las ganas de vivir y destacar en lo que se propone. Las enfermedades no derrotan a los niños porque son seres de esperanza. Recuerdo que ella mantenía una energía opuesta al malestar. De día, era una niña con apariencia normal; de noche la enfermedad la colocaba al borde del colapso pulmonar. La noche del lunes marchaba con normalidad; sus niveles de oxigenación eran estables. El martes empeoró su situación. La bronconeumonía deterioraba la entrada del aire a sus pulmones; los valores de oxigenación oscilaban entre noventa y cinco y ochenta y cinco milímetros. Cada cuarto de hora utilizaba un respirador artificial. El miércoles, en la ausencia del alba, la muerte merodeó el lugar. Comenzó una lucha contra la hipoximenia (falta de oxigenación en la sangre) registró sesenta y cinco milímetros de aire. Ya no era cada quince minutos la mascarilla, al contrario su uso era continuo para poder respirar durante el transcurso de la oscuridad. ¿Qué se hace en momentos difíciles de angustia? ¿Qué puedes esperar de Dios? ¿Dios escucha las causas terrenales? Dice la creencia que, «Dios es omnipotente». La ausencia de suplicas era por la consciencia de mi herejía. ¿Por qué tendría que caer en la incongruencia de pedirle un favor? En ocasiones negaba su existencia, me burlaba del ser supremo justificando mi juventud. La inmadurez hace creernos que no necesitamos de nadie. Mi único sosiego era el reloj, aunque el tiempo caminará lento, era un adorno más de la noche con olor a muerte. El nervio y la desesperación corrieron por mi cabeza a las tres de la mañana. La madrugada del jueves, le pedí al enfermero que checará los niveles de oxígeno para ver si la respiración de Aura era normal. Porque observé que sus labios se pintaban morados, su pecho y costillas dibujaban sus huesos en su cuerpo cada vez que inhalaba. Corrían segundos llenos de incertidumbre, de muerte, debido a su respiración tan agitada. Miraba los pocos centímetros de estatura recostados en la cama, no podía decirle nada a nadie, ni hacer un ruido. Un humano normal gritaría hasta ver la sinrazón. Aura, el enfermero y yo estábamos en el piso tres del nosocomio, compartíamos el lugar, compartíamos una abrumadora sinfonía del silencio. El tiempo disminuía su velocidad, se volvía más lento. Por instantes me sentía cómplice junto a la Muerte. Me sentía un inútil porque el trabajo recaía en los antibióticos, en un respirador artificial, en la culminación de la noche. La oxigenación bajo hasta sesenta y cincuenta y nueve porciento.
Dios no prestaba atención al momento, quizá había mandado a uno de sus ángeles a supervisar que la Muerte no diera ningún paso y ésta regresará a su lugar. El enfermero me explicó las consecuencias de la bronconeumonía en los pulmones. Ese ángel estaba a la par de un médico general. Él tenía fe en las medicinas y al próximo día. En México hay alrededor de dos punto ocho enfermeras por cada cien mil habitantes. Para afirmar el dato, unas trescientas cincuenta mil. En algunos estados hay desigualdad de personal. Se dice el cuarenta y cinco por ciento de las enfermeras del sector público tiene licenciatura, especialización o un posgrado: el resto solo nivel técnico. De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Geografía: INEGI. La enfermería es una profesión respetada, pues el cuarenta y uno punto cinco porciento de la población mexicana valida su trabajo.
El enfermero observó a Aura, en las horas más difíciles del anochecer, era inteligente. Inteligencia nacida por su amor a la profesión, su conocimiento, se veía a leguas que era autodidacta. Intercambiamos escasas palabras siendo las cuatro de la mañana. Se oía un sonido peculiar de la noche. En el lugar se respiraba miedo. Según el sociólogo alemán, Hein Bude, dice que «el miedo viene de que todas las posibilidades están abiertas, pero nada carece de relevancia». Había dos posibilidades en ese nosocomio, un paro respiratorio o la desaparición de la crisis por el aumento de la temperatura debido al amanecer. Las dos eran posibles. Huir del miedo era resistencia a la probable muerte, por un ataque respiratorio sin previo aviso. A las cinco de la mañana, la respiración hizo notar la fragilidad de sus costillas, su pecho y sus labios. A las seis de la mañana, la oxigenación en la sangre subió, como si fuese un truco de magia, la temperatura también. Ciento veinte minutos después, Aura despertaba con unos ojos cansados, unas ojeras que pigmentaban sus párpados. El sufrimiento había terminado por ese periodo. El temor a la muerte se mantuvo en las siguientes noches. El amor y los ángeles seguían en la constaste disputa para que sanará. Es el amor que protege al ser amado del miedo y ayuda para salir de la adversidad. Pasaron cuatro días para conseguir el alta de la niña. Se fue a casa con un diagnóstico de asma bronquial y reflujo, el segundo padecimiento desapareció de manera veloz, el primero persiste de manera controlada con varios tratamientos médicos y comida saludable. A más de ocho años del acontecimiento que pudo crear un panorama trágico en mi vida; la melancolía me hace reflexionar sobre recuerdo de la muerte: lo que ha quedado atrás. La complejidad de la tragedia se mueve en el remanso de una catarsis de un día con falta de oxígeno.

Josué Osorio Estrada, 32 años. Vive en Puente de Ixtla, Morelos. Estudió en la Universidad Guizar y Valencia, su licenciatura en Pedagogía. Ha realizado propuestas de lectoescritura aplicadas en nivel básico: 21, días construyendo lectores y lecturas con padres. Cursó el Diplomado en Escritura Creativa en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay de Cuernavaca. Es coordinador del libro escrito por estudiantes, Cartas en Pandemia, Poesía de la Naturaleza, Historias del lugar donde abunda la obsidiana y De la Sangre al Papel. Además es profesor del Taller de Creación Literaria de la Biblioteca Municipal de Puente de Ixtla: Andrés Cardozo Aponte.